Las hojas o Grulla Blanca de Fujian entre el Cielo y la Tierra

El otoño había enlosado las calles con láminas de cobre seco, pero el viento se había encargado de barrerlas y amontonarlas contra bancos y fachadas que se interponían en su camino. Parecía que una legión de escobas invisibles distribuía pequeñas cordilleras de hojas caídas por la ciudad cuando nadie miraba, esculpiendo una orografía azarosa allá donde el resto del año sólo existían las llanuras de cemento pulido por los pasos.

Uno de estos cúmulos bronceados decidió crecer justo en una boca de metro; las corrientes que entraban y salían de los túneles subterráneos formaban allí una singularidad al estilo de los agujeros negros, impidiendo que todo lo que entraba en su limitado campo de acción pudiera escapar: la hojarasca se mezclaba con servilletas de bares perdidos, envoltorios de chicles y páginas huérfanas de periódicos gratuitos.

Yo me dejaba subir por las escaleras mecánicas, solitario en una mañana poco transitada, cuando el equilibrio de fuerzas tembló. Un golpe de viento llegó con un mazazo salvaje y la pompa otoñal estalló en pedazos. Gran parte de lo que antes yacía en el suelo desapareció, pero mucha de la maleza muerta cayó en el interior de la estación y, sin esperarlo, un nuevo ciclo surgió de los restos del viejo sistema, como hacen las estrellas.

Los peldaños, en su eterna ascensión, devolvían las hojas al exterior y la cascada de aire, impasible, las arrojaba una y otra vez por donde habían venido.

Fue entonces cuando, un poco más arriba, una mano relampagueó y atrapó una de las hojas con un tijeretazo de sus dedos índice y corazón. Creía que estaba yo solo. No me había dado cuenta de que aquella chica estaba delante de mí en la escalera hasta que no hubo capturado su presa. ¿De dónde había salido? ¿Cómo había hecho eso? ¿En qué templo de Fujian había recibido su entrenamiento? Mis preguntas, cual reclamación a una telefónica, no recibieron nunca respuesta. Lo único que supe de ella es que metió su trofeo entre las páginas del libro que leía y lo guardó. Después, una vez salimos de nuevo al mundo, se adentró en la densa niebla de un puesto de castañas y desapareció sin dejar rastro.