Poema del penique

I

No recuerdo muy bien qué día fue ni en qué parte del centro de York. Sólo recuerdo con claridad los detalles, que era una tarde que se despedía del invierno o que había mucha gente paseando, pero esto último no ayuda nada a ubicarse en el tiempo: todos los días se llenan sus retorcidas calles de nativos y turistas que no te dejan sacar una foto limpia como en las postales.
Tampoco pasa nada si no entramos en los matices del escenario. Otro día, en otro sitio, y si me subvenciona el gobierno del Reino Unido, podré extenderme más. Lo que importa es que, entre tantos miles de pies, había un penique cobrizo abandonado.
Estaba entre dos adoquines pulidos por el sin parar de pasos, en el centro de la calle peatonal más comercial y nadie se había dado cuenta de su presencia. O a nadie le importaba; un chiste en el suelo con el triste valor que tienen los números que van detrás de una coma no merece que nadie doble la espalda para reclamarlo. Sin embargo a mí, un estudiante extranjero con un presupuesto diario ajustadísimo, ver dinero sin dueño, da igual el valor, era tan fabuloso como desenterrar un tesoro.
Me agaché, lo cogí, me incorporé y, por qué no, lo alcé por encima de mí como con música heroica omitida.
Pensaba que nadie me había visto entre toda la marabunta, pero alguien posó su mano en mi hombro. Era el típico muchacho inglés (lo que sea que signifique eso) y me sonreía con los ojos como hace la gente sincera.
Solamente me dijo:

Find a penny, pick it up,
All the day, you’ll have good luck.
Give it to a faithful friend,
Then your luck will never end!

Y se marchó sin añadir nada más.
Tengo que decir que aquel día en concreto me hallaba particularmente inspirado y que me recitaran un poema de forma tan espontánea me llegó mucho. El Universo me había puesto por delante un penique y, al mismo tiempo, unas instrucciones sobre qué hacer con él para darle provecho: recogerlo me daría suerte por un día pero entregárselo a un buen amigo me traería fortuna hasta el día de mi muerte.
Además rimaba, así que debía ser cierto.
Lo guardé durante un tiempo y cuando me encontré con uno de mis mejores amigos a mi vuelta a España se lo di sin contarle de dónde venía.

 

II

Hace pocos días caminaba por Sevilla pensando en mis cosas cuando me pareció ver un pequeño círculo dorado brillante en el suelo. Seguí andando: “me pareció” no era lo mismo que “vi” y no iba a detener mi reflexión sobre si el chocolate con leche está más bueno solo o con almendras por algo tan tonto. Ya no era un estudiante desesperado y la vida se me antojaba demasiado compleja y retorcida como para molestarme en perder un segundo para investigar bien aquello que “me pareció” ver.
Entonces recordé los ojos sinceros de un inglés espontáneo y sonreí: si encuentras un penique, cógelo… Me paré en seco. Ya había avanzado una distancia considerable, pero en honor a una anécdota tan trivial debía volver sobre mis pasos y encontrar eso que, pensaba yo, era una moneda.
Y lo era. La volví a encontrar entre un montón de cáscaras de pipas, muy cerca del borde de la acera junto a una rotonda, pegada al paso de cebra. La orquesta épica afinó los instrumentos mientras recordaba el poema; estaba a punto de ser recompensado nuevamente por mi agudeza visual. Me incliné. Agarré la moneda con dos dedos. Con los cinco. Con ambas manos.
No se movía.
Tiré de ella con fuerza.
Estaba pegada al suelo. Superglue o silicona. No lo sé, la opción más malvada.
La vergüenza fue tan grande que me quedé agachado durante un rato. Si me hubiese levantado al momento habría parecido que estaba rascando el suelo, haciéndole cosquillas o palpándolo como un perturbado, así que fingí que inspeccionaba la zona como si se me hubiera perdido algo. Cuando pasó un tiempo prudencial me levanté y me fui, obligándome a no mirar alrededor en busca de una cámara oculta.
¿Qué clase de malnacido, me pregunto, os pregunto, pega una moneda al suelo? Alguien que no sabe que Find a penny leave it there, all the day you’ll have despair.

 

III

Esa misma tarde me subía un autobús. Justo cuando pasaba la tarjeta por el lector vi algo en el suelo. Una moneda de diez céntimos. Me pregunté si era la misma que había visto horas antes, como la que perseguía a Paul Auster en El cuaderno rojo. Tal vez había logrado escapar de sus cadenas de pegamento, tal vez me había buscado por todas partes hasta dar conmigo, su dueño y legítimo señor, la única persona que se había tratado de rescatarla entre los desechos de pipas.
O tal vez no.
La cogí y me la guardé.
Se la di al primer amigo que vi, como debe de ser. No le dije nada.

 

IV

Al par de días volví a pasar por la rotonda. No quise mirar pero lo hice.
La moneda seguía allí, atrapada.