Rascar la oscuridad

Estábamos viendo las noticias en la tele. Hablaban de los disturbios de Ferguson, en Saint Louis, Missouri, desencadenados tras el trágico asesinato racista de Michael Brown. La escalada de violencia parecía no tener freno; los coches ardían, los escaparates no eran más que trocitos de cristal en el suelo, la ciudadanía se dividía entre los que portaban armas improvisadas y los que usaban la fuerza de su garganta y los brazos apuntando al cielo para que se escucharan sus indignados gritos clamando justicia. No era para menos; el joven Brown había sido abatido a tiros de aquella última manera: desarmado y con las manos levantadas. Seis disparos.

Nuestros medios relataban los sucesos desde la relativa sangre fría que da la distancia, pero también nos hacíamos eco de lo que decían ciertos reporteros americanos. Era espeluznante comprobar la tremenda falta de empatía que mostraban. A primera vista podría parecer que intentaban tratar el tema con objetividad pura y dura. Sin embargo, lo que se percibía era simple y llana incomprensión. ¿Por qué se echaba toda esta gente a la calle? Había sido un accidente, tal vez, los agentes se enfrentan a situaciones extremas. Tampoco debemos hacer juicios paralelos, no estábamos allí, no podemos saber qué ocurrió de verdad, quién miente. Nunca dejan de causar estupor quienes tratan de buscar una lógica aceptable, una cómoda escala de grises, cuando se les presenta una situación como esta. Quizás sea su débil vía de escape al horror, inventar aspavientos nihilistas cínicamente centrados. Desarmado, manos arriba; seis disparos.

La pantalla irradiaba una carga policial contra un grupo de manifestantes. Hombres blancos enjaulados en sus armaduras urbanas tras sus escudos corriendo hacia toda la comunidad negra de norteamérica. Desconozco por completo la metodología y los entresijos que la policía de Saint Louis pone en práctica en estas situaciones, pero la embestida parecía estar liderada por un agente antidisturbios en concreto. Iba varios pasos por delante de sus compañeros, dando grandes zancadas hacia los peligrosos civiles como si deseara llegar antes que nadie hasta ellos. Se le podía ver sonreír.

Segundos más tarde, los manifestantes rompieron filas y comenzaron a huir por donde habían venido. Los agentes redujeron la velocidad hasta detenerse. Todos menos este individuo, que apretó la marcha dispuesto a llevarse por delante alguna presa. En una mano zarandeaba una porra, la otra rebuscaba en su cinturón; entre ambas su barriga prominente empujando hacia afuera el chaleco de kevlar y poniendo a prueba la resistencia de las costuras. Al fin encontró lo que quería y rompió a correr.

Apuntó el spray de pimienta hacia la muchedumbre espantada y apretó el dedo. Un potente chorro líquido salió proyectado y entonces el karma actuó.

Porque hete aquí que, incluso cuando todo va mal, cuando la gente correr con terror por las calles de su propia ciudad, cuando los niños son acribillados a balazos por quienes juraron protegerles, cuando los tertulianos equidistantes justifican a los malvados, cuando los defensores son sádicos depredadores, siempre acaba apareciendo una gota de luz que no olvidemos que no todo está perdido; en las horas más terribles recordad que la oscuridad se puede rayar con la facilidad de un rasca y gana. Y, aunque nunca está de más, ni siquiera tenemos que mover las uñas para notar cómo el Universo busca la balanza.

Los sprays de pimienta son unos dispositivos muy volátiles. Al contener líquido a presión, este se convierte en gas casi al momento de verse liberado. Nos fue, y aún es, imposible dilucidar cómo este caballero andante que disfrutaba persiguiendo a sus paisanos no se percataba de que, a medida que corría y rociaba, se iba envolviendo él mismo en una nube tóxica. Literalmente se adentraba en su propio ataque químico.

Pronto se vio sin aire limpio y se detuvo, rojo cual tomate ruborizado, tosiendo como si fuera a volverse del revés. Bebé disgustado porque se había hecho daño a sí mismo; lloraba presas desembalsando, al igual que habían hecho aquellos a los que perseguía, aunque entre los motivos hubiera un abismo: ellos lloraron por seis disparos; él porque a la existencia no le había gustado ni un pelo su tontería, su belicismo incontenido.

Una de las muchas ocasiones en las que pudimos ver con claridad al dedo del karma rascar la oscuridad fue cuando la fila de uniformados de negro se abrió para dejar pasar al agente envenenado. No era una venganza cósmica ni nada que pudiera enmendar los seis disparos que mataron a Michael Brown, pero, y aunque aquel policía acabó con los pulmones colapsados, para el resto del mundo fue una bocanada de aire limpio en tiempos de nieblas de pimienta.