Nuova Piazza della Carità

Cuarenta grados a la sombra en la plaza que tanto adoran los turistas: hay vistazos a mapas, guías monótonos, flashes diurnos, miradas incomprensivas; la necesidad de decir “yo he estado ahí” y nada más.  En el centro crece una fuente de mármol con dioses musculados, héroes dispuestos, ninfas flácidas y pestazo a cloro. También deseos exigentes arrojados al agua con alevosía, en forma de dinero. El fondo tiembla con la corriente artificial y emborrona la fortuna en monedas internacionales.

Cerca, una mendiga se comprime como una fruta mal cuidada. De rodillas en el suelo, su tronco sobre sus muslos, su frente sobre una foto amarilleada, sus manos extendidas sobre el cartón que cuenta la historia de su vida, una que nadie querría tener. Delante, un trapo viejo con unos cuantos céntimos generosos; detrás, vergüenza.

De pronto le cae una gota de agua en los dedos. No una fina de rocío artificial ni una perdida que a veces le trae el viento. Una señora gota, goterón bueno, heraldo de las que empiezan a caerle encima. Por primera vez en muchas horas, la mujer levanta sus ojos negros al cielo y ve a una niña que no es de por allí. Niña turista, niña empapada, juntando un cuenco con sus manitas pecosas del que chorrea agua clorada; lo disuelve abriendo los brazos y cae una lluvia de euros brillantes junto con otros enmohecidos que han pasado demasiado tiempo sumergidos.

Local coins“, alcanza a decir. Se le han escapado algunas libras, yenes y hasta alguna lira antigua, pero nadie en el mundo va a reprochárselo. De todas formas no daría tiempo, porque ya se ha zambullido de nuevo en la fuente en busca de más tesoros.

Para cuando la niña abandona la plaza, la mendiga tiene en su trapo mojado una montañita de futuras comidas diarias.