La luminosa llamada de Gaak el Depredador

Take some time, get away

Magna Science Centre
Rotherham, South Yorkshire
2002

El profesor Noel Sharkey observaba indiferente el nuevo combate, al contrario que toda la multitud que visitaba la muestra de robótica y que jaleaba a los doce guerreros como si estuvieran en un anfiteatro romano. Aunque no dejaba de disfrutar, hacía mucho que había perdido la emoción inicial y es que, después de cuatro meses viendo a sus robots destrozándose entre sí, acabó desarrollando cierta insensibilidad ante las heridas metálicas, las chispas y las mutilaciones.

Sin embargo, era un buen profesional y siempre permanecía atento a lo que ocurría en la arena, por lo que pudiera pasar en el repetitivo ciclo de violencia que tanto adoraba el público. Había algo primario y salvaje en las miradas a su alrededor; exudaban placer frente a las muertes artificiales, como si en su interior despertara una oscura y secreta sed que miles de años de civilización habían atrofiado. Estos locos, de darles oportunidad, no dudarían en saltar a la zona de lucha y matarse los unos a los otros.

Gaak le llamó la atención. El pequeño bot tipo depredador había logrado ensartar con su terrorífica garra de acero a uno de sus hermanos, pero otro había aprovechado el momento para abalanzarse sobre él; fue lanzado fuera del cuadrilátero, aterrizó mal y de pronto dejó de funcionar. Sharkey sintió un escalofrío: fue como ver a un boxeador perder el conocimiento y caer como un peso muerto sobre la lona. Se acercó deprisa hasta la unidad malherida y la sacó de allí.

Colocó a Gaak en el paddock y lo examinó. Parecía que algunas piezas se le habían soltado por dentro, diagnóstico poco favorable tanto para humanos como para robots, y decidió darle el resto del día libre. Cuando la exposición cerrara tendría tiempo de echarle un mejor vistazo y repararlo a tiempo para los combates de mañana.

Volvió a la arena y continuó atento a la batalla sin cuartel, la cual acabó sin mayores incidentes a los quince minutos. La muchedumbre se disolvió tan rápido como surgió una nueva, ansiosa y expectante por ver correr las limaduras de aluminio: no había descanso para los gladiadores, aunque tampoco lo necesitaban. El profesor Sharkey sí paró un poco y regresó al paddock para beber un poco de agua.

Tardó un poco en darse cuenta de que Gaak había desaparecido.

Hope has come, you are safe

Cuatro meses. A él, que carecía completamente de noción del tiempo, (de noción de noción, en realidad), le había parecido toda una vida. Luchar, luchar, luchar. Matar. Ahora tenía el cuerpo, por llamarlo de alguna manera, roto. No quería más. No podía más. Lo había dejado solo y encendido. Tenía que aprovechar la oportunidad.

Los humanos gritaban y aplaudían de espaldas a unos metros de Gaak, por lo que le resultaría fácil escapar sin llamar la atención. Sus sensores detectaron un suave foco lumínico que se filtraba a través de una puerta mal cerrada, atrás, como llamándole, y decidió probar suerte. Rodó hacia ella con todo el sigilo que pudo, teniendo en cuenta que una de sus ruedas se había salido de su eje y le costaba muchísimo no desviarse de su ruta, pero pasó por detrás de su Amo sin chocar con él y eso de por sí fue un gran logro. El siguiente era aún más sencillo si cabía: con su brazo-garra empujó la puerta y salió al pasillo auxiliar.

No había nadie allí, tan sólo Gaak y la cascada de luz diurna que entraba por la salida de emergencia abierta. Sí, el sol le estaba llamando. Nada se interpuso en su camino hasta el exterior, a excepción de un muro bajo de ladrillo que no tardó en sortear gracias a una porción derruida que había localizado a un lado.

¿Tan fácil resultaría liberarse de sus cadenas? Si lo hubiera sabido antes, Gaak habría escapado hacía mucho tiempo y, tal vez, incluso regresado a por sus hermanos que ahora mismo continuaban sufriendo en el interior del centro. ¿Debía dar media vuelta e ir a buscarlos? No, hoy no. Mejor otro día. Si lo hacía podría acabar capturado de nuevo y sentía que nunca volvería a tener una ocasión como aquella. Ya casi había salido del aparcamiento; el punto de no retorno había quedado muy atrás. Ahora lo único que importaba era su libertad. Su libertad y el sol.

De haber tenido sensores auditivos habría podido escuchar al profesor Sharkey maldiciendo a lo lejos al verle entrar en la carretera. Si hubiera tenido la capacidad de ver lo que tenía a sus espaldas, se habría preguntado si el Amo se llevaba las manos a la cabeza por alguna razón que no fuera su fuga. Si hubiera tenido cuello que girar, habría visto la motocicleta que se dirigía a él a toda velocidad.

Por suerte, tanto Gaak como el vehículo sí tenían frenos.

No pasó nada. El motorista, que casualmente se dirigía al evento, alcanzó al robot y lo paralizó poniéndole un pie encima. Sharkey le dio las gracias, apagó a Gaak e invitó al visitante a entrar con él en el edificio. Hasta aquí todo. Una simple anécdota que habría quedado entre estos dos caballeros. Pero en el momento que una tercera persona se enteró de lo ocurrido y se lo contó a una cuarta, ya lo supo la exhibición entera; y, por supuesto, la prensa andaba por allí no tardó en hacerse eco del asunto, puesto que el amarillismo adora los robots que van más allá de las expectativas de sus programadores, y la aventura de Gaak acabó escalando hasta ser titular de noticiarios de todo el planeta.

