Pussy Wagon

Le duele la cabeza, aunque mucho menos que antes porque meterse en el coche la ha ayudado. A Beatriz le relaja conducir y a veces lo hace durante horas, sin destino, sin más compañía que la suya propia y un disco de AC/DC. Hoy no es uno de esos días; regresa a casa después de un largo día de estudio y su plan para desconectar es llegar pronto, darse un duchazo y salir de cervezas con los demás.

El semáforo se pone en rojo y se detiene, algo que olvida hacer el coche de detrás. Chirrido de neumáticos, peste a goma quemada e impacto. Como resultado Beatriz sufre un leve latigazo en el cuello y un susto, pero el mayor daño se lo ha llevado la parte trasera de su querido monovolumen, aplastada como una lámina de papel de aluminio desechado. El motor se cala.

Su primer pensamiento es para el conductor del otro coche: ¿estará bien? De pronto el tipo acelera y se da a la fuga. La sorpresa desencaja la mandíbula de la chica. No puede ser. No es posible. Cómo se puede tener tan poca vergüenza.

Beatriz. Veintitrés años. Ingeniera. Hufflepuff agotada. Agarra las llaves conectadas y las gira. El llavero de Pussy Wagon baila retorcido por la inercia y el Picasso se lanza a la persecución.

La luz verde se enciende, pero como si eso importara. A lo lejos ve al energúmeno cobarde, bajando la guardia, confiado en que doscientos metros son suficientes para dejar su oscuro pasado atrás, pero no sabe que uno nunca puede escapar de sus pecados: Karma is a bitch.

La vengadora rodea un Renault, un autobús y adelanta a varios taxis que gritan, indignados, con sus cláxones ante semejante temeridad. Unas palomas que picotean junto a la acera revolotean espantadas porque sin duda alguna todo esto está siendo dirigido por John Woo después de haber paseado por una exposición de William Turner; las ratas con alas se sumergen junto al coche en una nube de humo industrial iluminada por el sol de mediodía.

A decir verdad, Beatriz no tiene muy claro qué hacer una vez alcance al canalla. ¿Tal vez provocar terror en su nuevo enemigo y ya está? ¿Estamparse contra él, por aquello del ojo por ojo? ¿Ponerse a su lado y echarlo de la carretera en cuanto llegaran a un acantilado? No, eso último descartado por vivir en una ciudad erigida en un llano de interior.

Le gustaba conducir, sí, pero no se había imaginado hasta ahora que la vibración de la velocidad y la adrenalina le causarían tanto placer. Su cara es de máxima concentración, pero en su mente esboza una sonrisa desquiciada mientras zigzaguea entre el tráfico de la ciudad. Ha querido la suerte que el escenario sea el área de un polígono en las afueras, sin peatones que poner en peligro, así que aprovecha para pegarse todo lo posible a los lados para adelantar autobuses.

Por fin su atacante queda a la vista y Beatriz, inmisericorde, le toma la matrícula.