El mago

“Pues, si tenéis ganas, os puedo hacer un truco”, propuso el mago, muy ilusionado por demostrarnos sus (nuevas) capacidades.

Era un muchacho de trato afable, apretón de manos señorial y firme, siempre con ganas de pasarlo estupendo, pero demasiado tiquismiquis para muchas cosas, según contaban. Nunca le venía bien la sesión de la peli, el bar que sugería era más barato que el tuyo y así no se jugaba al juego que había traído y al que perdía.

No sería para nada justo quedarnos ahí. Era, como se ha dicho, un buen chaval. Increíblemente listo, ambicioso y contaba con una conversación rica e interminable. Alguien al que te encantaba saludar, aunque mejor no jugar a nada con él.

Un día nos anunció que había encontrado su vocación: se había apuntado a una escuela de magia. Ignorantes nosotros, no sabíamos que tal cosa existía, pero sí, y además, por lo que supimos, bastante célebre en el mundillo. Nos alegramos, claro está, y le deseamos mucha suerte.

Pasó tiempo hasta que pudimos volver a quedar con él. Había estado muy ocupado, con las clases de la universidad por las mañanas, el colegio de magia y, creo, también un pequeño trabajo familiar que le daba para caprichos. El reencuentro fue agradable, estuvimos por algunos bares y también cayó una merienda; luego, para no despedirnos tan pronto, alguien nos invitó a continuar la reunión en su salón.

Sofás, mesa de té y lamparitas de luz tan confortable como los cojines que se repartieron por el suelo. Alguien bebía café, alguien cerveza, alguien nada de nada. Estábamos a gusto, hablando de mil cosas, hasta que poco a poco llegó la modorra y se fue haciendo el silencio cómodo de la amistad cansada.

El mago vio su momento, sacó una baraja de cartas de su bolsillo y dijo la primera frase de esta historia.

Por supuesto todos contestamos que sí; nadie que yo conozca rechazaría la oportunidad de ser asombrado y, si hay gente así, mejor que tengamos nuestras vidas separadas.
Emocionado por el éxito de su propuesta, empezó a barajar el taco con una maestría que jamás se me hubiera ocurrido atribuirle. Sus manos eran borrones en el aire, tan rápidos como sus labios contándonos en qué iba a consistir su actuación; evidente táctica de distracción.

Éramos cuatro personas y nos pidió que pensáramos una carta cada una. Al mismo tiempo empezó a repartirlas, pero también, de vez en cuando, arrojaba alguna al aire sin ton ni son, despreciándolas al máximo sin ni siquiera mirarlas, todo sin perder la sonrisa. Cuando lo creyó conveniente se detuvo y se quedó únicamente con cuatro que puso bocabajo. Nos miró uno a uno, arqueando una ceja.

“Ahora os voy a vender estas cartas. Coged una cada uno, pero ¡ah! Tenéis que pagarme con la que habéis elegido. Espero que no les hayáis cogido cariño. Venga, cuando queráis”.

Hicimos como nos había indicado e intercambiamos nuestras cartas por una al azar de las que nos ofrecía. Sonrió con la malicia y el poder de quien se reserva respuestas a los misterios de la vida.

Nosotros le mirábamos, esperando las siguientes instrucciones.

“¿Y bien? ¿Nadie va a decir nada?”, dijo.

“¿Qué tenemos que hacer ahora?”, preguntó una.

“Eh, nada. Vamos a ver. Mirad bien vuestras cartas. ¿Nada?”

Las miramos fijamente. También las de la persona de al lado.

“¿No son las cartas que habíais pensado?”

“No”, dijo uno.

“Qué va”, dijo otra.

Estábamos muy emocionados. Sin duda ahora llegaría el golpe de efecto, el prestigio, sacaría las cartas del interior de la carátula de un CD, o de debajo de la alfombra, o en el frigorífico junto a las alcachofas, o las generaría en el mismo aire frente a nuestras narices.

En lugar de eso, su expresión se desplomó.

“Bueno, nada”, dijo. “Lo siento”.

Seguíamos esperando. Ahora vendría el gesto asombroso.

“Que no me miréis, que me ha salido mal”.

Lo increíble estaba a punto de pasar.

Y pasó.

“Lo siento”, dijo con la voz temblorosa.

Tomó las cartas de nuestras manos repitiendo esas dos palabras y luego recogió sin prisas todas las que había tirado por todo el salón. Cada vez que se agachaba, cogía una y se levantaba parecía un preso encadenado picando piedras junto a la vía del tren. No nos miró en un rato, y no habló más en toda la velada.

Sé que le fue bien, dentro de lo que cabe. Aprobó los exámenes en la escuela de magia y, según me dijeron, trabajó durante un tiempo en reuniones, fiestas y cumpleaños como un verdadero mago profesional. A veces nos preguntamos si alguna vez logró realizar el truco de las cuatro cartas con éxito. Pensamos que sí.

A él no lo vimos más. Desapareció.