Mermelada de Gordias

Érase una vez un tarro de mermelada de fresa como el de los cuentos: pequeño, chato, regordete, con un pedacito de tela blanca a cuadros rojos decorando la tapadera. Era tan agraciado y aparente que vestía mucho la estantería de la cocina donde lo habían colocado, por lo que pasó de ser alimento a la espera de consumición a pieza decorativa digna de un museo; Beatrix Potter habría disfrutado dibujando algo así. El cristal brillaba siempre limpio y desnudo, sin etiquetas que escondieran el fulgor bermellón que emitía su contenido. No había nada que indicara su procedencia ni su caducidad, pero poco importaba. Nadie pretendía comérselo.

Hasta aquella mañana de verano en la que el chico estaba solo en casa.

A la edad de quince años el cuerpo requiere un continuo desfile de comida para sobrevivir, hecho que contrasta con la desorbitada pereza que da hacer cualquier cosa; se habían juntado el hambre con las inexistentes ganas de bajar al supermercado a comprar desde hacía días. Como resultado, se había despertado famélico y no había nada que llevarse a la boca en toda la casa, excepto una rebanada de pan duro que se podía tostar y el precioso bote de mermelada que llevaba ahí desde que tenía uso de razón.

Por un momento se sintió sucio, mediocre. Recurrir a eso era caer muy bajo, a la altura de merendarse la pata de una silla o un jarrón sin flores. Pero, bueno, ¿qué más daba? Era comida y alguien debía romper aquella absurda idolatría. Lo cogió y ya empezó a sentirse mal al ver el hueco vacío que quedaba en la pared de la cocina, aunque no desistió: había tomado una decisión y había que ser consecuente.

Giró la tapadera. O, mejor dicho, trató de hacerlo: parecía pegada con cola industrial. Apretó varias veces con todas sus fuerzas pero no logró el más mínimo progreso, así que puso en práctica algunos de los trucos que había ido aprendiendo en su corta vida: ayudarse de un trapo, poner el tarro bajo un chorro de agua caliente, golpear el culo de cristal, rodear el bote con un brazo contra sí mismo mientras intentaba retorcer la tapa, insultarla, etc. Pero nada. Los años se habían dedicado a fijarla al cuello de vidrio con mucho empeño, aislando la mermelada del mundo exterior como una burbuja.

Una persona sabia y lógica entendería que no se puede ir en contra de los designios de un concepto abstracto como es el tiempo. Sin embargo, sabiduría y pensamiento lógico no suelen abundar en la mente de un quinceañero vago y hambriento. Como Alejandro frente al nudo gordiano, el adolescente había tenido suficiente y fue en busca de la caja de herramientas. Allá donde la maña había fracasado, se dijo, el martillo triunfaría.

Cerró los ojos para no ver lo que estaba a punto de hacer. Antes de que sucediera, ya se imaginaba el cristal estallando, salpicándolo todo de crema roja, y sintió un escalofrío; se parecía demasiado a una película gore de serie B. Pero, se repitió, había que ser seguir adelante, con determinación, sin miedo.

Descargó la furia del acero y, de nuevo, nada. Golpe tras golpe, el nudo se reía de Alejandro, de sus ideas y sus ansias de conquista. Tras demasiados intentos, dejó caer el martillo y, con él, su imperio y sus expectativas de desayunar temprano. Entendió que aún no estaba listo, que aquello era una señal para abandonar sus belicosos remedios y crecer un poco.

Por fin, hizo lo que se esperaba de cualquier héroe: aceptó la derrota, devolvió la reliquia al sitio que le correspondía por derecho y bajó a la tienda a por provisiones.

Compró pan del día, leche, jamón york, chocolate y un pack de veinticuatro tarrinitas de mermelada individuales, de esas que no son tan gallardas, altaneras y vienen con abrefácil.