El famoso bocadillo de Wolfie’s

John Watts Young caminó sobre la Luna, pilotó la primera lanzadera espacial, participó en las misiones Gemini, viajó seis veces al espacio y montó un follón de gran calibre por una tontería. Pero qué tontería. No fue para tanto y fue para mucho, como las buenas historias de los detalles, las hazañas de lo pequeño, lo irrisorio de lo grandioso; la épica baladí.

Hablemos de lo humano de seguir siendo pícaro en el frío oscuro del vacío, hablemos de lo que harías en el recreo o en clase mientras el profesor explica, pero trasladando el pupitre entre la Tierra y la Luna. Hablemos de que esto no es serio, ni lo será por mucho que en realidad lo sea.

A chorromil kilómetros de tu casa volaban Young y Grissom en el Gemini 3, una lata de sardinas que tenían el valor de llamar nave espacial. Era una misión de entrenamiento, lejos del sentimiento pionero de los Mercury y del glamour de los Apollo, pero misión al fin y al cabo. Les esperaban cuatro días flotando alrededor del planeta para comprobar cómo afectaba el espacio al cuerpo humano, al sueño, los reflejos y los ánimos. No habían pasado ni dos horas del despegue cuando, en la infinita soledad de universo, John Watts Young, héroe, sacó del bolsillo de su traje espacial un bocadillo de ternera para Grissom.

“Te he traído un regalo”, dijo.

Lo era, sin duda, porque cuando las energías del cosmos golpean tu nave con total inmisericordia, que tu amigo te ofrezca tu sándwich favorito de Wolfie’s, el restaurante de Cocoa Beach, no puede ser llamado de otra forma.

En Houston se llevaron las manos a la cabeza y el congreso norteamericano exigió explicaciones con su habitual espuma por la boca; ¿cómo se le podía haber ocurrido tal inconsciencia al astronauta? ¿Y cómo la N.A.S.A. había permitido aquello? La respuesta era sencilla: no lo habían hecho porque a nadie se le había pasado por la cabeza que tuvieran que registrar y cachear a los viajeros espaciales antes de meterlos en cohetes gigantes. Todos aquí abajo andaban indignados; no hubo medallas ni desfiles para el primer bocadillo que viajó al espacio.

Por supuesto, a partir de aquel marzo de 1965 no volvió a repetirse tal suceso. Se establecieron normativas, se dieron gritos y se pasó vergüenza frente a los rusos.

El escándalo radicaba en las migas del pan. En la ingravidez del espacio, cualquier mota perdida puede estropear el delicado equipo de a bordo, obstruir los instrumentos y provocar el total malfuncionamiento de la nave en su conjunto; el caos, incontables millones de dólares perdidos y tripulantes muertos si no se tiene cuidado. Por cosas así la comida de los astronautas es pasta compacta conservada al vacío. Incluso el pan que llevan está químicamente tratado para que no se desprendan partículas al recibir bocados.

“Tenemos un grave problema”, dijo Grissom, según los informes oficiales, mientras observaba miguitas de bocata levitando a su alrededor.

“¿Qué ocurre?”, preguntó Young masticando.

“No tenemos mostaza”.