Las coquinas son para los humildes

La pálida americana de vacaciones en el mediterráneo había cambiado de color y ahora era tan roja como el bikini que se había comprado en el mercadillo la mañana anterior. Lo estrenaba caminando por la orilla del mar, con un pareo blanco atado a su cintura flotando ingrávido por el viento, al igual que su pelo negro, y unas gafas doradas haciéndoles ecos al sol.

De vez en cuando detenía su andar relajado y se agachaba para seleccionar las conchas que más le gustaban. Llevaba una buena carga de cáscaras nacaradas y ásperas, jabonosas y secas, diminutas para un collar y amplias para servir de ceniceros naturales, cuencos, vasos, o lo que se le ocurriera; podría ser que les fuera a dar uso o que cultivase un coleccionismo pasional que sólo iba a durar lo que su paseo de vuelta al hotel, poco importaba mientras potenciara la calma que había venido a buscar desde tan lejos.

Iba ya satisfecha con su botín cuando pasó junto a una mujer que realizaba un extraño ritual, allá donde las olas perdían toda su fuerza y se convertían en amplias lenguas desganadas: aplastaba la planta del pie contra la arena mojada, prensándola tanto que secaba el área más cercana y, a continuación, clavaba el talón y lo removía de un lado a otro. Para sorpresa de la viajera, unos pequeños moluscos brotaron del suelo. Trataron de esconderse de nuevo pero la señora, curtida por el clima y los años, atrapó tantos como pudo y los echó en el cubilete que llevaba colgado del brazo.

Excúseme”, le preguntó la americana acercándose con timidez, “¿podría yo saber qué cosa está hacienda usted, seniora?

“Cogiendo coquinas”, contestó la otra tras incorporarse y estirar la espalda.

Oh, ¿qué es coquinas?”.

“Las coquinas son coquinas. Para comer, niña. Coquinas”.

Oh, entiendo”, dijo sin entender.

“Mira, se hace así”, y volvió a desplegar su habilidad recolectora una vez más.

La velocidad y precisión usadas, junto con el sustancioso resultado obtenido, revelaban una maestría que surgía de décadas de práctica, talones endurecidos y espalda resentida. Tras conseguir dos o tres moluscos más para el cubo, la invitó a intentarlo.

Con el miedo de los primerizos, la muchacha hincó el tobillo y lo hizo girar mientras se sujetaba el pareo con una mano y aguantaba el equilibrio con la otra. Soltó un gritito de alegría cuando demostró que la suerte del principiante aún seguía en vigor y vio la preciada coquina surgir de las profundidades de la tierra.

“¡Cógela, que se te escapa!”, ordenó la profesora.

¡Ah!” y metió la mano en el agujero que acaba de hacer.

Al abrir el puño tenía un montón de arena viscosa y un especie de almeja plateada en el centro.

“¡Mira tú qué bien! Tu primera coquina”.

La chica tardó un poco en reaccionar: haber capturado una presa, daba igual lo irrisoria que era, la embargaba de pura emoción.

Muchias gracias”, logró decir mientras se llevaba la mano limpia al corazón.

“Da nada, que pases buena tarde y que disfrutes”, contestó la señora con una gran sonrisa.

Un par de minutos después de haber retomado su paseo tiró al mar toda su colección de conchas; le estorbaban para su nuevo cometido en la vida.

Pinchó talón, aplicó lo aprendido y, horror, nada asomó en el cráter escarbado. Repitió en el mismo punto, sin éxito, y comenzó a ir de aquí para allá probando donde le parecía. Al principio no le importaba la ausencia de coquinas bajo sus pies, pero pronto comenzó a impacientarse. Dolía haberse iniciado con buena fortuna y pasar tan rápido al fracaso; se sentía como un tiburón hambriento que había probado la sangre y no lograba encontrar una sola presa para saciarse.

Tal vez, pensó, estaba demasiado lejos del agua. Pese a que hasta ahora se mantenía a la misma altura que la mujer de antes, quizás tuviera más suerte si se acercaba más a las olas. Empezó metiéndose hasta cubrirse los pies, después hasta las espinillas y, finalmente, su pareo cambió el viento por el mar para ser mecido. Su lógica amateur le decía que, si a esos animalitos les gustaba el agua, habría más y serían más fáciles de conseguir cuanta más profundidad hubiera.

De espaldas al Mediterráneo enterró el pie y removió el fondo. De pronto era mucho más fácil y se creyó la más lista del mundo, aunque el resultado seguía siendo igual de infructuoso, pero no desistía: cuando se ha rozado la victoria es difícil retirarse, más si una se cree poseedora de mejores ideas que los profesionales. Allí, bamboleada por las aguas que se retiraron de súbito, sentía lástima por la señora de antes, a quien, seguramente, nunca se le había ocurrido hacer lo que ella.

La ola impactó primero contra piernas, espalda y nuca a la vez. Perdió el control de su cuerpo, arrebatada por la fuerza del mar, hasta hace segundos calmado. Rodó por el fondo sin distinguir arriba de abajo, agua de aire, como si de pronto la hubieran arrojado al interior de una lavadora industrial programada para centrifugar durante toda la eternidad.

Quedó tendida bocabajo, atolondrada por la paliza recibida. Las gafas habían desaparecido y el pareo flotaba sin gracia junto a ella. El resto de su ropa seguía sobre su cuerpo, más o menos; el sujetador veraniego había pasado a sostenerle un hombro y el omóplato derecho.

Pero eso no fue lo peor.

Había perdido su coquina.

Un castigo desproporcionado por un fugaz momento de soberbia. La vergüenza la puso roja. Más todavía.