La caída de Bicho Plata

Érase una vez, en un barrio chungo, una banda de gatos pandilleros. Tenían  las calles atemorizadas con sus pintas poco adorables, como se espera de los felinos domésticos, su falta de modales y ausencia total de decoro.

Formaban el grupo cinco abandonados: dos eran pardos conjuntados con un pañuelo rojo en la cabeza y chaqueta vaquera sin mangas; estaba el atigrado al que llamaban el Chino; respetaban por encima de todo la opinión del canoso gato negro con un parche mayor alrededor del ojo derecho, pues era el mayor y más sabio, siempre contando historias de su vida en los callejones de cien ciudades. Sin embargo, no era este quien daba las órdenes.

Su líder era Bicho Plata, un enorme y peludo persa gris que se había escapado del amparo de una familia rica, pero que no había dejado atrás la prepotencia de la burguesía. Reclamaba dominio sobre los demás y lo obtenía con facilidad, tal vez debido a su tamaño y a la mala espina del gran corte en el hocico; nadie se mete con tipos cicatrizados y no se suelen hacer preguntas.

Iba siempre delante, su mirada medio cerrada, arrastrando a los otros cuatro con cadenas invisibles forjadas con respeto y temor. Habría que añadir también que no estaba muy bien de la azotea y había hecho desaparecer a lagartijas, cucarachas y ratones de la faz de la tierra porque, decía él, le habían mirado mal.

Esa era la principal razón por la que los demás animales de la barriada los evitaban. Las ratitas se apretaban los lazos de sus pañuelos al esconderse; los perros, daba igual la raza, agachaban rabo y cabeza mientras buscaban el mutis por el foro; y las palomas, presas tontas y fáciles, evitaban andar por los alrededores si pensaban que la banda rondaba por allí.

Pero era obvio que alguien tenía que gritar BASTA y poner solución a esto porque, diga lo que diga Robespierre, a nadie le gusta un reinado del terror, así que el día de la caída acabó por llegar.

Sucedió un mediodía cuando aún no había pasado el camión de la basura y los bares soltaban en los contenedores las sobras acumuladas. Los cinco peligrosos se afanaban entre chipirones tiesos y huesecitos de pollo con restos empanados, mientras el resto de la fauna urbana esperaba, alejada pero impaciente, al momento en el que pudieran reclamar su parte del botín, una vez el Bicho Plata y los suyos se dieran por satisfechos.

Sin embargo, había otra criatura que observaba la escena buscando otro tipo de satisfacción.

En lo alto, en la baranda de hierro de una terraza de persiana de rollo verde y cuerda deshilachada, permanecía posado Murray, el Rey Gorrión.

Había llegado hasta sus oídos que los animales de aquel barrio vivían bajo la opresión de unos gatos malhechores y él, siendo como era, no podía permanecer imposible ante los infortunios ajenos, así que le dijo a su gente que tenía trabajo que hacer y voló hasta allí solo, rechazando el apoyo de su fiel Guardia Real.

A Murray no le gustaban los abusones y no le interesaba qué drama podía haber tras sus orígenes de supervillanos de andar por casa, pues pasarlo mal jamás es excusa para ponerle el pie en el cuello a nadie. Tenía claro que no se marcharía de allí hasta haber puesto orden, sin importar que fuese su reino o no.

Era gorrión de pocas palabras y nunca se le pasaba por la cabeza recibir un mínimo de atención por sus acciones, por lo que redujo su intervención a un simple gesto.

Aquella terraza era de un anciano que fumaba como una locomotora antigua y tenía por toda la baranda latas de cerveza llenas de colillas, porque era más fácil tirarlas a la basura que limpiar un cenicero. Murray tan solo eliminó la mediación del humano y el cubo de la cocina y de un picotazo arrojó una de ellas al vacío.

Tenéis todo el derecho del mundo a sorprenderos como lo hizo el Rey Justo, pues pocas veces se ha visto a un gato saltar tan alto, pero qué se podía esperar si los sobresaltos son un maravilloso potenciador de logros extraordinarios.

Cuando la lata chocó contra el suelo, Bicho Plata voló, expandido y erizado, rotando sobre sí mismo como una masa de pizza peluda y asustada.

Se le vio huir calle arriba, en dirección a la casa que había abandonado para jugar a ser el rey del mambo, y en su huida dejó caer su reputación. Algo de respeto le quedaría, ya que los otros cuatro decidieron seguirlo; si bien no se habían alarmado tanto (de hecho ni se inmutaron), pensaron que lo mejor era largarse de allí. La vergüenza es un estigma tan llamativo como la megafonía del camión del tapicero.

Murray se quedó allí un rato más, contemplando cómo las criaturas liberadas se asomaban a la calle y corrían hacia la basura para darse un festín. Otro trabajo bien hecho.

Al cabo de un rato el Rey Gorrión se marchó volando, no fuera a ser que el anciano saliera a fumar y no le gustase compartir terraza; la gente es muy rara.