La regada del Torpo

El Paseo Marítimo de Reala de la Sierra suele estar desierto durante las primeras noches de noviembre; la temporada baja vacía el pueblo de turistas y los naturales huyen del frío antipático abrazándose a sus mantérmicas mientras entretienen sus sueños enchufados a Internet. No todos, por supuesto, porque siempre hay alguien que se enfrenta a la lógica común y sale a dar una vuelta frente al mar aun cuando el vaho de su nariz parece solidificarse ante su mirada vagabunda.

La luz neutra de una farola lunar ampara a la muchachada insomne que se ha reunido allí para celebrar «La regada del Torpo»: una tradición venida de 1990, según los antiguos, que había quedado casi olvidada pero que ahora, en los albores del Siglo XXII, muchos jóvenes han querido recuperar. En tiempos del post-pragmatismo, donde se tiende a rechazar lo que no es imprescindible para la ejecución correcta de un día a día productivo, cada vez son más las voces que parten lanzas a favor de lo no útil, del sano arte por el arte, de la alegría del error y la generación espontánea de la belleza no buscada pero bienvenida.

Todo esto se concentra en La sombra del Torpo, uno de los pocos monumentos que quedan moderadamente intactos en Reala de la Sierra, localidad con un florido pasado cultural que ahora goza tan sólo de una eterna consecución de rotondas al borde del mar que poco antes fue valle. Consiste en un tramo de acera de hormigón pelado que conserva la huella de cuerpo entero de Amadio Cormerelo, alias el Torpo, excelentísimo vecino de Reala conocido por su asombrosa capacidad de cerrar bares y romperse la nariz contra el suelo cuando la borrachera se pasaba de madre. Alcohólico con una vida repleta de pequeños empleos esporádicos, el Torpo era lo que viene a considerarse un completo inútil, pero todo el mundo lo quería. Risueño, amable, con un repertorio infinito de chistes que nadie sabía de dónde sacaba y poseedor de una monstruosa nariz grande y deformada con tantas y tantas caídas. Según los registros, al Torpo había quienes lo conocían como El Manquito, porque no se explicaban cómo jamás ponía los brazos para protegerse de los desplomes y siempre frenaba los impactos con su napia redonda y curada de espanto; también estaban los que le decían Cormerelete, por ser hijo de Cormerelo y hermano de Cormerelito; otros lo llamaban Madio y algunos lo llamaban para que les pagara lo que les debía, a lo que él contestaba con un chiste y todos contentos porque era muy, muy salado, como el mar que ahora cubre su tumba.

Si prestamos atención a la versión oficial construida por la juventud del pueblo, Amadio pulverizó sus límites una noche hace ya más de 100 años gracias a un vino local que nosotros nunca conoceremos. Gran zumo fermentado debió ser, grandérrimas las viñas extintas, para que Amadio volviera a casa trazando eses amplias como antes lo era Castilla y acabara subiendo por la calle Larga (ahora Paseo), que se extendía en el sentido opuesto al que tendría que haber tomado para reunirse con su señora esposa.

A pesar de su percepción ebria de la realidad, debió de distraerse por la ausencia de los inmensos árboles de la calle: los habían talado todos hacía un par de días porque la fuerza de sus raíces había acabado por destrozar el acerado. Fue un golpe duro, pues Amadio les tenía cariño, y la tristeza y el buen vino no le dejaron ver ni la señal de Prohibido pasar, ni el Atención obras, ni la madera del encofrado de la nueva acera de hormigón a medio fraguar. El Torpo tropezó y, por supuesto, no puso los brazos.

Murió de cáncer en noviembre unos años después y Reala de la Sierra al completo le acompañó en su último viaje hasta el cementerio. No había dejado descendencia ni le habían quedado familiares cercanos, así que los vecinos hicieron una colecta para costear un entierro digno de un importante mandatario, porque sabían que con él se iba un trocito importante de su paisaje diario.

Sin embargo, sabían que no se había marchado del todo y que nunca lo haría, porque tenían un bellísimo monumento a su persona para recordarle. No hizo falta colgar una placa en ninguna parte ni forjarle una estatua de bronce para sentarla con dignidad en un banco; Amadio Cormerelo se había construido su propio homenaje en el suelo de la calle. Hasta allí fueron los vecinos después del entierro, cada cual con dos vasitos cortos de vino: uno para ellos y el otro para la sombra dura, la huella del Torpo, que en paz descansara.

Se dice que tantos vasos vertieron sobre el hormigón que el molde humano quedó lleno hasta arriba, y que cada año en la fecha de su muerte volvían para repetir esta sentida forma de respeto y crear un Amadio de vino. Bautizaron aquel aniversario como «La regada del Torpo» y duró hasta que casi perdimos las cosas buenas.

Ahora los jóvenes de Reala no saben lo que es una uva, pero dicen los expertos que el licor de trigal se asemeja al mosto, así que lo dan por válido. Todos callan al principio, pero pronto comienzan a reír, tal y como a Amadio le gustaba beber, y el vino de trigo sintético llueve sin parar durante la noche sobre el suelo erosionado, roto por diminutas grietas de donde asoman brotes verdes.

Subieron las aguas, tembló la tierra, el cielo se nos cayó encima y explotaron un montón absurdo de bombas por todas partes, pero el fósil del Torpo ha prevalecido sobre los cambios del mundo. Ha tenido el coraje de sobrevivir al Casi Fin. Por favor, tratemos de ahorrarle a la pobre huella otra paliza como esta y démosle vino. O lo que tengamos a mano. Amadio nunca fue exigente y el arte por el arte es muy agradecido.