Aves de presa

Era la hora del desayuno en cualquier día de julio y la tierra vibraba con el trasiego cotidiano. Bajo el sol que siendo temprano ya picaba, un frescor bondadoso auguraba el calor terrorífico que no tardaría en llegar; la serranía bullía con vigor para acabar lo antes posible con las tareas al aire libre y retirarse a sus nidos y madrigueras donde se esconderían del verano.

En la mancha verde de los montes aparecía un pueblo blanco encaramado a una ladera y, sobre esta, volaban cientos de golondrinas y vencejos con el pico abierto para engullir cuantos más bichos mejor, saludando a los humanos de allí abajo con su piar agudo.

Resumiendo: lo bucólico, lo pastoral, lo de las rutas de viajes y los dibujos de los libros infantiles.

En este entorno también habitaban, cómo no, los humildes gorriones, porque ningún lugar puede considerarse digno de ilustrar lo hermoso de cualquier rutina diaria sin uno, dos o una bandada de estos pequeños oportunistas, maestros del engaño mediante la ternura, amantes del trabajo ya hecho; un gorrión que haya probado rondar a los humanos repetirá sin duda: sabe bien que entre ellos puede conseguir algo de sustento rápido y fácil con un par de saltitos y una inclinación lateral de cabeza. Si no, ya volará monte abierto: mendigos, sí, pero también trotamundos que no pierden el tiempo.

El primero apareció en el muro del patio a la misma hora de todos los días. Tenía el nido cerca y por eso se adelantaba siempre a los demás, aunque no había cumplido el minuto cuando sus congéneres comenzaron a aparecer. Uno aterrizó sobre el plantón de olivo; otro sobre la barandilla de la escalera; otro, otro y otro aquí, allí y allá. Completaron la cuadratura del patio, quedando en el centro de todo una gran miga de pan duro en el suelo que el humano residente había malbarrido tras la cena de anoche.

Solo que no era pan, sino una piedra blanca porosa de la jardinera que había sido arrastrada por el viento. La vida les ocultó ese detalle.

El gorrión madrugador fue el primero porque así su nombre lo indicaba. Su despegue sirvió de pistoletazo de salida y los demás no tardaron en abalanzarse sobre la arenisca albina. Pudiera pensarse que siendo expertos en temas panaderos, los pajaritos se darían cuenta pronto de su despiste, pero en lugar de eso estalló una violenta trifulca.

Había al menos seis picos a la vez anclados a la deseada piedra, cada uno tirando para un lado mientras unos querían remontar el vuelo y otros se aferraban a las losas de arcilla cocida con sus garras de juguete. Los más brutos confiaban en la fuerza de sus cuellos para obtener la victoria, otros más zafios pateaban y picaban los costados de sus rivales, pero ninguno daba su ala a torcer, quién sabe si por orgullo o una necesidad real. De repente aletearon a la vez y, entre chillidos y regaños, levantaron una polvareda en la que apenas se distinguían patas y plumas, como si trataran de representar una viñeta de Ibáñez en la que sólo faltaba sobre sus cabezas un bocadillo lleno de burros, caligrafía china, explosiones y malsonantes nubes de humo negro.

Presenciando toda la escena desde un tejado cercano se hallaba el rey de los gorriones. En parte le divertía ver tal cantidad de bobos, pero no podía evitar taparse la cara con un ala por la vergüenza ajena que le causaban; ¡qué deshonra! Si alguna vez habéis visto suspirar a un gorrión, sabréis que es una de las cosas más melancólicas que existen incluso cuando proviene de una payasada inocua.

Dispuesto a no dejar en mal lugar el nombre de su pueblo, se lanzó al vacío como un peso muerto; una bolita parda y plumosa cayendo a plomo, que a medio metro de estamparse contra el suelo desplegó sus alas y rebotó con elegancia hasta las alturas.

Cuando uno permanece callado e inmóvil, oculto al mundo, termina presenciando fenómenos secretos que de otra forma nos son vetados. En esta ocasión se pudo ser testigo de cómo un gorrión único e inigualable levitaba sobre el tumulto de los suyos como un avión de combate Harrier, antes de volver a plegar sus extremidades y caer en medio de la pelea como una bomba.

La pelea terminó al instante. El grupo de camorristas regresó a su posición inicial, dejando al rey con una pata sobre la piedrecita. La picoteó a la vista de todos, haciéndoles ver que se estaban pegando por nada. La vergüenza y el reproche se palpaba en el ambiente y, como respuestas a la reprimenda, los gorriones abandonaron el patio visiblemente humillados. Todos menos su rey, que aprovechó aquel momento de soledad para asegurarse de que no había nada de valor horneado. Dio unos saltos en círculo y se dio por satisfecho. Allí ya no quedaba nada que picar.

Un salto, dos batidas de alas y se posó sobre el muro. Me miró. Claro, a diferencia de los demás, él sí se había percatado de mi presencia; nada se le escapaba, y menos un humano en bañador, camiseta vieja y pelo revuelto de recién levantado que masticaba su tostada de manteca colorá atento a los devenires de la naturaleza y a las tonterías de lo pájaros chicos. Pió, creo que excusándose por el comportamiento de sus súbditos, y se desvaneció dejándose caer de espaldas tras la pared blanca.

Reapareció como un cohete de feria y ascendió de súbito hacia el cielo.

Ocurrió hace un par de años; esa la última vez que vi a Murray.