Yuyu, gata, yuyu

Proponedles a unos niños construir un espantapájaros y serán las criaturas más felices sobre la tierra. Dadles palos, cuerdas, pantalones raídos, camisas andrajosas, sombreros deshilachados, quizás una pelota pinchada o, mejor aún, una calabaza grande. No rechazarán sacos viejos para rellenar con lo que sea: algodón, arena, hojas de maíz o la clásica paja seca. El material es lo de menos.

Los de esta historia hicieron una cabeza con esparto y botones de nácar, y la ensartaron en lo alto de un armazón que habían vestido con una camisa a cuadros verdes y unos vaqueros de cuyas perneras gorditas despuntaban unos muñones de paja. Tenía manos, eso sí; grandes guantes de labranza que habían hinchado con gravilla y hojas secas, que sujetaban una ristra de compact discs regrabados demasiadas veces. Les quedó simpático, pero eso no fue un impedimento a la hora de crucificarlo en el centro del huerto de los abuelos, a la vista de los pájaros y roedores que osaran adentrarse entre lechugas, pimientos y cebollas. Después, emocionados, se escondieron a observar el resultado.

Pasó un rato largo y no se acercó ni un mísero gorrión, así que se felicitaron unos a otros por un trabajo excepcional. Qué bien. Qué buenos eran. De aquí a ganar premios de espantapájaros, por lo menos. Sin embargo, los artesanos no se habrían celebrado tanto a sí mismos de haber elegido un escondite más apropiado: los animales no habían huido gracias al sonriente muñeco reciclado, sino a los cuchicheos y las risitas constantes que salían tras el arbusto a menos de tres pasos de la zona vigilada.

De pronto, y por fin, se hizo el silencio cuando una visitante inesperada apareció por las tomateras. Pata a pata, agazapada con el vientre rozando el terreno alborotado, la gata parda de los abuelos avanzaba sin ninguna prisa hacia el Cristo de la Huerta, como una leona terrible acechando a su presa. Esa fue la primera impresión que tuvieron, porque los movimientos armónicos de los felinos despiertan siempre en nuestro ADN el temor y la fascinación ancestral por los depredadores, pero la situación era otra. No se aproximaba hacia una captura; ya llevaba un mirlo negro muerto colgando de su pequeña mandíbula y, al llegar al palo clavado, lo dejó como ofrenda ante las piernas mutiladas.

Entonces la gata hizo una reverencia. O eso pensaron. Lo más probable era que se estaba desperezando, pero la sonrisa del espantapájaros había cambiado radicalmente de contexto y su afabilidad se había esfumado como la vida del mirlo. Maullidos suaves le imploraron algún tipo de respuesta a su nuevo amo y señor y, al no recibir ninguna, la mascota se marchó por donde había venido.

Se les erizó la piel. Qué demonios. No, gata, eso no está vivo. Gata, qué puñetas. Qué puñetas, gata. Vete y no vuelvas, gata. Yuyu, gata, yuyu. No tiene gracia. ¿Por qué la gata ha hecho eso? Los gatos saben cosas, ven cosas. No me digas eso. Te lo digo. Uf, a mí esto no me gusta. Ya te digo. A mí tampoco. Y así una hora, reflexionando y deliberando hasta llegar a una conclusión que, en realidad, ya conocían desde el principio.

Actuaron con rapidez: enterraron al pájaro allí mismo y arrancaron el muñeco de su sitio. Ya no les gustaba. De repente había adquirido una presencia real, palpable; no podría ser de otra manera si una gata le reconocía respeto y autoridad.

Entraron en casa a la hora de la cena y les explicaron a los adultos que no había sido una buena idea, que los pájaros seguían acercándose y que era totalmente inútil contra los topos. Cuando los abuelos les preguntaron qué habían hecho con la ropa vieja y los trastos, contestaron que lo habían tirado todo a la basura; las prendas estaban todas rotas, insalvablemente sucias y no merecía la pena guardar nada de lo demás.

La verdad, por supuesto, era otra. No habían tenido agallas para desarmarlo, habría sido un acto de salvajismo medieval, un desmembramiento en toda regla; la gata le había insuflado existencia y, por muy terrorífica que resulte a veces, toda vida ha de ser respetada. Al menos hasta que se le pueda pasar el problema a otros: el espantapájaros permanecía en la calle, aguardando a los basureros junto a los cubos. Que se encargaran ellos.