Rey de gorriones

Primavera limpia por las lluvias de los días anteriores. Mañana de trabajo, colegios y compras para la semana. Hora del desayuno para los que no tenían que madrugar, afortunados ellos.

El balcón poseía su propio ecosistema de plantas, todas debidamente regadas, frondosas, queridas y mimadas, colgadas de barras en el techo o pertrechadas en sus maceteros de plástico pardo y cerámica colorida. Sobre la mesa de madera había un vaso con marcas de nivel de café con leche y una cuchara; a su lado, las migas de pan como testimonio de una tostada de mantequilla con mermelada de naranja que había dado la vida a un paladar y ánimos para una rutina.

Y, en el borde alicatado de la terraza, con puntitos negros brillantes por ojos ansiando las sobras diminutas del desayuno, tres gorriones, exploradores, embajadores de todos los demás que esperaban abajo, escondidos en la calle. El primero arisco, belicoso, curtido, sin ganas de bromas y dispuesto a pelearse con quien se pasara de listo. El segundo era todo lo contrario; afable, pasota, de muslos, tripa y alas repletas de carnecita, dispuesto a echar el rato, incluso de acompañarte a esa película que nadie quiere ir a ver contigo. El último se mantenía erguido, cauto, vigilante. Este era el líder y su postura orgullosa, templada y sabia lo proclamaba a los cuatro vientos por si algún necio se atrevía a ponerlo en duda.

Esa fue la primera vez que vi a Murray.

Inclinó la cabeza y los otros dos obedecieron dando unos saltitos hasta colocarse frente a las migas. Pió y sus subalternos se arrojaron sobre las migas. No él. Murray tenía otro objetivo, uno tan grande que debía encargarse él mismo, pues ningún verdadero líder puede llamarse tal si envía a los suyos hacia el peligro.

Desplegó las alas y se dejó caer con extrema distinción hasta el suelo del balcón, donde había una mayor cantidad de migajas que saquear, aunque el riesgo de ser atrapado era demasiado alto como para aprovechar el filón. De todas maneras, no era por esa minucia por lo que había bajado. Frente a él, bajo un haz de luz de abril, un cuscurro de pan que se había caído de la mesa por un descuido.

Primero lo picoteó durante un rato, asegurándose de que estaba muerto, y cuando se dio por satisfecho, trató de remontar el vuelo cargando con su tesoro.

Pero no podía. Lo intentó una y otra vez, sin éxito. A veces lograba levantarlo unos milímetros del suelo mientras lanzaba por los aires las migas a su alrededor con su insistente y desesperado aleteo. Sin embargo, no se rendía. No podía permitírselo. Perder no es una opción cuando los tuyos se mueren de hambre.

Otra vez. Y otra. Demasiado grande y pesado para uno solo, pero se negaba a admitirlo. Por fin sucedió lo inevitable y el valiente pájaro se rompió; su moral, siempre elevada, cayó en picado y se estrelló contras las rocas del fracaso; soltó el pan y agachó la cabeza.

Se dio cuenta de mi presencia cuando me moví bruscamente, pero no se asustó. O tal vez sí. No lo supe. Un líder no debe demostrar temor aunque sus huesos tiemblen. Movido por una profunda lástima, cansado de ver cómo se martirizaba por un trofeo que no podía reclamar como suyo, le susurré: “Déjalo, pequeñajo, no puedes con eso”.

Su cabeza se inclinaba de un lado para otro, estudiándome con esos ojos que parecían entenderme. Nuestras miradas se encontraron por largo rato.

De pronto Murray abrió el pico, atrapó el trozo, batió las alas con sólo dios sabe qué fuerzas y se marchó volando de la terraza. Los otros dos reaccionaron con los reflejos propios de su especie y despegaron tras él, escoltándolo a izquierda y derecha mientras el más temerario de los gorriones soltaba su presa y la dejaba caer a la calle. Nada más impactar en el asfalto, un círculo de gorriones agazapados y saltarines se abalanzaron sobre el pedazo de pan como una manada de fieros velocirraptores.

Por su parte, el escuadrón aéreo hizo un par de pasadas rasas hasta aterrizar junto a los suyos. Los gorriones, al verlos, abrieron el círculo entre piar y piar para dejarlos pasar.

Ese día aprendí que Murray no era un líder.

Era un rey.