La extenuación; la indiferencia

Por lo que se ve, esto pasa muy a menudo.

La muchacha entra en la casa y se alegra de no encontrarse a nadie. Estupendísimo.
Hay una montaña de platos en el fregadero, pero no es problema suyo. Ella sólo quiere cenar un poco, pero está tan cansada que sólo le da unos cuantos bocados a la porción de pizza fría que aún quedaba en la caja. Va tirando su ropa aquí y allá a medida que se desnuda de camino a la ducha, donde permanece debajo de la lluvia caliente durante un rato muy largo, paralizada, recreándose en el vapor; incluso canta un poco. Ya que está, aprovecha para lavarse bien el pelo, que ya va tocando.

El olor fuerte a químico de lavanda, el tacto agradable de la toalla sobre su cuerpo y la piel aún a temperatura de echar la carne a la parrilla aumenta el cansancio hasta la total extenuación. Se deja caer sobre la cama deshecha y se duerme bocabajo; la melena rubia, rizada y empapada convierte la almohada en una esponja fresca que le limpia los males de la vida por un rato, mientras sueña.

Ha caído tan profundamente que no la despierta el sonido de alguien abriendo la puerta principal a altas horas de la noche.

Un hombre ha entrado en la casa.

Camina a oscuras, con paso seguro, pero se detiene al pisar una blusa que hay en el suelo. Se asusta; es lo último que se espera encontrar allí. Enciende la luz de la cocina y ve la pizza mordisqueada. También nota el olor a gel. Hay alguien en la casa.
Fuera los zapatos; no quiere que le oigan llegar. Avanza por el pasillo y pasa junto al baño. Nota que alguien se ha dado una ducha porque todavía hay humedad en el aire y pequeños charquitos de agua sobre las losas del suelo. También unas bragas. ¿Estará sola?

La intuición lo guía hasta el dormitorio y la encuentra dormidita, cubierta por la tenue luz celeste macilenta de la noche.

Golpea el interruptor, nervioso.

“¿Quién coño eres tú y qué haces en mi puta casa?”, pregunta el hombre.

La chica se agita perezosa y refunfuña, como una cría que quiere dormir unos minutos más antes de ir al colegio. No contesta.

“Voy a llamar a la policía, ¿me oyes?”

Ella cambia de postura, dispuesta a seguir con el bonito sueño que estaba teniendo.

“¿Me oyes? Eh, ¿estás bien? ¿Me oyes?”

“Shh”, alcanza a responder ella.

“Se acabó. Llamo a la policía ahora mismo” y saca su teléfono móvil.

Mientras el señor le explica a la operadora la estampa que se ha encontrado al volver a su casa después de trabajar, la muchacha se incorpora y se frota los ojos. Mira al tipo que la ha despertado con inquina, resopla y se levanta.

“Ya me voy, joder, ya me voy”, dice mientras deja caer la toalla y va recogiendo la ropa del suelo. Las bragas se las deja olvidadas.

Antes de marcharse de la casa ve un paquete de tabaco y se lleva unos cigarros sin pedir permiso.

 

La policía la detuvo poco antes del amanecer, cuando pedía el desayuno en un bar cercano. Una vez en el coche los agentes le preguntaron por qué había allanado el domicilio de aquel señor.

Ella respondió encogiéndose de hombros, resoplando. Apoyó la cabeza contra la ventanilla y se durmió como un angelito.