Movida en Hollywood Boulevard

Como buen templo, el Teatro Dolby es destino de peregrinaje para cientos de miles de personas al año que buscan pisar el mismo suelo que las grandes estrellas de Hollywood. Es fácil llegar: sólo hay que seguir el Paseo de la Fama brincando por el camino de baldosas amarillas hasta llegar a la Ciudad Esmeralda, aunque es muy posible que el mago no se encuentre en casa para hacerse una foto contigo.

Hay, sin embargo, toda una legión de hechiceros (de menor rango) a disposición del viajero, que no dudará en cumplir los deseos que le sean formulados, siempre y cuando estos no vayan más allá de acompañarte en la instantánea que probará que una vez estuviste muy cerca de Oz y sus películas.

Caminar entre ellos es rodearte de exceso de maquillaje, aroma a licorería, a sudor y dolor de tobillos por aguantar todo el día de pie frente a las puertas del edificio que pocos meses después de lo aquí narrado dejaría de llamarse Kodak Theatre. También es conocer la supervivencia. Ganar poco, comer poco y llevar el resto a tu familia en otro país o al casero, dependiendo de tus circunstancias.

Ninguno había planeado aquello para sus vidas, pero allí estaban, disfrazados de los personajes más rentables del mundo mientras soñaban con esa oportunidad que impulsarían sus carreras hasta la cima del mundo del cine. Bastaba con un Spielberg, un Scorsese o un Cameron que reparara en ellos y los sacase de allí. Pero, por ahora, tocaba esperar y dar gracias con que un turista con calderilla fuese quien les echase el ojo para compartir selfie.

Los Transformers eran muy reclamados. Se habían currado unos trajes impresionantes con luces y sonidos que atraían a los visitantes como polillas. Spider-Man estaba celoso y los contemplaba a un lado con los brazos cruzados sobre su sobresaliente barriga. Cerca varios Batman posaban con posturas muy alejada del personaje, entre Dráculas vintage y el nuevo Chewbacca que sustituía al que había sido arrestado hacía un tiempo por haber acosado a un grupo de japoneses. Aquella noche, como la mayoría en Hollywood Boulevard, la presencia de heroínas taquilleras era mínima; la representante más fuerte era una Catwoman muy harta de todo.

Tenía digno y merecido derecho a estar cansada por el día enseñando dientes y uñas frente a los flashes, por las veces que le habían pedido que dijese miau, por demasiadas manos furtivas rodeándola por debajo de la cintura. Por si fuera poco, el sol caía y las noches en Los Angeles eran tan largas como las colas de turistas, así que debía canalizar toda su energía para serenarse, sonreír y aguantar el tirón como pudiese.

El problema era que Jack Sparrow estaba muy tonto aquella tarde.

Muy metido en su papel, quizás demasiado, se había emborrachado hasta apenas saber hablar y movía sus manos frente a ella como un encantador de serpientes, tratando de hipnotizarla y creyéndose poseedor de sex appeal de Johnny Depp cuando caía bien a las masas. Sin embargo, sólo conseguía parecerse al actor en el desagrado social que supura; sus manos ya no acariciaban el aire sino el plástico negro del traje de gata; su aliento era el de un pirata de verdad empapado en ron; su sonrisa, la de alguien que se cree gracioso. No paraba de repetir: “¡Mírame, soy Ozzy Osbourne, tía!”

Catwoman, que era una señora de los pies a la cabeza, le dijo con toda la educación del mundo que parase. Me estás molestando. Por favor, déjalo. Te lo advierto. Te lo estoy advirtiendo. Para.

Los testigos observaban sin intervenir. No era necesario. Iron-Man y un par de Michael Jacksons sabían lo que iba a pasar.

A la vigesimoquinta advertencia Catwoman sacó su spray de pimienta y le roció la cara. El pirata cayó al suelo con los ojos cubiertos de rojo, lágrimas y fuego. Ella sintió la tentación de soltarle una buena patada, pero se resistió: era una dama con clase.

La policía apareció al momento, como en las películas. Al principio no tuvieron muy claro a quien detener, pero los presentes apoyaron el caso de la ladrona de joyas con firmeza. Sobre todo (completamente eufóricos por lo presenciado) Willy Wonka y el siempre justo Capitán América: un caballero armenio de mediana edad, baja estatura y menor dominio del inglés que realmente había confundido al atacante con Ozzy Osbourne.

¿Cómo no iban a estar emocionados? Después de todo siempre recordarían ese día como el día en el que finalmente capturaron al capitán Jack Sparrow.