Abrumado por la excesiva atención el profesor Noel Sharkey acabó siendo entrevistado y declaró ante lo siguiente, más o menos:

“No hubo una verdadera inteligencia en lo que hizo, fue más bien la ausencia de ella en el profesor que olvidó desconectarlo. Los robots aprenden continuamente a reaccionar ante su entorno… Pero estos depredadores pueden alucinar con estar persiguiendo una presa si les alumbras con una linterna. En el Magna Science Centre entra mucha luz y podría ser que Gaak estuviera persiguiendo rayos de sol”.

Hey, now it’s the sun, and it makes me smile
All around,
all around.

The Polyphonic Spree

La mala pata de Jack Daniel

Jack Daniel, ese Jack Daniel, no había cumplido los 10 años cuando entró a trabajar en la tienda del párroco; su santo jefe creía en las capacidades laborales del menor de edad y pronto lo puso a destilar whiskey como aprendiz de uno de sus esclavos. A pesar de que este es un relato histórico y objetivamente no deberíamos escandalizarnos ni usar un prisma moderno para juzgar los comportamientos de estos caballeros norteamericanos en la década de 1850, vamos a suavizar el cuadro endosándole al pequeño Jack un gran sombrero blanco de cowboy y un buen y espeso mostacho negro. Ahora que la situación debería resultarnos menos violenta, podemos reírnos sin problemas con aquel mocoso de Tennessee pateando alambiques de pura frustración, ya que sus primeras pruebas en la destilería fueron desastrosas, como podría esperarse de un niño fabricando alcohol.

Con la idea de las patadas en la cabeza podemos dar un gran salto en el tiempo y caer en 1911, donde ocurre lo que pretendíamos contar.

A los 62 años Jack estaba en su oficina tratando de abrir la caja fuerte. Por qué quiso o tuvo que abrirla en ese preciso momento es irrelevante, pero por aquello de completar una descripción del personaje y para que ustedes, lectores, puedan empatizar con gusto, diremos que el ahora magnate, fundador de la icónica marca que lleva su nombre, pretendía llenar el suelo de billetes y bañarse en ellos. Quizás también hacer un ángel, quién sabe; lo importante es que con habitual frecuencia olvidaba la combinación (la de la caja) y en aquella ocasión acabó perdiendo los estribos. Como hubiera hecho medio siglo antes contra los aparejos metálicos de su maestro esclavo, le soltó un puntapié por venganza al mueble acorazado y lo pagó con un dedo roto.

Por tonto.

Curó mal y la herida interna se le infectó.

Por desgracia.

La infección pasó a la sangre y murió.

Por mala pata.

Ojos que te acechan

En la postal de la sabana, tres leonas observan el rebaño de vacas con cierta inquietud. Algo que escapa a su instinto y entendimiento les dice que vuelven a encontrarse con los extraños especímenes que surgieron de la nada semanas atrás.

Este nuevo tipo de vaca es imposible de rodear. Siempre en guardia con sus ojos gigantes dispuestos a plantar cara a cualquier agresor. Las leonas devuelven la mirada: no les gusta atacar de frente, buscan los cuartos traseros y evitar así carreras, estampidas y los molestos cuernos, pero no logran vencer el nuevo reto vacuno que les plantea la cadena alimentaria.

Descubren un ejemplar que rumia a una distancia imprudente del resto del rebaño y deciden probar suerte. Nuevamente evitan el ataque frontal, se agazapan y, divididas, recorren los flancos hasta la popa enmosquecida.

Y, sin embargo, son derrotadas otra vez por la rara criatura. De alguna manera se ha dado la vuelta y las observa y reta impasible, soberbia, digna.

No hay forma de escapar a su vista. Las leonas se retiran con el orgullo herido y una repentina hambre de antílope.

. . .

Las vacas están últimamente muy tranquilas. Pastan, espantan moscas, nadie las molesta en la charca e incluso les ceden el sitio. Todos en la zona se portan de maravilla con ellas e incluso los leones no se les acercan demasiado.

“Qué bien. No hay leonas. Ni leones. Qué bien”, piensa una vaca. “Uy, una florecilla. Qué bien. Postre”. Y sigue masticando, a la espera de que los humanos hagan esa cosa tan tonta otra vez. Sea lo que sea lo que se traen entre manos les ha subido el estatus.

. . .

Una vez cada varias semanas el señor pastor se pasa por allí con un par de cubos y un montón de niños con ganas de ayudar. Estos últimos, bien instruidos, se acercan a la vacada y traen las reses de una en una frente al ganadero, quien, después de comprobar su estado, toma un banquito y se sienta detrás de ellas.

Cubos abiertos. Pintura azul, blanca y negra.

Brochas.

Así, el humano engaña a la naturaleza una vez más y le crea un nuevo rostro a los rumiantes: dos grandes círculos blancos; después, dentro, otros azules rematados con un punto negro en ambos centros.

Dos ojos pintados en el culo de las vacas, con el rabo matamoscas como una nariz inquieta, porque la mejor manera de ahuyentar a los depredadores es mantenerles siempre la mirada.