El nombre más feo del mundo

Un nombre es un objeto sólido, macizo, compacto y denso como el núcleo de una enana blanca que se comporta del mismo modo que un hechizo hipnótico tangible; escuchas el tuyo y tu cuerpo se pone en estado de alerta, buena o mala, porque ha sido golpeado por una fuerza inexistente pero muy real. No cuento nada nuevo, tenéis mil fuentes a la que acudir para profundizar más en este pensamiento. Las palabras tienen poder; los nombres propios, más.

Sin embargo, conocí a una persona que jamás pudo sentirse identificada con esto. Tenía un nombre arcaico, polvoriento y griego. En la boca sonaba como lamer la columna más rota del Panteón de Atenas y nadie era capaz de construirlo correctamente; cosa común con las ruinas. Termónecles. Dermómecles. Algo así. No sabíamos quién era capaz de pronunciarlo o escribirlo. Su madre y su padre le habían llamado así y eso demostraba poquísima consideración hacia las demás personas. Lermónides, Permútabes, o como fuera. Asumimos la teoría de que ni él mismo tenía claro cómo era, que hasta su DNI no estaba del todo seguro, y ahí radicaba su magia.

Su nombre era vapor, materia sin forma fluyendo en el espacio, una nebulosa, un puzle liviano que amigos y compañeros de trabajo trataban de resolver sin éxito: Cloróligas, Tenelao, Asunsao (lo he oído con estas orejas mías). Daba igual uno que otro, ninguno era y todos servían. Era el hombre sin nombre y el de los mil. Y él tan contento.

Muchos se enfadarían, se pasarían la vida entera maldiciendo a sus padres, corrigiendo a la gente, deletreando por teléfono, pero a Laclúnico le daba igual. ¿Cómo sentir el ego dañado cuando no se es nadie y al mismo tiempo eres todos? Vivía bien, perfecto, animado: la persona más libre y liviana, sin nomenclatura que le atara, sin el anclaje de la objetivación minuciosa, sin corazón de astro que ejerciera potestad sobre él.

Memémaco era un nombre enorme, hueco, una esfera vacía con fisuras por donde entraba aire fresco con cada nueva variación. Podías gritar: “¡Rodroclo! ¡Cuánto tiempo! ¡A mis brazos!” y él que iba listo para achucharte con su gran sonrisa.

Qué envidia eso de tener el nombre más feo del mundo. Te hace perder el respeto por todo. A uno mismo. A la vida. Y, por ende, sacude cualquier miedo, desmorona el yo y te convierte en la persona más desprendida e inabarcable. No sorprende que Safonio trabajara como bombero y que, después de dos carreras, se marchara con Médicos Sin Fronteras, pues no existían los límites para él, ni siquiera en los mapas.

Entonces nos presentó a su novio y sucedió lo que nunca imaginamos.

Dijo EL nombre. El correcto. Sin titubear. Y sonó bien. Como cuando alguien revela una verdad innegable. Dijo… Bueno, no recuerdo cómo era, pero lo dijo. Los átomos comenzaron a girar alrededor de ellos mismos a gran velocidad, atrayéndose entre sí y comprimiéndose, creando elementos mayores a partir de las sílabas helénicas hasta que surgió una palabra que representaba a nuestro amigo. Se repararon las fisuras de aquella esfera hueca: ahora irradiaba luz.

Había escuchado su nombre de aquellos labios y en su interior se formó una estrella.