Las puertas del cielo

Agosto, el cielo desprotegido y la piedra de las tumbas tan ardiente que cocinaba a fuego lento las carcasas humanas que contenían. El jardinero daba tirones fuertes a la larguísima manguera, intentando desenchancharla de algún sitio que no veía. Desistió de la solución violenta y siguió la goma verde limón entre las lápidas de mármol fino y duradero; las rocas erosionadas, condenadas a desaparecer antes que los huesos; cruces humildes bajo la sombra de ángeles sobreactuando, pagados de sí mismos; mausoleos junto a varias generaciones de una familia apiladas unas encima de las otras, como una torre de jenga subterránea: si retiras al tatarabuelo, todos se derrumban y caen en el infierno.

La manguera estaba pinzada y enrollada en un crucifijo sobrio que no subía por encima de las rodillas del jardinero. Era la cabecera de la pequeña losa que resguardaba el último descanso de Fulanita de Tal, y tenía una diminuta fotografía donde la difunta en blanco y negro miraba socarrona al trabajador. Este volvió a dar un tirón, con idéntico resultado.

De pronto creyó percibir un bamboleo en la cruz y se asustó. Mejor abandonar la teoría de la fuerza bruta, no fuera a ser que arrancara la baliza espiritual de Fulanita. Aflojó la serpiente artificial para ampliar el lazo y poder sacarla, pero el problema era grave y él muy manazas. Nada. Ahí seguía.

Miró hacia un extremo. La boca había quedado lejos, a quince kilómetros a vuelo de vago. La respuesta, entonces, era ir hasta el grifo, que estaba más cerca, y desenchufarla para desfacer el entuerto.

Cerca, en la avenida principal del cementerio, el cortejo fúnebre de Don Ese Caballero arrastraba los pies y la barbilla. Había sido una presencia amable y su entorno lo echaría mucho de menos. Dicen que cuando alguien muere una media de cien personas se ven directamente afectadas: la ausencia de aquel hombre la notarían al menos tres centenares, porque era callado y siempre sonreía, y todos queremos tener a alguien así a nuestro lado.

Detrás del horrendo coche de la funeraria marchaba la viuda, menos triste que los demás porque presentía que pronto volverían a verse. Después venían los dos hijos y varios nietos que observaban el ataúd a través de las ventanillas, pulcras y frías a pesar del verano sofocante que les envolvía. Les habían dicho que meterían al abuelo en un nicho y, aunque recreaban el concepto una y otra vez en sus cabezas, no se veían preparados para presenciar algo así. Qué extraño observar cómo emparedan en un agujero tan pequeño a quien hacía dos tardes te había dado dinero para papadeltas y un beso; no era para nada lo que uno se imaginaba como puerta del cielo.

Y, de repente, llovió.

Una película fina refrescó el ambiente y nadie se quejó. Estaría bueno.

al jardinero se le había roto el grifo, a saber cómo, y un géiser disparaba un chorro sin pretensiones al celeste de arriba.

Se empañaron las gafas de quines no sabían llorar y hubo risas disimuladas: estaban encantados siendo regados con cariño. Tal vez se trataba de un regalo de Don Caballero, siempre tan atento y buscando agradar.

Liado con la goma, empapado hasta el tuétano y visiblemente apurado, el jardinero echaba su cuerpo sobre el caño de agua como un soldado heróico haría con una granada a punto de estallar junto a sus compañeros. si bien la corte plañidera disfrutaba de lo lindo con la llovizna, él pensaba que acababa de perder su trabajo por semejante falta de respeto hacia los muertos.

Echó mano a una llave inglesa cercana, por si le servía para algo, pero le interrumpió una voz alegre:

“No, no, déjelo usted. Se está fresquito así”. Era la viuda, que se había aproximado para enjuagarse las manos y la cara. Luego señaló el coche. “Además, a mi marido le entusiasman los arcoiris”.

Y, efectivamente, allí estaba la ilusión multicolor, recibiendo a la comitiva bajo su curva. No era un arco perfecto, parecía más bien una lámina doblada, más ancha por un lado y poco conseguida por el otro, pero cumplía a la perfección su papel de alegoría, y eso es todo lo que se puede exigir de algo.