Nunca hemos comido bichos

Romped las fronteras culinarias y explorad el rico planeta Tierra a través de la vasta diversidad de sensaciones que ofrecen sus cocinas.

No hay menú comparable en el Sistema Solar y es una falta grave para la vida no probar al menos un poco de todo lo que tiene que ofrecer: picante, salado, ácimo, umami, divertido, tan dulce que duele, contundente y pesado, crudo, mezcla, con hierbas, especias, brochazos de salsa, quemado acompañado de yogurt y el sabor inefable de lo adobado en hambre. Por favor, teniendo libre variedad, ¿por qué compras siempre la misma pizza congelada? ¿Por qué odias vivir?

Este grupo de amigos apreciaba el don de existir y lo celebraban cada sábado vistiendo los fogones con la bandera de una región distinta del mundo. Al principio, cuando empezaron su tradición semanal no se alejaron mucho del país, experimentando con crepes, macarrones, pasteles de carne, desayunos que saben a almuerzos y abusando de buen vino y cerveza barata. Pronto, después de mousakas, salchichas, salmón a la crema y puerros a la brasa, Europa se les quedó pequeña y saltaron al costillar ahumado y la hamburguesa frita, al taco crujiente y las verdaderas tortillas, a los pétalos de cordero, al arroz enamorado, a la cena con té, a comer con la mano derecha, a entender por qué las cosas frías vienen de Rusia, a aprender todos los ritos de la salsa de soja.

No faltaban nunca las frutas típicas de cada patria, esas cuyo sabor crees conocer porque los has visto en dibujos animados, en documentales y en fotos sobre letreros de ferias internacionales. Alguien trajo una vez una guarayanía que parecía un coco, otra llegó con una krokaniopa, un día postrearon yen-doo; descubrieron que no se puede describir por completo el sabor de algo si se conoce la lengua que habla la persona que lo bajó del árbol, lo cazó o lo pescó.

A ellos les daba igual no saber expresarse con palabras; teniendo gusto no hacía falta nada más.

El único problema era que ya llevaban años con su Sabbath y pronto habrían tocado todas las naciones. En realidad, no les preocupaba dar la vuelta al mundo porque una nueva revisión al globo terráqueo nunca está demás. Además, siempre podía viajar por el tiempo y buscar recetas de países que ya no existían, o quizás inventarse las suyas propias: platos que resumieran el sabor del planeta. Lo único que a lo que aspiraban era lo nuevo, lo extraño, lo desconocido.

Por eso se reunieron todos como niños alrededor de una piñata cuando la anfitriona de la velada les mostró una bolsa de su supermercado asiático de confianza.

“Nunca hemos comido bichos”, dijo.

Era verdad. Alguna vez se había propuesto el asunto pero, ante la repulsión y el desconocimiento de sus artes de cacería o recolección, habían tendido a pasar del tema. Al parecer había llegado la hora de romper una nueva barrera y aplastar los tabúes a golpes con el contenido de la bolsa.

Se trataba de un tarro opaco, grande y chato, que no contaba con ninguna fotografía o dibujo más allá de los ilegibles trazos geométricos en una lengua que desconocían.

“Me ha dicho la chica del super que son gusanos, pero no ha sabido decirme el país. Es una isla del Pacífico. O del Índico. Por ahí, por esa zona. Lo único que tenía claro es que en su tierra son considerados un manjar”.

“Puede que sean tailandeses. O coreanos”, sugirió uno.

“De Tailandia a Corea hay bastante”, contestó otra.

“No me gusta la pinta del bote”, dijo otro.

Y menos les gustó cómo lucía el contenido.

Destapar la tapa blanca reveló una masa de bolitas grises alargadas sumergidas en un caldo que titilaba como un charco sucio. El olor no invitaba a comer. Las caras de todos se comprimieron de asco.

“Vaya, se ha estropeado”.

“Pues no está pasado de fecha”, dijo la dueña.

“¿Cómo sabemos que eso es la caducidad?”

“Pone 2019”.

“Pueden ser los años que tiene”.

“Gente, yo creo que son así”, dijo un valiente que había metido dos dedos en el tarro para coger uno. Fuera de su prisión, el objeto extraño era más grande de lo que pensaron en un principio. De hecho, parecía crecer por momentos.

Lo expusieron a la luz y vieron que se trataba de una especie de crisálida de cáscara dura con unas patitas como las de una oruga. De cerca, el aroma fétido empeoraba. No parecía tener ojos.

“No sé si quiero comerme esto”.

“Yo tampoco”.

“Ni yo”.

“No, no, de eso nada. Me he gastado un extra en este tarro y, además, el objetivo de estos sábados es el que es. No quiero rajados en este grupo”.

“Pues, entonces, da ejemplo, líder repentina”, le espetaron.

“Venga, voy”. Imitó a su amigo y atrapó uno de las varias docenas que había. ¿Cómo podían caber tantos en un cacharro tan pequeño?

Se lo metió en la boca. Al contacto con la lengua, el gusto mandó una señal al cerebro que, a su vez, ordenó a todo el cuerpo que se retorciera estremecido. Atrapó al gusano entre las muelas y masticó. La cáscara crujió y el contenido explotó de agüilla arenosa y ácida; la carne, gomosa, insípida de no ser por el sabor a cieno. Aguantó lo suficiente como para que no se rieran de ella.

Los demás la siguieron, creyendo que todo estaba en orden, y probaron un gusano. Las reacciones fueron idénticas, con espasmos en los rostros y repelús. Después vinieron las arcadas, las carreras al baño y al fregadero, los lamentos y los bolos alimenticios, por llamarlos de alguna manera, siendo escupidos entre palabrotas y escalofríos.

Envolvieron el tarro de los gusanos misteriosos en varias bolsas y lo arrojaron a la basura como quien se deshace de un cadáver; pactaron no volver a hablar del tema, había sido un accidente, no había culpables. Al volver a la casa, sacaron una pizza del congelador.

Meses más tarde, alguien descubrió que había que limpiarlos primero.

Después, pelarlos.

Y, finalmente, cocinarlos.