La Dama del lago

1

Según las leyendas, narraciones y poemas varios a través de los siglos, existen dos versiones sobre cómo Arthur Pendragon consiguió agenciarse la poderosa espada mágica Excalibur.

El más antiguo de los relatos cuenta que una nochebuena, en un montículo frente a una iglesia, apareció la mítica arma atravesando un yunque hasta clavarse en la misma roca del suelo. Allí estaba Merlín para decir que tan sólo el heredero de Uther podría sacarla de su encierro, siendo entonces (¿por qué no?) nombrado rey de Inglaterra con efecto inmediato. Si han visto ustedes la película de Disney sabrán cómo acaba esta historia así que no nos extenderemos más.

La otra versión, que por el bien de esta misma narración vamos a dar por buena (aunque a mí me gusta más la anterior, para ser sinceros), es la de la Dama del lago. Dentro de esta leyenda también existen decenas de variaciones por lo que se nos hace imposible ceñirnos a un único hilo, así que trataremos de sintetizarlas en el siguiente resumen:

Al Rey Arturo le iban las espadas de marca y, como Hattori Hanzo aún no había nacido y tampoco se podía permitir viajar a Toledo, decidió ir de excursión a Dozmary Pool, una laguna situada en la actual Cornwall, porque había llegado a sus feéricos oídos que allí habitaba la feérica Dama.

Vivian, como vamos a llamar a esta señora (es el aceptado actualmente, pero ha llegado a acumular hasta diez nombres a lo largo de los siglos), era una de las hechiceras más notables de aquellos tiempos y, al igual que su a veces colega, a veces amante, Merlín, se dedicaba al noble oficio de proveer a los héroes, campeones y protagonistas varios de pociones, encantamientos y demás fruslería de cuentos de hadas.

Cuando Arturo llegó al lago pertinente (la tradición no se aclara con cuál de los ocho lagos ingleses, uno francés y un último en SICILIA es el correcto, pero vamos a decir que fue ese) le comentó a la señora a qué venía y pronto sacó ella de las profundidades la susodicha espada.

No vamos a comentar aquí nada sobre las hazañas del Rey y Excalibur, más allá de que sirvieron como base a buenos guiones de Hollywood y otros que no lo fueron tanto.

Saltamos al final de la vida de Arturo, quien murió en combate o quedó malherido, depende de a quién le preguntes. Se resolvió devolver Excalibur a la Dama, pues así se había pactado con ella; unas historias mantuvieron al héroe un poco más con vida, lo suficiente para que realizara la entrega él mismo, pero la mayoría lo daban por muerto y cargaban el cometido en los hombros de sir Griflet (o sir Bedivere, o sir Llenlleawg, o el propio Merlín; aquí todos se apuntaban el tanto). Fuera como fuese, alguien la lanzó de vuelta a las aguas, de donde surgió una mano que la atrapó al vuelo para, acto seguido, sumergirla por siempre.

Otra vez, quien encuentre la espada será Rey de Inglaterra por derecho de Vivian y su lago.

Y aquí damos un salto en el tiempo.

2

Dozmary Pool no es un lugar imaginario, ni inaccesible, ni alejado de la civilización; la gente va allí a darse un chapuzón cuando aprieta el verano en pleno siglo XXI. La niña de 7 años Matilda Jones se encontraba haciendo eso mismo con su padre cuando algo le llamó la atención debajo del agua.

“Papá, aquí hay una espada”.

Era de esperar que el señor Jones pasara de su hija en un principio, como haría cualquier padre, pues la afirmación carecía de credibilidad y Matilda se dejaba llevar por el cuento de Arturo. La sugestión y tal.

A los pocos minutos la niña posaba para una foto en la orilla mientras sostenía un espadón largo de 120 centímetros, tan alto como ella.

Mucha broma hubo con el asunto, por supuesto: “nueva Reina de Inglaterra”, “Matilda Pendragon”, “El Palacio de Buckingham aún no se ha pronunciado”. Y ya está. Ahí quedó todo, como suele ocurrir cuando las figuras de autoridad no son más que cobardes que jamás reconocerían un hecho tan claro y se limitan a ningunear las evidencias: la Dama del lago le había entregado Excalibur a la legítima soberana de los bretones. Era de esperar que los Windsor no tocaran el asunto, pero habría que señalar como primer traidor a la causa al propio padre Jones.

“Seguramente no sea muy antigua”, declaró sobre el objeto oxidado y corroído por el agua.“Debe de ser attrezzo de alguna película”.

