La mala pata de Jack Daniel

Jack Daniel, ese Jack Daniel, no había cumplido los 10 años cuando entró a trabajar en la tienda del párroco; su santo jefe creía en las capacidades laborales del menor de edad y pronto lo puso a destilar whiskey como aprendiz de uno de sus esclavos. A pesar de que este es un relato histórico y objetivamente no deberíamos escandalizarnos ni usar un prisma moderno para juzgar los comportamientos de estos caballeros norteamericanos en la década de 1850, vamos a suavizar el cuadro endosándole al pequeño Jack un gran sombrero blanco de cowboy y un buen y espeso mostacho negro. Ahora que la situación debería resultarnos menos violenta, podemos reírnos sin problemas con aquel mocoso de Tennessee pateando alambiques de pura frustración, ya que sus primeras pruebas en la destilería fueron desastrosas, como podría esperarse de un niño fabricando alcohol.

Con la idea de las patadas en la cabeza podemos dar un gran salto en el tiempo y caer en 1911, donde ocurre lo que pretendíamos contar.

A los 62 años Jack estaba en su oficina tratando de abrir la caja fuerte. Por qué quiso o tuvo que abrirla en ese preciso momento es irrelevante, pero por aquello de completar una descripción del personaje y para que ustedes, lectores, puedan empatizar con gusto, diremos que el ahora magnate, fundador de la icónica marca que lleva su nombre, pretendía llenar el suelo de billetes y bañarse en ellos. Quizás también hacer un ángel, quién sabe; lo importante es que con habitual frecuencia olvidaba la combinación (la de la caja) y en aquella ocasión acabó perdiendo los estribos. Como hubiera hecho medio siglo antes contra los aparejos metálicos de su maestro esclavo, le soltó un puntapié por venganza al mueble acorazado y lo pagó con un dedo roto.

Por tonto.

Curó mal y la herida interna se le infectó.

Por desgracia.

La infección pasó a la sangre y murió.

Por mala pata.