Ungoliant

Permitidme usar este espacio para recordar una vivencia personal acaecida durante mi curso de Erasmus en la preciosa y noble ciudad de York. Yo era un inocente viajero en tierras extranjeras y como tal mi conocimiento del medio se limitaba a lo en los libros de textos didácticos y en un puñado de novelas ajadas y polvorientas, por lo que no estaba ni remotamente preparado para una situación como aquella.

Para empezar vestía solo la vulnerabilidad de la desnudez, pues me estaba dando una ducha mientras tarareaba alguna canción molona (la presencia de mis compañeros de piso me impedía cantar a pleno pulmón). Además, y lo recuerdo muy bien, tenía la cabeza cubierta por una peluca gigante de espuma y así menos está uno para sobresaltos.

Se me metió un poquito de champú en los ojos y los cerré muy fuerte, como si así fuese a limpiármelos. Cuando logré aclarármelos la vi. Ay, si la vi. Maldita. Mi mirada roja e irritada había encontrado a alguien más en el baño. Una cosa grande bajando por la pared, grande de verdad, negra, con más patas de lo necesario para un animal buenagente.

Ocho. Ocho siempre son demasiadas. Mi primera reacción fue dar un paso atrás, y menos mal que no lo hice porque hubiera supuesto un buen resbalón seguido de un porrazo y desnucamiento. Su sola presencia ya había sido un ataque, pero decidí ni iniciar una escalada de violencia y lo dejé estar. También menté las partes íntimas femeninas.

Se trataba de una araña lobo. Lo sé porque cuando pasó todo, la busqué en internet hasta dar con ella. De esta manera averigüé también que era una hembra por su color parduzco (no era negra como pensé al principio, su oscura maldad me engañó). Los lectores seguramente sentirán la necesidad de mirar alguna foto en el buscador para ilustrarse; por favor, no lo hagan. Confíen en mí cuando digo que era tan grande como la palma de un humano adulto y que se movía con la lentitud de una célula cancerosa.

Mitad acojonado, mitad fascinado, continué desparasitándome sin perderla de vista ni un instante. Ungoliant, como se llamaba, siguió bajando despacio, estirando al máximo cada pata a cada pasito, recreándose. Pasados unos segundos largos como una sombra en invierno, llega al lavabo y se resguarda tras él, encogida, acurrucada. Sentí gran alivio, pero no dejaba de mirarla; allí estaba a lo suyo y yo, por respeto, la dejé tranquila.

Después de todo solamente era un bicho.

Uno enorme.

Seguí duchándome.

La pesadilla comenzó cuando volví a mirar y ya no estaba.

Qué demonios. Araña, arañita grande, ¿tarántula? ¿A dónde fuiste? ¿Por qué te marchaste sin avisar? Cruel y desconsiderada; me hizo pensar comprender por qué a los criminales les ponen tobilleras localizadoras.

De pronto, percibí algo. Un no sé qué me llevó a correr la cortina de la ducha. Entonces me la encuentro de nuevo: está en el borde de la bañera, mirándome.

Aquí llegamos a la parte que, a día de hoy, no entiendo. Por favor, que alguien me explique por qué la puta araña de los cojones tuvo que saltar dentro, justo a mis pies. Estábamos respetando nuestro espacio, esto no venía a cuento. Una cosa así es una clara declaración de guerra para un Homo Sapiens. Muchas especies, a lo largo de la historia planetaria, vieron llegar su extinción por saltar a las bañeras de los humanos. Todo era innecesario.

Estalló el combate. Aquí sí, me sentí Samsagaz, salvo por la alcachofa de la ducha en lugar de una daga élfica. De un puntapié la aparté de mis dedos y la lancé al otro lado de la bañera.

Desconozco si la ofendí o si su contraataque estaba impulsado por el placer de importunarme a mí y a mis dedos, pero allá que volvía a la carga una y otra vez a pesar de mis pataditas y protestas que hacían bailar las graciosas carnes que Dios me dio en su sabiduría.

Yo no sabía qué hacer, cómo ganar o pedir tregua en aquella guerra sin cuartel. Tal vez ella no era capaz de escalar la pared de mármol y veía como única opción matarme, aunque me negaba a caer así, no cedía terreno. En un alarde de masa gris la apunté con mi arma acuática y le disparé un caño de agua caliente con la esperanza de joderla un poco, idea que desembocó en el peor momento de la noche: logró remontar la fuerza del chorro y corrió hacia mí con todas sus energías.

Reaccioné.

No me siento orgulloso de esto (un poco sí); la golpeé. Mejor dicho, la bateé con la alcachofa, salió volando, chocó otra vez con la pared del baño, se deslizó por mi lado y cayó al desagüe que, gracias a los cielos, no tenía filtro. Enfoqué el caño de tal manera que Ungoliant acabó por precipitarse por el agujero.

Seguí echando agua por el sumidero durante un rato.

La cabeza me daba vueltas. Cuando lo consideré oportuno, terminé aclarado y ducha. Al salir, examiné con cuidado la ropa. Tenía miedo y no quería sorpresas ni familiares. Se me olvidó secarme el pelo.

Sí hubo una cosa que averigüé tiempo después, porque cada varios años repaso esta historia tratando de encontrar una razón por la cual aquella araña saltó a la bañera: resulta que las arañas lobo no producen telaraña. Ellas tienen otro método más divertido para cazar.

Buscan una posición idónea, sin prisa alguna. Luego permanecen inmóviles hasta que localizan una presa.

Después se abalanzan sobre ella. Como lobos.