Rosa palo

Estaban sentadas en un banco tomando el sol frío de enero. Sus cuerpos menudos rellenaban los abrigos gordos con la escasez de un pastelero triste y avaro inyectando crema en un bollito de leche. Parecía que habían robado disfraces de sumo de Humor Amarillo y los hubieran teñido a base capas de pintura para las uñas; una amarillo limón y otra de un color rosa palo tan industrial que probablemente era tóxico para el medioambiente.

“Yo no sabía que una persona tenía tanta sangre dentro. Ni te imaginas”, decía la de amarillo.

Por la mañana había pasado por el escenario de un crimen y aún le duraba el estado de shock. Sólo sabía agradecer no haber salido diez minutos antes de casa y ser así testigo del terrible acto.

Su barrio lo formaban supervivientes y malnacidos, como cualquier otro, pero tenía el vicio de aparecer en las noticias por temas de actualidad como podrían ser el narcotráfico y la trata de mujeres. La prensa, siempre dando mala fama. En ese momento escuchaban el sonido de los magazines mañaneros frotándose las manos por captar el testimonio más desgarrador, la foto más cercana a la ejecución, la suposición más ilógica y cruel de los tertulianos todoterreno.

Ahora ella rezaba para que la entrevistasen. Quería acercarse a la zona acordonada, donde aún había cámaras y un par de mujeres con micrófono charlando entre ellas con la guardia baja. Un equipo de limpieza se afanaba en retirar tanto rojo de la acera.
“Mira”, continuó, “creo que si no van a venir hasta aquí, lo mejor es que vayamos nosotras y le digamos lo que hemos visto”.

“Yo no he visto nada”, dijo la de rosa.

“Pues entonces te callas y me dejas hablar a mí”.

Y así hicieron. Las dos reporteras de cadenas rivales las saludaron con poca alma, mirándolas tan por encima del hombro que se iban a hacer daño en el cuello. Las chicas, bueno, la del abrigo amarillo reveló que había visto, más o menos, no realmente, lo que había pasado y estaba dispuesta a hablar. Se llevó una decepción cuando le dijeron que no, que ellas no pagan a la gente por sus testimonios, que eso es competencia de otros cargos en la cadena, pero que si de verdad tenía algo que decir, la grabarían. Eso fue suficiente.

Ninguna de las periodistas tenía especial interés, así que echaron a suertes quién de las dos se llevaría la exclusiva. El honor recayó sobre la que perdió.

“Yo en realidad no vi nada”, dijo la de amarillo, “pero casi, ¿eh? Y así, viendo cómo había quedado el tema, con toda esa sangre, que no sabía yo que había tanta sangre en una persona, ¿eh? Pero vaya, mucha, ¿eh? Y le pregunté a un señor que había aquí, que es amigo de mi padre, y me contó que un chino, chino creo que era, había perseguido a otro con una espada. ¡Con una espada! ¿Sabes? La locura. Que le había dado un montón de golpes con la espada. Una katana de esas. Y que al final le cortó la cabeza. Yo la cabeza no la vi, pero sí la sabanita que le habían echado encima., a dos, tres, como a cuatro metros del cuerpo. No sé calcular. Un ajuste de cuentas de la mafia china. Que no sabía yo que había también mafia china en el barrio pero ya ves. No voy a comer ni un finde más al Gran Muralla. Qué miedo”.

La indiferencia le presionaba tanto el rostro a la reportera que se le había caído a la altura del pecho. Fue la inercia del oficio lo que le hizo llevar el micrófono hasta la otra muchacha.

“¿Y usted tiene algo que añadir?”

Estoica como una montaña de acero, la chica de rosa contestó.

“A mí se me viene un nota con una katana y le meto una patá en la boca que le reviento la nuca”.