Nana en el cielo y un poquito de muerte

1

La primera vez que viajó en avión estaba emocionado. A decir verdad, siempre había pensado que nunca llegaría a montarse en uno; él no era de recorrer mundo y no había tenido presupuesto para siquiera meditar el asunto. Sin embargo, un día se encontró con un pasaje en una mano y una maleta en la otra y, entonces, recibió de golpe todas las ganas que antes no había cultivado.

Se trataba de un trayecto corto, anodino para el resto de pasajeros, quienes lucían en sus caras el tedio del que está cansado de la rutina de volar. Casi le daba vergüenza manifestar cualquier tipo de emoción para que no se notara su verdor alcanforado, por lo que se contentaba con pegar la cabeza a la ventanilla tanto como fuera posible y disfrutar de las vistas aislado del resto: sólo le faltaba sacar la lengua para parecer un perro chico.

2

Pasó de cero a cien y, en menos de un año, tomó más de quince vuelos.

Y ocurrió lo esperado. Se convirtió en un esclavo más del aburrimiento. Vivía los despegues y aterrizajes como quien se corta las uñas y pasaba todo el tiempo en el aire suspirando, resoplando, agonizando. Suplicaba a todos los dioses que acabaran con su suplicio estrellando el avión o haciendo que llegara antes al destino, y cualquier tontería se convertía en un entretenimiento con el que suavizar la presión de su asiento de bajo coste: esperaba con impaciencia que pasaran los azafatos con los boletos de bingo, rasca y gana, quinielas y otras pamplinas ludópatas; recibía la revista de la aerolínea como si fuera el próximo ejemplar de Canción de hielo y fuego; solicitaba comida y cervezas demasiado caras para él aunque no tuviera hambre con tal de sentir algo que no fuera la insoportable lentitud con que llega La Muerte. En una ocasión se planteó secuestrar el avión con tal de que pasara algo.

No era (demasiado) estúpido, claro, y ya había probado con novelas ligeras, densas, con videoconsolas portátiles y reproductores de música… Nada servía: el ensordecedor retumbar de las turbinas en el interior de la cabina llenaba sus oídos y pulverizaba su concentración y sus nervios.

De repente, un día, ese mismo ruido infernal provocó en él un efecto inesperado que habría de salvarle la vida.

3

Los sonidos graves y monótonos desbloquean algo en nuestro cerebro que nos transporta a otro mundo. Los tambores milenarios, los cantos budistas, el zumbido de las abejas en primavera, las pompas de agua hirviendo en una vieja olla esmaltada. Por eso los bebés se quedan dormidos cuando colocan su cabecita en el pecho de quien los arrulla: las cuerdas vocales vibran como el cuerpo de una guitarra afinada para un blues oscuro, para un recital antiguo.

El viajero aburrido transformó el estruendo de los motores de aquel autobús con alas en la nana más dulce que le habían cantado jamás. Ni su divina madre había sido capaz de acunarle con el ímpetu de un monstruo de metal y fibra de vidrio a miles de metros de altura.

4

Desde entonces abraza la idea de volar como los cristianos hacen con las cruces en Semana Santa, su pensamiento rota alrededor de las turbinas como millones giran junto a la Kaaba; el avión deja el suelo y la primera cabezada aparece con una caricia; ha desarrollado la habilidad de quedarse dormido justo a la salida, y también se despertará sano, repuesto, en comunión consigo mismo y con los demás, cuando el tren de aterrizaje toque tierra donde sea.

Arrurú de hélices, mimo de combustión sónica, portal con Hipnos y Morfeo con derecho a una maleta de mano. El viajero duerme plácido, flotando entre las nubes, casi acostado sobre ellas, pues solamente les separan cinco centímetros de fuselaje endeble. Pero no tiene miedo; sabe que si esa chapa de papel de plata acaba hecha pedazos lo único que quedará para él serán infinitas y preciosas horas de sueño.

Al menos – piensa mientras goza la duermevela – hasta que llegue a un nuevo destino. La insuperable oferta de temporada baja del Más Allá. Las mejores vistas, el mejor spa.
Entonces un pitido le sacude: el comandante anuncia la proximidad del aeropuerto a visitar. Informa del tiempo, el ajuste horario, da las gracias y se despide.

Todo acaba pronto. La goma chilla al tomar tierra y, entonces, dándole la enhorabuena los pasajeros estallan en vítores: bien hecho, Viajero durmiente, que venciste al aburrimiento con el poder de la siesta: estos aplausos son para ti.