Ojo patio

Su ventana daba al ojo patio. No eran las vistas ideales; hubiera preferido el otro lado del edificio, aunque saliera a la calle fea, pero al menos tendría sensación de amplitud y no la pared del vecino a cuatro brazos de distancia.

Ella era consciente de que solo le quedaba la resignación, y lo sobrellevaba con suspiros, café, ansias de que le tocara el cupón de los ciegos y un montón de macetas que cuidaba con ternura a todas horas. Su plantación levantaba los tallos altaneros, sabiéndose reducto de la belleza natural en un hueco de hormigón minado de aparatos de aire acondicionado y parches de pintura descascarillada. La jardinera, a la par, erguía el cuello con orgullo cada vez que se asomaba por si algún vecino se la encontraba regando impresionarle con sus dotes botánicas.

Sin embargo, lo único que solía encontrarse en el patio era el constante goteo de los aires, las persianas bajadas y el techo de uralita del bajo. Esto último la alteraba en especial: una plancha ondulada como una Ruffle que parecía llevar allí más tiempo que el propio edificio, con una mancha de musgo oscuro y varias grietas amenazadoras. Pero lo peor era la ridícula montaña de ropa caída que tenía encima, acompañada de una marabunta colorida de pinzas enteras y/o rotas.

A lo largo de los años se habían ido mudando a la comunidad una serie de familias extraordinariamente torpes, sobre todo y por alguna razón apiñándose, planta tras planta, en la letra E. Prueba de ello era que la mayor acumulación de prendas se encontraba bajo las ventanas de esos pisos y, de cuando en cuando, se notaba una ausencia dolorosa en alguno de sus cordeles. A ella le recordaba a las fotografías de las fosas comunes de los campos de exterminio nazis, esperando una palada de cal cruel y desalmada sobre sus arrugas enmohecidas en la sombra y cuarteadas en el rinconcito donde daba el sol en verano. No había distinción de edad o sexo; se mezclaban pijamas rosas, fundas de almohadas y paños del polvo con combinaciones, toallas, camisas e incluso una chancleta de Buzz Lightyear que nunca iría más allá del jersey de punto donde yacía. Debía de ser terrible ver la ropa caer, aunque nunca había sido testigo de semejante tragedia y se bastaba con los breves gritos ahogados que, se imaginaba, soltarían los afectados. A pesar de que sí se podía saber cuándo ocurría, porque el impacto de la pinza de tender contra el techado resonaba en el patio como un golpe de platillo seco y desganado.

Un día sí oyó un lamento.

Con mucho disimulo movió la cortina para echar un vistazo fugaz y se encontró a Encarnación con una mano en la frente y el alma en los pies.

Ella también se angustió. La viuda del sexto era su vecina favorita y no soportó verla pasarlo mal por las bragas blancas que se le habían estrellado contra los cadáveres olvidados del bajo. El color nevado brillaba radiactivo por encima de las tonalidades apagadas, sucias y desteñidas de la demás morralla, y se sorprendió. No se había imaginado a Encarnación llevando puesto (poseyendo, siquiera) una ropa interior tan luminosa y labrada, teniendo en cuenta que nunca la había visto vestir nada que no fueran esos sobrios vestidos negros en honor a su marido muerto.

Por la cara de la señora ella tampoco quería que nadie se lo figurase.

La vio pensativa un rato largo. Sabía que meditaba reclamar su prenda, pero el vecino de abajo era un auténtico ogro y la comunidad intentaba tratar con él lo mínimo posible, de ahí que se apilara la ropa: nadie la pedía y él no la quitaba. Por supuesto, Encarnación desechó la idea con unos parpadeos, pero no se dio por vencida. Las bragas eran importantes. ¿Regalo de algún admirador? Esperaba que sí, que Encarnación fuera apartando el luto de su vida y se dejase hacer obsequios, o que ella misma se hubiera dado un homenaje; no se necesitan amoríos para eso.

Sus ojos brillaron. La señora acababa de tener una idea. Oh, qué idea acababa de tener la señora.

Desapareció de la ventana, decidida. La vecina cotilla, expectante, permaneció agarrada a la cortina. ¿Adónde iba  la anciana? ¿Enfrentaría al ogro? No, descartado. ¿Llamaría a los bomberos? ¿A otro vecino?

Encarnación regresó a los cinco minutos con una larguísima caña de pescar Daiwa Ninja Spinning 612 ULF, la joya de la corona de su esposo, que en paz descansara, armada con un sedal transparente capaz de resistir el peso de un monstruo de río y un anzuelo que nada envidiaba al tridente de Poseidón. El carrete traqueteaba mientras giraba la manivela y en nada el gancho acarició la superficie del monte textil.

Un golpe. Otro, una caricia, un bamboleo, luego otro, y nada. No hubo éxito. Pero Encarnación era una mujer paciente y no desistía. Su cara era la de una universitaria haciendo un examen importante, concentrada y preocupada, a la vez que segura de comprender a la perfección la pregunta que debía responder.

De pronto el anzuelo atrapó el elástico de las bragas y el patio contuvo la respiración. La vecina apretó la cortina.

Encarnación tiró. La braga picó.

Recogió el sedal con la rapidez de un profesional y la sonrisa de una ganadora, y no respiró aliviada hasta que agarró con fuerza el satén blanco. Metió el cuerpo en casa y cerró la hoja de la ventana de un envión.

Parecía tener prisa. Tal vez llegaba tarde a una cita. O la esperaban dentro con cámara o trípode para inmortalizar la captura del día con una buena foto.

Ella soltó la cortina y miró sus plantas.

Aquella mañana no fueron lo más bonito del ojo patio.