Final abierto

La situación es la siguiente: un ser humano que acaba de entrar oficialmente en la etapa adulta siente la necesidad trabajar, pero cualquier empleo no sirve. No quiere convertirse en another brick on the wall, así que pasan meses sin que se atreva a salir a buscar curro mientras piensa a qué puede dedicarse que merezca la pena. Naturalmente, como siempre ha venido a ser buen estudiante, o sea, totalmente inútil, no encuentra nada que cumpla sus elitistas e ingenuas expectativas. Hasta que un día haciendo zapping se topa con un reportaje recibirá como una señal divina.

El programa está dedicado a los detectives privados. A los de verdad, a los reales, esos que nunca te planteas que existan fuera de los anuncios de gabardinas. En pantalla hay una señora que lleva más de veinticinco años en el mundillo y cuenta su experiencia con una gran sonrisa.

Tenía que ayudar en casa, así que salí una tarde a buscarme las habichuelas y dejé mi nombre y teléfono por todas partes: tiendas de moda, sastrerías, bares, etc. Lo de limpiar escaleras lo dejaba como última opción, pero no lo descartaba, porque ponerse selectivos cuando la necesidad aprieta es de tontos. El caso es que en una de estas me encuentro con una placa en la puerta de una casa que decía “detective privado”.

El postadolescente se queda boquiabierto. No se le había ocurrido. Detective privado. No hay nada más guay que eso. Detective. Privado. Bien. Bien. Esa era la pieza que faltaba en el puzzle de su vida.

Me llamó mucho la atención, así que entré y le ofrecí mi currículum a un señor que había allí. No me dio tiempo a irme. Casi sin mirarme me preguntó un par de cosas generales. Si sabía escribir a máquina, si me gustaba el trato con el público, esas cosas. Ah, bueno, también me preguntó si no me importaba trasnochar.

Uh, trasnochar. Con la de sueño que tiene el chico siempre. Eso es un punto en contra.

Yo duermo poco, así que le dije que vale, que sí. Y empecé de recepcionista. Tres años en el escritorio aquel, cogiendo el teléfono y atendiendo a los clientes.

Eso lo puede hacer él. Bien. Vamos muy bien.

Entonces, un día, mi jefe me dice que si quiero acompañarle en un seguimiento. A mí eso ya me parecía la mar de normal a esas alturas, así que me fui con él. Hicimos el seguimiento. Y al día siguiente me encargó otro a mí sola. Y de pronto estaba investigando antecedentes, la contabilidad de un bloque de vecinos, haciendo fotos para un juicio y un montón de cosas más. En realidad no sabría decirte en qué momento concreto ocurrió, pero de repente pasé de secretaria a detective y llevo ya toda mi vida.

Decidido. No hay nada más que discutir. Se lanza a la calle, imprime el C.V. en una copistería y va al barrio donde vive su mejor amigo; desde pequeño le ha llamado la atención el enorme cartel que dice AGENCIA DE DETECTIVES (seguido de un número de teléfono tan antiguo que aún no necesitaba de prefijo), que ve por el camino siempre que pasa por allí.

“Buenas tardes”, dijo al pasar.

“Buenas tardes”, le respondió una señora mayor con el pelo teñido de azul.

“Vengo a dejar mi currículum”.

Ella lo ojeó un poco y él entendió que era buena señal: a la mujer del reportaje también la habían examinado. Era un comienzo.

“Vale, déjalo en la bandeja del escritorio y veremos qué pasa”.

Veremos qué pasa. Se sentía ya con un pie dentro, tenía buenas vibraciones. Salió de la agencia y regresó a casa, sin tomarse la molestia de intentarlo en más sitios. ¿Para qué? Ya podía sentir el peso del fedora sobre su cabeza.

Pero aquella tarde el teléfono no sonó. Ni en la siguiente. Tampoco en las demás semanas, o meses, o años. Ningún detective se puso en contacto con él para ofrecerle tomar parte en un caso truculento y sórdido, nada de encontrar piezas de museo perdidas ni el diamante desaparecido de la duquesa. Una lástima.

La vida continuó y el muchacho hizo otras cosas, como todo el mundo. Estudió, ayudó con los quehaceres, trabajo en cosas familiares y en nimiedades varias hasta que encontró algo fijo que le dio para pagar facturas y otros vicios. Sin embargo, nunca perdió la fe ni la imagen mental, mitad ensoñación, mitad realidad alternativa, de aquella señora alargando la mano sobre la bandeja de papeles, a punto de coger su currículum y cambiar su destino. Se paraba a pensar en eso muy a menudo. Demasiado incluso, si se tiene en cuenta la de veces que ha cruzado con el semáforo en rojo porque estaba ocupado viéndose a sí mismo con camisa blanca y funda de pistola sobaquera; si un día aparece atropellado, sabed que fue por eso.

 

Ah, la esperanza es bonita, sí, todo lo que tú quieras, pero tremendamente molesta cuando pasa el tiempo, como una visita que se alarga demasiado.

Por eso, entre otras cosas, se le parte el corazón cada vez que mira la última viñeta de Watchmen.