El premio de veinte

Era su bar favorito y ninguna de las dos sabía que era por el tono cobrizo de las bombillas. También por la comida, por supuesto, pero la luz tenía la misma densidad y fulgor que la del salón de la abuela. Sólo había que cambiar las lámparas de flecos de hacía cuarenta años por tulipas de cristal y aroma a freidora con recorrido.
Maru se había pedido una tapa de solomillo al whisky; Tere una de san jacobo de calabacín. Las dos cervezas sudaban juntas con el mismo color del aire.
“Tengo que contarte algo”, dijo Tere.
“A mí nada más que alegrías, ¿eh? Dramas no”, delimitó Maru.
“Es algo bueno”.
“Pues dime”.
“Me ha tocado un premio”. A Tere casi le brotó una lágrima de sólo recordarlo.
“¡No me digas! Ay, pero qué bien, ¿no?”
“Sí. No lo quiero airear mucho, que ya sabes cómo es la gente”.
“¿Y cuánto ha sido?”
La afortunada había visto muchas películas y sabía que tenía que beber un poco antes de responder. Algo como pausa dramática o así, se llamaba. En su casa siempre se le había dicho a aquello hacerse la interesante.
“Veinte euros en productos del MAS”, dijo al fin.
Maru abrió mucho los ojos con la sorpresa. Parecían dos huevos duros.
“Pero dios mío, pero que suerte, pero por favor, ay, ay, ay qué alegría”.
“Lo que yo te diga”. Tere no pudo evitar sonreír del rubor.
Cogió otra vez su vaso y lo alzó buscando el brindis. Tuvo que esperar un momento a que Maru masticase una papa frita mojada en salsa para ser correspondida.
“Por ti”, dijo con la boca aún llena.
“Por mí”, contestó Tere.
No debía de tener más de cuarenta años, pero aparentaba diez más. Tenía una cola de caballo muy larga que caía sobre una chaqueta de piel auténtica del mismo color oscuro que sus ojeras. Maru tenía un bote de tinte rubio sobre su cabeza de pelo corto y rizado; sabía que tenía que cambiar de dentista porque las dos fundas más próximas a su sonrisa se estaban oscureciendo demasiado.
“Oye, ¿y qué piensas hacer con todo eso?”, preguntó.
“No lo sé. No me decido. Paco dice es un buen momento para comprar una botella de vino del bueno, aunque sea para celebrar”.
“No, vamos, ni se te ocurra. Paco lo soluciona siempre todo con botellas, qué fácil lo tiene”.
“Ya. No, le he dicho que de entrada no. Que sería bonito, sí, pero mira, no. Además, nunca me toca nada y yo creo que me lo merezco. Me lo voy a gastar en mí”.
“Claro, coño, tú di que sí”.
“Que no me ha tocado nunca nada, me cago en la leche”, insistió. El san jacobo aún humeaba. Le sopló con los labios agrietados; estaban tan pintados que parecían reformados. Estaba muy guapa. La suerte embellece.
“No sé si comprarme una cosa cara o muchas baratas”, dijo.
“Tienes que ser lista. Cómprate muchas baratas y así te las repartes y te van durando. Con una sola le dices adiós de golpe. Bueno, de las dos formas le dices adiós, pero una sola cosa sabe a menos. Ay, por dios, qué suerte. Verás cuando se lo cuente a mi hermana”.
“Pero te esperas a que primero lo gaste. O mejor, tampoco tienes por qué decir nada. Que luego la gente te mira regular cuando tienes un poco más de lo que ellos piensan que te mereces”.
“Sí, pero tú esto te lo merecías, reina. Tú te mereces todos los premios”.
Tere sonrió otra vez. Maru le decía siempre las palabras adecuadas. No había nadie como ella en su vida. Quizás le regalara parte del premio, un par de euros para ella, por ser tan buena.
Volvió a soplar un poco sobre la comida y cortó un trozo.
“Anda”.
“Qué”.
“Que no es de calabacín. Me han puesto uno de york y queso”.
“En serio, Tere”, le dijo su amiga. “Qué suerte tienes”.
Se comió otra papa.