The Deaf Pánfilo

Paola lo tomó del brazo y lo paró. Quería un abrazo.

Estaban cerca de la casa de ella y era tarde, o temprano. La hora en la que las aves nocturnas se retiran a descansar. Sin embargo ellos estaban bien despiertos; la ronda interminable de piñas coladas con extra de azúcar funcionaba mejor que tres cafés.
Rodeó a Antonio con sus bracitos pecosos y puso la cabeza sobre su pecho. Entonces susurró algo y lo miró a los ojos, esperando una respuesta.

“¿Qué?”, preguntó él. No se había enterado. Aún se recuperaba de una pesada otitis que iba y venía. Ya estaba mucho mejor, pero a veces le costaba.

Ella sonrió y bajó la cabeza a la posición inicial. Empezó a mecerse sobre el muchacho y pronto estuvieron bailando suave una melodía que solamente ella escuchaba. Él no. La dichosa otitis. O la borrachera. O la tontería de siempre, porque no es que fuera precisamente un chico espabilado y estas cosas se le daban fatal.

Paola repitió lo dicho, ahora con la cabeza apoyada en su hombro, pero con la nuca contra la oreja del muchacho. Era una sola palabra, no muy corta, no muy larga, con toda probabilidad una esdrújula que comenzaba con una plosiva.

“¿Qué?”, dijo de nuevo Antonio.

La chica dejó escapar una risita y apretó el abrazo. Volvió a susurrar la dichosa palabra y, de pronto, todo un discurso mientras continuaba el bamboleo de la danza ebria.

“Oh, no”, pensó él. Estaba colado por Paola y algo en su interior creía saber qué era lo que ella pretendía, pero no estaba seguro y necesitaba confirmación. A riesgo de parecer estúpido, preguntó una vez más: “¿Qué?”, y añadió: “No me he enterado de nada”.

La risita evolucionó en una carcajada que voló en eco por el silencio de la calle acariciada por el amanecer. Paola se despegó de Antonio, tiró de él y retomaron el camino hasta el portal. Al llegar, ella le besó la mejilla y dijo con total claridad:

“Tal vez sea lo mejor”.

“¿Lo mejor el qué?”

“Nada”.

“En serio, no me he enterado de nada de lo que has dicho. La otitis”.

“Ya. La otitis”, repitió el beso en el otro carrillo y entró en el portal. “Buenas noches, descansa”, dijo justo antes de que se cerrara la puerta.

Antonio caminó un rato con las manos en los bolsillos, tratando de entender por qué alguien le susurraría a un sordo, y más a un sordo tonto. Las sutilezas con él no funcionaban; las cosas se le tenían que decir claras, a un volumen adecuado para una correcta comunicación entre las partes participantes. ¿Qué es eso de ponerle la cabeza en el esternón y murmurar? Vamos, hombre.

Se detuvo a patear el tronco de un pino cercano.

“¡Qué tengo otitis!”, se excusaba. Con cada golpe trataba de esconder el hecho de que, en realidad, sí sabía lo que ella le había dicho. Simplemente era muy tonto.

 

Tanta tontería tenía Antonio
que no se enteraba de ná de ná.
Paola La Herviente; agua con plutonio.
se veía rollo desde Panamá.

La moza le mece la oreja con la boca;
sopla una palabra nunca rutinaria
Ella quiere lo evidente, lo que toca;
él pide repetición de la plegaria.

Los labios labrados reofrecen susurros.
The Pánfilo no hila; cerebro vilordo,
gran eminente embajador de los turros,

garante de agilidad de tordo gordo.
Sin cacho porque, por oído, cuscurros.
Sin beso porque, además de verde, sordo.