¿Qué clase de individuo dilapida de esa forma el destino manifiesto de su hija, elegida para gobernar por la magia más blanca y milenaria de las Islas? Por su culpa ser la elegida sólo le sirvió a Matilda para presumir en el colegio y colgar la espada en el salón de su casa.

Al menos de momento.

Llegará el día, bien ha sido cantado a través de los siglos, en el que la Reina se alzará. Matilda aún es joven, debemos darle tiempo para que los nobles respondan y se unan a su causa y, entonces, cuando cumpla la mayoría de edad y se aparte las ataduras paternas, cabalgará por el centro de Londres en dirección al palacio para reclamar lo que es suyo con el destino de millones en una mano y Excalibur, el Acero Centelleante, en la otra.

La nonna fa un po’ paura

Esta mañana la chica trata de sintonizar su mente al italiano para estudiar (lo que se traduce en que bostezaba una y otra vez mientras se decidía a abrir el libro) cuando oye el llanto crudo de un bebé por la ventana. Nada extraordinario. Los niños nacen y lloran. Forma parte del sistema. Podemos continuar con nuestras cosas.

Al poco, escucha que una mujer grita “¿Ves qué guapo es?” y otra le responde “¡Mucho!”. Una tercera voz se une con un “Oooh” y una cuarta pide verlo mejor.

Por alguna razón eso último la inquieta, así que abandona por un momento su encarnizada lucha contra il passato prossimo y asoma la cabeza por la ventana lentamente, usando las macetas como camuflaje, aplicando todo lo que he aprendido de las películas de Vietnam que se veían en casa.

Lo que presencia la perturba; en el cercano bloque de enfrente una señora en el 4-B sujeta un niño varios meses fuera de la terraza.

Miedo.

Lo sujeta bien, con firmeza, como ya hizo antes Michael Jackson, como Rafiki. La chica puede ver algunas de las mujeres que alaban a la criatura (se han sumado más) pero la mayoría permanece oculta y solamente se oyen sus expresiones de admiración y vocecitas infantiles forzadas diciendo “¡Hola! ¡Hola!”. Mientras la cacofonía crece el bebé llora sobre el vacío. La presentación de Simba ante sus futuros súbditos, pero en versión maruja peligrosa. Lo peor es que nadie parece darse cuenta de semejante inconsciencia.

“¡Se te va a caer el niño, Marichocho!”

Alivio.

“¡Uy! ¡No, no! ¡A este no lo suelto yo ya en la vida!”

Miedo.

“¡Pero no lo zarandees!”

De qué va esta persona.

“¡Qué saborías sois, leñe! ¡Si queréis verlo bien venid, que nunca visitáis!”

“¡Si no nos abres!”

“¡Es que llamáis cuando estoy con la siesta!”

“¿A las 8 de la tarde?”

“¡Mi casa, mis normas!”

“¡Es la casa de tu nuera!”

“¡Lo que es de mi hijo es mío!”

Ma che cazzo… La nonna fa un po’ paura.

“¡Pero mete ya al niño dentro!”, repite la única medio cuerda. Si lo fuera del todo habría llamado a la policía hacía ya rato.

La chica se planteó avisar a los servicios sociales ella misma, pero la señora hizo caso a la vecina y retiró al bebé de la vista de todas. El llanto cesó.

“¡Ea, pues aquí está para cuando queráis visitarle! ¡Cuando vosotras digáis!”

“¡Voy para arriba!”

“¡No, ahora no puedo!”

“¿Cómo que no?”, dijo una. “¿Te vas a dormir?”, gritó otra. “¡Pero si son las 12 de la mañana!”, señaló una más.

“¡No, no! ¡Que no me apetece a mí, que estoy muy tranquila! ¡Otro día, guapas! ¡Besitos!”

Y se marchó.

Abajo, en la calle, el público de 4 ó 5 personas se dispersó en un abrir y cerrar de botellín. Mmm, un botellín bien frío. Sí, eso es lo que la chica se habría tomado de no tener que retornar a la pila de apuntes que tenía sobre el escritorio.

De pronto, clara como una lagger, le llegó la voz de la señora:

“¿Y a ti qué te pasa que no paras de llantear? Mi, mi, mi, mi. Anda, chupa este chorizo… Ea, ya te has calmado, ¿eh? Qué te gusta un chorizo. La teta de tu madre no sabe a esto, ¿verdad, tesoro? ¡QUE TE COMO TO ENTERO LECHES!”, explotan de nuevo los desesperados lamentos del crío. “Ofú, te asustas con ná, a ver si vuelven tus padres”.

