El efecto aceituna

Esta es una historia de salvación y pérdida, de superación y decepción, de sustos, infartos, varios tipos distintos de suspiros y un empacho generalizado. Ojalá no la hubiera tenido que escribir, pero aquí me encuentro recordando esta serie de acontecimientos en una madrugada sofocante de una época del año que dejaré al gusto de las lectoras y lectores, pues hoy en día calor puede hacer cuando le venga en gana al cambio climático. No tiene importancia: el relato que nos atañe sucede en un almuerzo al abrigo de una chimenea.

Era una familia al completo y más, con primos hermanos, segundos, terceros que nadie conocía e incluso miembros cuya rama genealógica era tan difusa que no se paraban a hacer cálculos y los llamaban directamente “parientes”. A los más mayores se les había ocurrido juntarles a todos porque hacía tiempo que no se casaba nadie y tenían ganas de fiesta, pero ni en las bodas más suntuosas habían llegado tantos invitados, dándose la obvia circunstancia de que, en realidad, no había ni un solo asistente que conociera el nombre de todos y cada uno de los presentes. Es más, casi nadie conocía en el fondo a nadie. ¿Y qué más daba? Bebían y comían como si los fueran a meter en la cárcel, a veces brindando por los recién nacidos, en ocasiones a la salud del matrimonio de tatara-tatarabuelos (tampoco sabían cómo se llamaban) responsable de la sangre y existencia de todos ellos.

Las mesas estaban dispuestas en largas hileras como hacían los nobles, porque ellos, clase media obrera de papeleta izquierdista, se consideraban a sí mismos realeza y y así querían ser tratados por los pocos camareros de los que disponía el local y que no daban a basto a rellenar jarras y jarras de tinto de verano y cerveza. La comida no se quedaba atrás: platos blancos y amplios intentaban dar un toque de distinción entre pelotones de bandejas de aluminio rebosantes de fritos variados. El pollo mal descuartizado lucía huesos astillados y era indistinguible del pescado, y dentro de esta categoría no se podía saber a simple vista qué era qué: el menú consistía en bolas pardas de cosas rebozadas que chorreaban aceite cual manantial de grasa.

Cada varias raciones aparecía un cuenco modesto de aceitunas gordales separando grupos de personas que no se conocían. Ese siempre parece ser el cometido de los encurtidos en los bares cuando hay mucha gente: establecer fronteras entre las viandas de un equipo de comensales y otro, pero las aceitunas y derivados son mucho más. Cuando son el primer bocado, activan las glándulas salivales y aceleran la preparación del cuerpo a la hora de recibir alimento; cuando se toman entre plato y plato entretienen al paladar para que no se aburra; y cuando son el último sustituyen a la mejor de las tartas. La mayoría de las personas dan por sentada la aparición de tan mágico entremés en sus mesas y olvidan el arte que hay detrás, y no suelen pararse a degustarlas como es debido. Menos cuando se está rodeado por familiares anónimos que arramplan con todo.

Nuestra chica no. Ella cogía cada aceituna con delicadeza entre dos dedos tras seleccionarla bien. La dejaba en su boca durante un breve rato y luego masticaba con cuidado para exprimir la carne verde sin morder el hueso; sus ojos cerrados eran un oasis de placer entre el ruido de la genética y el aluminio graso. Después, con los mismos dedos (porque aún tenían un poco del aliño de vinagre impregnado en las yemas y no le gustaba desaprovechar nada) se sacaba el corazón de leña y lo colocaba junto a la montañita que había ido acumulando en el platillo auxiliar. A continuación reiniciaba el proceso.

De pronto, uno de los camareros agotados retiró el cuenco casi vacío y el platillo casi lleno. La chica no pudo protestar porque tenía la boca como un saco de mazapanes y no pudo sino decir adiós mentalmente al único manjar que merecía la pena sobre aquellos manteles de papel. Además, se quedó con el hueso en los dedos, sin saber donde dejarlo. Miró a un lado y después a otro: había bastante distancia entre sus brazos y los primos colindantes como para liberar un objeto indeseado en medio de ellos, así que puso el pequeño hueso ahí, en el vacío blanco de una gran porción de mesa sin ocupar.

El siguiente camarero vio la misma llanura blanca y la calificó como ideal para colocar una jarra de tinto de verano que le habían pedido por allí, con tal puntería que la puso exactamente sobre el hueso de aceituna abandonado. Las leyes de la física intervinieron de muchas maneras: que si dos objetos no pueden ocupar el mismo espacio, que si la fuerza de la gravedad, que si la superficie rugosa del hueso imposibilita el correcto equilibrio con el culo de cristal que lo aplastaba contra la mesa… La jarra no tuvo más remedio que inclinarse. La chica, única testigo, se asustó porque pensó que se iba a derramar, alargó la mano y, entrando en acción aquí los cuatro vasos de cerveza que se había bebido ya, le soltó un manotazo que hizo girar el recipiente como si fuera una peonza borracha.

Lo primero que vio el resto de la mesa fue la jarra bailar peligrosamente. Muchos brazos saltaron como un resorte y quisieron atraparla, lanzando por los aires pedazos de pollo frito, chocos o lo que fuera que hubiera en aquellas condenadas bandejas. Uno de ellos le dio con los nudillos y la jarra cogió más velocidad, regando vino como un aspersor sangriento. Varios familiares se levantaron de golpe para no mancharse y, al hacerlo, una de ellos le dio con la cadera a uno de los carritos de bebé aparcados, que salió disparado hacia la mesa en el lado opuesto de la sala. El vehículo, de donde salía un llanto joven y verde, impactó contra el codo de otro camarero, provocándole un grave caso de dolor de suegra que le hizo abrir la mano y dejar caer otra jarra de tinto hasta arriba de cubitos. Hielo, cristal y vino barato se esparcieron por el suelo como un tsunami y se vieron afectados varios pares de zapatos demasiado lentos para reaccionar.

Hubo risas y lamentos, ambas movidas por el desconcierto y el misterio. Como habían estado distraídos con sus cosas, nadie podía indicar con exactitud cómo había comenzado todo, aunque se remontaban a aquella misteriosa jarra danzante girando sobre la mesa.

“Habrá sido un fantasma”, dijo alguien, un familiar lejano de nosedonde.

Tal vez tuviera razón. ¿Cómo si no se podría explicar la súbita volatilización de la prima callada, cuyo asiento había quedado libre tan pronto se había iniciado aquel caos? ¿Qué pasó con varios cuencos de aceitunas, aún llenos, que los camareros aseguraban no haber retirado aún, mientras frotaban con servilletas el calzado teñido? ¿Quién había dejado la puerta abierta con el frío que hacía? Y sobre todo, ¿quién era esa chica ruborizada que picoteaba a escondidas en la calle? Un misterio que se perderá en la noche de los tiempos.

“Es mi hija, la pequeña”, contestó otro primo.

“Ah”, dijeron aliviados.

Tampoco lo conocían a él.

¿Pero qué más daba?