Los fantasmas de Galileo

I

A este niño le regalaron un telescopio, justo lo que él quería. Bueno, en realidad él tenía visto uno mucho mejor, uno que parecía un cañón ancho, grande, pesado y corto, que necesitaba de unos contrapesos para mantener el equilibrio, una especie del observatorio de alta montaña condensado para uso y disfrute amateur. Lo que le cayó no fue nada tan suntuoso.

En la caja venía el clásico modelo estándar, lo que se dibuja cuando uno piensa en un telescopio: tubo fino, delicado, sostenido por un trípode enclenque que le recordaba a las piernecillas de su profesora de matemáticas. sin embargo, era absurdamente bonito. Azul, de textura rugosa y cálida, enganchado en unas preciosas patas de madera cuidada con barniz pardo. En el costado del cuerpo había una plaza dorada con el número de serie; parecía un barco de recreo.

El niño no estaba seguro de su potencia y, en cierto modo, la bienvenida a su nuevo instrumento se percibía como una despedida a su modelo Hubble soñado, pero no era un adiós tan amargo como para no temblar de emoción.

II

La familia estaba en la casa, atrás, a salvo de la relentá que cuajaba en hielo a los pies del niño. Daba igual el frío, daba igual que Casper hubiera muerto en circunstancias parecidas; él también estaba estrenando su juguete y eso era mejor que cualquier chimenea en una noche rural de enero. Además, tenía su bufanda hasta la nariz, el chaquetón mullido hecho con piel de cama, el gorro de lana tan abajo que podía servir de pasamontañas y unos guantes que neutralizaban por completo la movilidad de sus falanges. Era un Playmobil.

Manejar el telescopio no era problema pese a sus capacidades mermadas. Tenía el ojo embutido en el objetivo y disfrutaba moviendo el cañón al azar, de un lado para otro, enfocando y desenfocando sin sentido. Como primerizo, se había informado de que la mejor toma de contacto astronómico para él era la luna, pero había tenido la poca suerte de ir al campo durante un fin de semana en el que Diana había decidido salir de madrugada, como una fiestera. No tenía claro si aguantaría despierto hasta tan tarde, así que hacía zapping entre las estrellas a la espera de encontrar algo digno de ver más allá de puntos de luz medio borrosos.

Entonces se le ocurrió que podría buscar algún planeta. Sus libros los colocaban en el nivel fácil, así que en una noche ennegrecida como aquella debía de ser sencillo encontrar uno.

Localizar un planeta no es ninguna hazaña. La gente piensa que la observación de las estrellas es algo reservado para las grandes mentes y no. No es otra cosa que un mapa. Nada más. Y para encontrar a las errantes, como las llamaban los griegos, tan solo hay que buscar las vías por las que circulan el sol y la luna: allí veréis unas estrellas que destacan por su brillo y porque se mueven; despacio, casi imperceptible, deslizan su cuerpecito luminoso con la constancia de un caracol cósmico.

III

Apuntó a la más luminosa que vio. Era grande, debía de ser algo.

Júpiter.

Se dice pronto (se ve pronto), pero era un niño mirando directamente a Júpiter y no había logro más importante. El Rey de los Planetas, del Olimpo, el perro más grande del parque, el director del colegio, el bisabuelo, el de la estatua en la plaza mayor, el portero de la discoteca, tu primo de Zumosol, la sopera de la vajilla de Navidad. No se esconde ni pretende llamar la atención, no necesita ni una cosa ni la otra porque es un gaseoso elegante, de los de la vieja escuela, de té y periódico en la barra de caoba del pub, probablemente hooligan rehabilitado, mafioso ruso retirado…  Y puñeteramente bonito.

Visto con el telescopio más básico se aprecia su disco, blanco con la lente pequeña, a rayas como una abeja reina con las mayores. Uno no necesita las últimas imágenes de la sonda más moderna para apreciar sus corrientes coloridas, una esfera en el cielo que parece disfrazada del gato de Cheshire no requiere más que un parpadeo para impresionar.

Sin embargo, nada de esto llegaba a la altura del verdadero espectáculo.

Dibuja un círculo del tamaño de una uña meñique en un papel. Ahora, con una falange de distancia marca un punto a la izquierda, repite otro más. Después haz lo mismo a la derecha. Míralos fijamente. Hazlos explotar de luz tibia ante tus ojos. Estás contemplando las Lunas de Galileo, las cuatro mayores de Júpiter, bailando a su alrededor, tal y como las vio él ese mismo mes de 1610. Ío. Calisto. Europa. Ganímedes.

La imagen era bella y espeluznante. El niño no estaba sorprendido ni maravillado, sino terroríficamente sobrecogido; observaba al dios con sus amantes, consciente de sus tamaños reales, pero en el objetivo de cristal lo que veía eran débiles fuegos fatuos titilar sobre la bruma del cielo. Eran los espíritus de unos microbios arrastrando unas cadenas invisibles hechas de gravedad y superstición. Se sentó en el suelo congelado y miró al planeta con sus propios ojos. A simple vista se perdían las lunas. De pronto el niño consideró a Galileo como una de las personas más valientes que jamás habían vivido porque había encontrado los fantasmas del espacio y, con toda seguridad, se habría asustado, sudado de pánico, ahogado un grito pavoroso. La Iglesia lo condenó por dar estos sustos.

Entonces, el niño comprendió algo importante:

El mediocre se santigua; los grandes vuelven a mirar por el telescopio.