Mamma mia.

Nana en el cielo y un poquito de muerte

1

La primera vez que viajó en avión estaba emocionado. A decir verdad, siempre había pensado que nunca llegaría a montarse en uno; él no era de recorrer mundo y no había tenido presupuesto para siquiera meditar el asunto. Sin embargo, un día se encontró con un pasaje en una mano y una maleta en la otra y, entonces, recibió de golpe todas las ganas que antes no había cultivado.

Se trataba de un trayecto corto, anodino para el resto de pasajeros, quienes lucían en sus caras el tedio del que está cansado de la rutina de volar. Casi le daba vergüenza manifestar cualquier tipo de emoción para que no se notara su verdor alcanforado, por lo que se contentaba con pegar la cabeza a la ventanilla tanto como fuera posible y disfrutar de las vistas aislado del resto: sólo le faltaba sacar la lengua para parecer un perro chico.

2

Pasó de cero a cien y, en menos de un año, tomó más de quince vuelos.

Y ocurrió lo esperado. Se convirtió en un esclavo más del aburrimiento. Vivía los despegues y aterrizajes como quien se corta las uñas y pasaba todo el tiempo en el aire suspirando, resoplando, agonizando. Suplicaba a todos los dioses que acabaran con su suplicio estrellando el avión o haciendo que llegara antes al destino, y cualquier tontería se convertía en un entretenimiento con el que suavizar la presión de su asiento de bajo coste: esperaba con impaciencia que pasaran los azafatos con los boletos de bingo, rasca y gana, quinielas y otras pamplinas ludópatas; recibía la revista de la aerolínea como si fuera el próximo ejemplar de Canción de hielo y fuego; solicitaba comida y cervezas demasiado caras para él aunque no tuviera hambre con tal de sentir algo que no fuera la insoportable lentitud con que llega La Muerte. En una ocasión se planteó secuestrar el avión con tal de que pasara algo.

No era (demasiado) estúpido, claro, y ya había probado con novelas ligeras, densas, con videoconsolas portátiles y reproductores de música… Nada servía: el ensordecedor retumbar de las turbinas en el interior de la cabina llenaba sus oídos y pulverizaba su concentración y sus nervios.

De repente, un día, ese mismo ruido infernal provocó en él un efecto inesperado que habría de salvarle la vida.

3

Los sonidos graves y monótonos desbloquean algo en nuestro cerebro que nos transporta a otro mundo. Los tambores milenarios, los cantos budistas, el zumbido de las abejas en primavera, las pompas de agua hirviendo en una vieja olla esmaltada. Por eso los bebés se quedan dormidos cuando colocan su cabecita en el pecho de quien los arrulla: las cuerdas vocales vibran como el cuerpo de una guitarra afinada para un blues oscuro, para un recital antiguo.

El viajero aburrido transformó el estruendo de los motores de aquel autobús con alas en la nana más dulce que le habían cantado jamás. Ni su divina madre había sido capaz de acunarle con el ímpetu de un monstruo de metal y fibra de vidrio a miles de metros de altura.

4

Desde entonces abraza la idea de volar como los cristianos hacen con las cruces en Semana Santa, su pensamiento rota alrededor de las turbinas como millones giran junto a la Kaaba; el avión deja el suelo y la primera cabezada aparece con una caricia; ha desarrollado la habilidad de quedarse dormido justo a la salida, y también se despertará sano, repuesto, en comunión consigo mismo y con los demás, cuando el tren de aterrizaje toque tierra donde sea.

Arrurú de hélices, mimo de combustión sónica, portal con Hipnos y Morfeo con derecho a una maleta de mano. El viajero duerme plácido, flotando entre las nubes, casi acostado sobre ellas, pues solamente les separan cinco centímetros de fuselaje endeble. Pero no tiene miedo; sabe que si esa chapa de papel de plata acaba hecha pedazos lo único que quedará para él serán infinitas y preciosas horas de sueño.

Al menos – piensa mientras goza la duermevela – hasta que llegue a un nuevo destino. La insuperable oferta de temporada baja del Más Allá. Las mejores vistas, el mejor spa.
Entonces un pitido le sacude: el comandante anuncia la proximidad del aeropuerto a visitar. Informa del tiempo, el ajuste horario, da las gracias y se despide.

Todo acaba pronto. La goma chilla al tomar tierra y, entonces, dándole la enhorabuena los pasajeros estallan en vítores: bien hecho, Viajero durmiente, que venciste al aburrimiento con el poder de la siesta: estos aplausos son para ti.