Tic tic tac

Las personas, como personas que son, lidian con la presión del estrés de mil maneras. Los que entran en el juego de la vida vienen con un paquete de expresiones para quemar el exceso de energía que conlleva la ansiedad, el agobio; lo incontrolable. A los ojos del observador comprensivo, todos los gestos impulsados por los nervios son válidos, justificables, incluso entrañables a su manera.

Siempre que no se manifiesten en dos entidades al mismo tiempo, claro.

Sucede que, porque así son las leyes de la física cuántica que rigen el cosmos, porque así funciona la química orgánica, porque así son las cosas, cuando un par de humanos nerviosos se aproximan el uno al otro en distancia, tiempo e intensidad, lo que puede parecer adorable o excusable se transforma en una peligrosa bomba latente de hostilidad, lista para explotar y deprimir a los presentes con una onda expansiva de violenta incomodidad.

El caso que nos atañe tuvo lugar en la mañana del 14 de enero de 2009, en la biblioteca que se os ocurra porque en realidad da igual.

El chico número uno, al que llamaremos Alberto Manolo José para abreviar, era el típico bonachón que no le quiere mal a nadie, esa persona imposible de imaginar enfadada, campeón de Hufflepuff, que solamente quería que pasaran los exámenes para seguir con sus maratones de House. Su método de estudio consistía en auriculares y bandas sonoras de viento metal y fanfarria, a veces pianos al azar, a veces guitarras country. Sin embargo, aquel día estaba tan sobrecargado de información y estímulos que prefirió mil veces el constante murmullo de la biblioteca al mp3: todos sus sentidos debían estar sobre los montones de garabatos, por llamarlos de alguna manera, que estudiaba. Los ojos le crepitaban al intentar discernir qué ponía en los apuntes que le habían dejado, redactados a toda prisa en lo que hubiera pasado por escritura minoica. Pero lo malo de verdad era que tenía que aprenderse toda aquella morralla jurista para el gran examen de mañana y acababa de empezar el cuarto tema de cuarenta y tres.

Al chico número dos, Fran, le iba aún peor. Rozaba la fecha de entrega de cinco proyectos, tenía tres exámenes al día siguiente (dos de ellos a la misma hora) y se le había olvidado el cumpleaños de su hermana. Pero su personalidad dilatada, su capacidad para olvidar que compartía mundo con otras personas y el ritmo que llevaba en las venas le hacían superar todos los problemas: Fran tenía un lápiz con el que tamborilear. Primero entre sus dedos, luego en el borde de la mesa sin hacer ruido, después haciendo mucho y, finalmente, incluso meneando la cabeza al son de sí mismo. Con el primer siseo serpentino no se dio por aludido, tampoco con los tres siguientes, pero al cuarto se dio cuenta de que estaba armando mucho escándalo y se detuvo.

Dos mesas más allá, Alberto Manolo José miró al músico con puro odio, aún con un hilillo de saliva que se le había escapado al sisear con fuerza. Luego devolvió su atención al galimatías que le habían prestado, unas fotocopias de unas fotocopias de unas fotocopias; casi un facsímil de un palimpsesto que, si se estudiaba con las técnicas adecuadas, podría revelar, bajo tantas capas de contraste, la circunferencia de la taza de café que alguien apoyó ahí en 1979. Oh dios, iba a suspender. Iba a suspender mucho y muy fuerte.

Puak. Puak. Puak.

Levantó la vista y vio al tipo de antes haciendo ruido con los labios. Puak. Puak. Puak. Tenía el lápiz levantado y pinchaba el aire a la vez que decía puak, explotando pompas de jabón invisibles. Puak, puak.

¡Shh!

Y las burbujas desaparecieron, pero no la ansiedad de Fran. Porque eso que a muchos les parecería aburrimiento provocado por un potente déficit de concentración no era sino la culpabilidad del muchacho aflorando; una llamada de atención porque no soportaba ser un inútil, el último de la facultad, el pasota, el que se olvidaba del día de su hermana. No estaba relajado ni su actitud nacía de la resignación. Él era una bola de remordimientos con patas. Estaba fuera de sí y lo demostraba a través de sus espasmos nerviosos; melodiosos.

Tic. Tic. Tac.

Tic. Tic. Tac.

El lápiz de Fran encontró la taza de cerámica y descubrió que la secuencia repetitiva de tic en la parte de arriba del asa, tic en la parte de abajo y tac en el cuerpo principal creaba una ligera armonía que aplacaba la culpa. Además, sonaba chulo. Aumentó la velocidad.

Tic, tic, tac, tic, tic, tac, tic, tic, tac.

Fuera comas, más rápido.

Tic tic tac tic tic tac tic tic tac tic tic tac.

La expresión “la gota que colmó el vaso” hace referencia a la lagrimita de sudor que se deslizó sien abajo por la atribulada cabeza de Alberto Manolo José. Arrastró su silla con cuidado para no hacer ruido. Pisó con suavidad el suelo de madera para que no crujiera y se colocó junto a Fran.

Tic tic tac.

La tensión se volvió a prueba de balas.

Tic tic tac.

El aire vibraba denso, casi sólido.

Tic tic tac.

Levantó el puño.

Tic tic, le quitó el lápiz, crack.

Cuellos vueltos y ojos amohinados.

Fran le mostró las palmas y la boca abierta, exigiendo mudo una explicación. La respuesta le llegó en forma de ojos rojos, labios apretados y fragmentos de lápiz muerto cayendo sobre la mesa.

La biblioteca les miraba asustada. Olía a pólvora quemada. Un arbusto rodante pasó entre ellos.

El chico número dos juntó las manos a modo de disculpas. La súplica enfrió de golpe al chico número uno, que se mareó al darse cuenta de lo que había hecho. Regresó a su sitio, triunfante en parte, pero aún más nervioso debido al subidón de adrenalina por haberse asomado a su propio abismo. No sabía que tenía uno. Siempre pensó que. como mucho, poseía una poza.

Ninguno de los presentes pudo estudiar con tranquilidad el resto de la jornada, la experiencia les había afectado psicológicamente, y suspendieron todos a la mañana siguiente:

Es lo que tiene dejar el examen para el último día.