La nonna fa un po’ paura

Esta mañana la chica trata de sintonizar su mente al italiano para estudiar (lo que se traduce en que bostezaba una y otra vez mientras se decidía a abrir el libro) cuando oye el llanto crudo de un bebé por la ventana. Nada extraordinario. Los niños nacen y lloran. Forma parte del sistema. Podemos continuar con nuestras cosas.

Al poco, escucha que una mujer grita “¿Ves qué guapo es?” y otra le responde “¡Mucho!”. Una tercera voz se une con un “Oooh” y una cuarta pide verlo mejor.

Por alguna razón eso último la inquieta, así que abandona por un momento su encarnizada lucha contra il passato prossimo y asoma la cabeza por la ventana lentamente, usando las macetas como camuflaje, aplicando todo lo que he aprendido de las películas de Vietnam que se veían en casa.

Lo que presencia la perturba; en el cercano bloque de enfrente una señora en el 4-B sujeta un niño varios meses fuera de la terraza.

Miedo.

Lo sujeta bien, con firmeza, como ya hizo antes Michael Jackson, como Rafiki. La chica puede ver algunas de las mujeres que alaban a la criatura (se han sumado más) pero la mayoría permanece oculta y solamente se oyen sus expresiones de admiración y vocecitas infantiles forzadas diciendo “¡Hola! ¡Hola!”. Mientras la cacofonía crece el bebé llora sobre el vacío. La presentación de Simba ante sus futuros súbditos, pero en versión maruja peligrosa. Lo peor es que nadie parece darse cuenta de semejante inconsciencia.

“¡Se te va a caer el niño, Marichocho!”

Alivio.

“¡Uy! ¡No, no! ¡A este no lo suelto yo ya en la vida!”

Miedo.

“¡Pero no lo zarandees!”

De qué va esta persona.

“¡Qué saborías sois, leñe! ¡Si queréis verlo bien venid, que nunca visitáis!”

“¡Si no nos abres!”

“¡Es que llamáis cuando estoy con la siesta!”

“¿A las 8 de la tarde?”

“¡Mi casa, mis normas!”

“¡Es la casa de tu nuera!”

“¡Lo que es de mi hijo es mío!”

Ma che cazzo… La nonna fa un po’ paura.

“¡Pero mete ya al niño dentro!”, repite la única medio cuerda. Si lo fuera del todo habría llamado a la policía hacía ya rato.

La chica se planteó avisar a los servicios sociales ella misma, pero la señora hizo caso a la vecina y retiró al bebé de la vista de todas. El llanto cesó.

“¡Ea, pues aquí está para cuando queráis visitarle! ¡Cuando vosotras digáis!”

“¡Voy para arriba!”

“¡No, ahora no puedo!”

“¿Cómo que no?”, dijo una. “¿Te vas a dormir?”, gritó otra. “¡Pero si son las 12 de la mañana!”, señaló una más.

“¡No, no! ¡Que no me apetece a mí, que estoy muy tranquila! ¡Otro día, guapas! ¡Besitos!”

Y se marchó.

Abajo, en la calle, el público de 4 ó 5 personas se dispersó en un abrir y cerrar de botellín. Mmm, un botellín bien frío. Sí, eso es lo que la chica se habría tomado de no tener que retornar a la pila de apuntes que tenía sobre el escritorio.

De pronto, clara como una lagger, le llegó la voz de la señora:

“¿Y a ti qué te pasa que no paras de llantear? Mi, mi, mi, mi. Anda, chupa este chorizo… Ea, ya te has calmado, ¿eh? Qué te gusta un chorizo. La teta de tu madre no sabe a esto, ¿verdad, tesoro? ¡QUE TE COMO TO ENTERO LECHES!”, explotan de nuevo los desesperados lamentos del crío. “Ofú, te asustas con ná, a ver si vuelven tus padres”.

Mamma mia.