El señor perdido

Id a cualquier parque por la mañana de un día entre semana y encontraréis a un grupo de adolescentes que se han saltado las clases porque menudo rollo de desamortización de Mendizábal. Ese de ahí en concreto, el del banco de hormigón cubierto de pintadas, lo formaban cuatro chicas que se habían separado del resto de desertores; casi todos fumaban y ellas preferían que la ropa no les oliera a tasca de matados.

Hablaban de lo terrible que les parecía don Claudio, el profesor de lengua, dando clase de Historia. Almudena llevaba más de dos semanas de baja y no había aparecido nadie para sustituirla, cosa indignante porque tenían la sensación de que Claudio, aunque era buena gente, estudiaba los temas una hora antes de explicárselos a ellos y no sabía ni papa de lo que hablaba. Llevaban varios días con Mendizábal porque se liaba con los nombres y las fechas y se tomaba su tiempo para escribir una línea temporal en la pizarra. Pobre don Claudio, en realidad; no tenía que ser fácil ver cómo tus alumnos, a los que tienes firmes en tu materia, te pierdan el respeto ganado. Pero era un caballero y nunca pagaría su mala racha con nadie.

Estaban debatiendo si ir a hablar con la directora para sugerirle el tema del sustituto de Almudena cuando se les acercó alguien. Era un hombre con gafas, no muy mayor, lo suficiente para llamarle señor pero aún en esa edad en la que uno se cree joven y ya no aguanta un sábado por la noche. Parecía simpático.

“Buenos días, chicas”, dijo con una mano en el pecho. “Veréis, estoy buscando la clínica Santa Marta de Asís, tengo una cita importante con el médico y me he perdido. ¿Seríais tan amable de mostrarme qué dirección tengo que seguir?”

Se miraron las unas a las otras; luego, con los labios comprimidos por el desconocimiento, al muchacho.

“Lo sentimos, pero ni idea”, contestó Elisa.

“A mí no me suena de nada”, confirmó Laura.

“Pero nada de nada”, añadió Maite.

El tipo dejó escapar un largo, lento y pesado suspiro. Se colocó bien las gafas:

“No sé cómo deciros esto, pero, a ver, en serio, de verdad, debería daros vergüenza. Ya con los añitos que tenéis podéis dejar de ser unas inútiles y aprender algo. Me quedo helado con que no sepáis dónde está la clínica, con lo importante que es. Estáis demostrando que sois unas ignorantes, por no decir palabras más fuertes. No os las digo porque no os conozco y en mi casa me enseñaron educación. No sé qué os enseñan en las vuestras. A moveros por la ciudad donde vivís no, desde luego. En serio. De verdad. Vais a madurar pronto, sino lo estáis haciendo ya, y pena me da el futuro si esta es la generación que nos tiene que cuidar cuando los demás seamos a viejos. En serio, de verdad. En serio. Ya os vale”.

Las dejó de piedra. Había exhalado en ese soplo previo su aparente simpatía como quien se deshacía de la parte buena del alma. Habiendo manifestado su verdadero ser, lanzó un gesto de desdén y dio media vuelta para irse.

“Espere, espere”, dijo de pronto Celia, la más diplomática y serena de todas. “Ellas no son de este barrio. Yo le indico”. Se puso junto al hombre y, con la clase que la caracterizaba, le señaló una calle. “Coja usted esa y cuente una, dos y hasta tres calles a la izquierda. Métase ahí y ande hasta la rotonda pequeñita con los arbustos en el centro. Luego tome la tercera salida y va a encontrarse con un supermercado. Eso es señal de que ya estará cerca de la clínica. Siga por esa misma acera, se la encontrará de frente”.

El muchacho la contempló, ahora muy alegre y sonriente.

“Muchas gracias, señorita, así sí”, se volvió hacia las demás: “así, sí”. Y se marchó por donde Celia le había dicho.

La chica regresó al banco y observaron juntas al tipo perderse en la lejanía.

Al fin una dijo:

“Joder, Celia, si sabías dónde estaba la clínica lo podías haber dicho antes de que nos echara el rapapolvo”.

“No, si no sé dónde está eso ni dónde va a terminar el colega”, contestó ella, “le he dado indicaciones al azar por gilipollas”.