Todos los teléfonos que suenen serán para ti

1

Les gustaba la intimidad de sus habitaciones y no solían convivir juntos en el mismo espacio. No eran una familia, no se debían tiempo los unos a los otros pero de vez en cuando no estaba de más tratar un poco con otras personas, ejercitar las cuerdas vocales, quebrar los labios cristalizados. Los que hayan compartido piso se sentirán identificados.

Una tarde, sin planearlo ni buscarlo, terminaron cada uno en un sillón o un sofá, charlando sobre nada mientras leían, miraban la tele sin volumen o jugaban a las cartas: sin querer, habían generado una tarde de domingo en el salón. Ojalá una chimenea. Ojalá dos metros de nieve afuera. Hubiera completado la postal.

La puerta de la calle se abrió y entraron dos cosas frías: el viento y la compañera que faltaba. Por norma general, solía ser la vivaracha, irrumpiendo allá donde fuera como un ciclón observador, lista para comentar las jugadas más recientes. Sin embargo, lo que fuera que le hubiera pasado le había agitado el humor y hoy no entró como el presentador de un Late Night, sino más bien como alguien que había sufrido un trauma.

No esperó a que nadie le preguntara.

“Venía sola. No hay nadie por las calles. Y me he llevado un susto”.

“¿Qué ha pasado?”, preguntaron.

“El teléfono de la cabina. Ha sonado”.

“¿Cómo que ha sonado?”

“Ha sonado. Alguien ha llamado mientras yo pasaba. No había nadie más”.

“¿Y has contestado?”

“Por dios, no”.

2

Que su compañera de piso no respondiera a la llamada misteriosa le carcomió a él más que a ella. ¿En serio? ¿Un teléfono suena y no responde? Qué injusto. La muchacha podía ser la más activa del mundo, pero no era una persona aventurera en absoluto. El timbre de la llamada la había asustado, huyó de allí sin darle las gracias a la vida por algo tan emocionante como eso y, encima, vino quejándose: la gente no aprecia nada.

Un grito de auxilio, un alma del Más Allá, una amenaza terrorista, un técnico comprobando la línea, un ser de otra dimensión; cualquier cosa. Y ella salió de allí corriendo como si la cabina fuese a devorarla. Dios le da pan a quien no tiene boca.

Si hubiera sido él, oh, habría respondido. Habría respondido muy fuerte. Y después… Cualquiera sabe.

3

Y su llamada llegó.

Fue tiempo después. Semanas, puede que meses. Estaba en una parada llena de gente, esperando largo rato por un autobús que parecía haber desaparecido, abandonándolos en la acera como soldados inquietos por un rescate que no llega. El muchacho tenía la mente en blanco y bostezaba repetidas veces, contagiando a varias personas a su alrededor, cuando, de pronto, un ruido de teléfono estalló en el silencio matinal. Provenía de la cabina de enfrente, al otro lado del tráfico fluido.

Nadie se movió ni habló, pero todos miraban al teléfono público como si fuese algún tipo de prueba divina o una broma de cámara oculta. Sonaba y sonaba. Ellos tosían, observaban de reojo, incómodos.
El chico estaba paralizado por la vergüenza. Había deseado con todas sus fuerzas que aquello le pasara a él y estaba abrumado: el Universo había recogido el guante y ahora sentía una enorme presión. Cada timbrazo sonaba a “venga, aquí estoy”, “no eres tan valiente”, “vamos, tipo duro”.

Agachó la cabeza, como si todos los ojos del mundo estuvieran puestos sobre él. Al cabo de un rato, la llamada cesó y él no volvió a levantar la vista hasta que el autobús le sacó de allí.

4

El chico y su amigo paseaban por una avenida principal en un día de mucho verde y azul, entre edificios negros. De qué hablaban tiene poca importancia. Con seguridad tenía bastante en su momento, pero se diluyó cuando el teléfono en la cabina que había delante comenzó a sonar.

Se paró en seco, poniendo con su piel el blanco que le faltaba a la calle. El amigo siguió avanzando unos pasos más hasta que se dio cuenta de que se había quedado solo.

“¿Pasa algo?”, preguntó, volviéndose.

No fue capaz de responderle. Uno tiende a quedarse sin palabras cuando La Vida vuelve a señalarle con el dedo para hacerle pequeño, insignificante, una vez más.

“¿Tío?”

“Calla”, alcanzó a decir. “Tengo que hacer algo”. Y caminó hasta la cabina, decidido a plantarle cara al teléfono. Puedes fantasear con qué harías en situaciones extremas y tragarte tus pensamientos, bajar las orejas y lloriquear como un cobarde cuando te ocurre a ti. Pero, si lo que temes comienza a perseguirte, de nada sirve correr; lo único que puedes hacer es enfrentarte a ello porque, de lo contrario, no te dejará en paz en toda tu vida. Todos los teléfonos que suenen serán para ti.

El timbre cesó al arrancar el auricular. Lo apretó con los dedos, luego contra su cara:

“¿Sí? ¿Quién es?”

Ruido blanco. Rítmico.

“¿Hay alguien?”

Permanecía en pie porque así es la estructura del cuerpo humano, pero su bamboleo de rascacielos durante un terremoto anunciaba un inminente derrumbe físico y mental. Era demasiado. No sabía de dónde había sacado el valor para contestar la llamada; sí estaba seguro de que, si respondían, se desmayaría.

Por eso puso su mejor voz de Liam Neeson y recitó la única respuesta posible:

“Mira. No sé quién eres. Pero te encontraré. Y te mataré”.

Colgó como si empuñara un martillo y el teléfono fuera una tabla de madera de la que sobresalía un clavo. Temblaba.

“Tío, ¿qué ha pasado?”, preguntó su amigo.

“Nada”, contestó sin despegarse de la cabina. “Y mejor vamos a dejarlo así”.

“¿Era para ti?”

“Sí”.

Por supuesto que sí. ¿Qué posibilidades había? ¿Muchas? ¿Ninguna? Qué más da. Un rayo puede caer en el mismo sitio tantas veces como le dé la gana, no confiéis en las estadísticas. Las escriben personas que no creen en las tormentas.