Hostia ya

Este cuento trata sobre un caballo que, sin necesidad de hablar, resultó ser elocuente como ningún otro. Incluso entre humanos se dan pocos casos a este nivel de expresividad. Seré breve, ya que el evento en sí duró poco y fue, a mis ojos, tan poderoso que no necesita de muchas explicaciones.

Tres son, a mi juicio, los puntos que hay que señalar para abrazar el asunto en su totalidad.

Para empezar debemos situar el escenario en una amplia plaza junto al ayuntamiento, en una torraz tarde de verano que saludaba sin vergüenza al medio centenar de grados. El suelo tiene que estar cubierto por un exceso de asfalto tan caliente como el día que lo vertieron y la cantidad de sombras que amortiguan la paliza sumar un total de cero: un brillante urbanista decidió no añadir arboleda a su diseño para evitar no sé qué historias con insectos y palomas.

El siguiente elemento lo forman los caballistas, los chóferes que llenaban el lateral del claro urbano con una larga fila de carruajes, carros, coches de caballos y demás sinónimos. Tíos secados al sol de años, con la piel agrietada y cercos de sudor tan grandes como las gafas oscuras que lucían. Se afanaban en crear un microclima propio, enchufando mangueras a fuentes cercanas y tomas de agua de uso exclusivo de los bomberos, para regar suelo y animales con la gracia de unos niños aburridos y aplatanados por el calor. Cuando la lluvia tocaba la calzada casi se podía ver el vapor manando como cuando las olas hawaiianas lamen la lava de los volcanes. No habría extrañado a nadie si los señores hubieran vestido trajes ignífugos en lugar de sus camisas cansadas.

En teoría, el tercer elemento y protagonista de esta narración debería de haberse beneficiado del intento de arreglo climático pero, en realidad, fue quien entendió mejor que la Operación Regado no era más que un torpe parche que no paraba de desprenderse. Era un caballo marrón, del montón, seguramente amado por su madre, familia y dueño, pero sin nada en apariencia que lo hiciera destacar por encima de los demás compañeros de turno y fila. Estaba a cargo de un humano que le rascaba detrás de una oreja y a la vez miraba el móvil, pasando de los muchos turistas inconscientes que buscaban paseo a esas horas malditas.

Así que ahí estaba él (el caballo), quieto como una estatua, tostándose de radiaciones de todos los colores, rociado por caridad y, de vez en cuando, moviendo su cola para espantar moscas que no había, pues eran más sensatas que esos alemanes tarados.

Su amo humano colocó un taburete a su lado y de un cubo sacó una esponja húmeda con la que le frotó el lomo con mimo. Uno de los compañeros del gremio se le acercó para charlar y así de rápido se acabó el baño.

Entonces algo pasó en la cabeza del caballo.

Tal vez no le sentó bien la interrupción. Quizás llevaba todo el día esperando el lavado de esponja, su momento favorito, o simplemente un jenesaisquoi hizo clic después de año tirando del carro, o tan solo habría bastado un mal verano. O lo había dejado la novia. O quería cambiar de carrera. O el recién llegado le caía mal.

Y dijo basta. Se acabó. Fuck this shit. Al carajo. A tomar por culo, viento, saco, a freír espárragos. Estoy hasta el equino nardo, hasta la coronilla de crines, hasta los cojones rumiantes de esta mierda. Harto. Harto. Me cago en mi vida, en mi calavera, en mi estampa y en los muertos de Rocinante.

Arrancó y metió primera.

Hostia ya.

Se largó llevándose el carruaje. Sin ninguna prisa en absoluto. Le dio igual que el cochero sobresaltado tirara de las riendas colganderas y gritara sooooo como un loco. Que no. Que no volvía. Que estaba harto. Mierda ya.

Lo vimos correr calle arriba sin que nadie lo parase, con tres o cuatro tiparracos agarrados a él, luchando por frenarle, pero no pudieron hacer nada. Había tomado su decisión.

El caballo se había bajado de la vida. Bien por él.

Hostia ya.