Ojos que te acechan

En la postal de la sabana, tres leonas observan el rebaño de vacas con cierta inquietud. Algo que escapa a su instinto y entendimiento les dice que vuelven a encontrarse con los extraños especímenes que surgieron de la nada semanas atrás.

Este nuevo tipo de vaca es imposible de rodear. Siempre en guardia con sus ojos gigantes dispuestos a plantar cara a cualquier agresor. Las leonas devuelven la mirada: no les gusta atacar de frente, buscan los cuartos traseros y evitar así carreras, estampidas y los molestos cuernos, pero no logran vencer el nuevo reto vacuno que les plantea la cadena alimentaria.

Descubren un ejemplar que rumia a una distancia imprudente del resto del rebaño y deciden probar suerte. Nuevamente evitan el ataque frontal, se agazapan y, divididas, recorren los flancos hasta la popa enmosquecida.

Y, sin embargo, son derrotadas otra vez por la rara criatura. De alguna manera se ha dado la vuelta y las observa y reta impasible, soberbia, digna.

No hay forma de escapar a su vista. Las leonas se retiran con el orgullo herido y una repentina hambre de antílope.

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Las vacas están últimamente muy tranquilas. Pastan, espantan moscas, nadie las molesta en la charca e incluso les ceden el sitio. Todos en la zona se portan de maravilla con ellas e incluso los leones no se les acercan demasiado.

“Qué bien. No hay leonas. Ni leones. Qué bien”, piensa una vaca. “Uy, una florecilla. Qué bien. Postre”. Y sigue masticando, a la espera de que los humanos hagan esa cosa tan tonta otra vez. Sea lo que sea lo que se traen entre manos les ha subido el estatus.

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Una vez cada varias semanas el señor pastor se pasa por allí con un par de cubos y un montón de niños con ganas de ayudar. Estos últimos, bien instruidos, se acercan a la vacada y traen las reses de una en una frente al ganadero, quien, después de comprobar su estado, toma un banquito y se sienta detrás de ellas.

Cubos abiertos. Pintura azul, blanca y negra.

Brochas.

Así, el humano engaña a la naturaleza una vez más y le crea un nuevo rostro a los rumiantes: dos grandes círculos blancos; después, dentro, otros azules rematados con un punto negro en ambos centros.

Dos ojos pintados en el culo de las vacas, con el rabo matamoscas como una nariz inquieta, porque la mejor manera de ahuyentar a los depredadores es mantenerles siempre la mirada.