El ángel acusador

Los niños estaban hartos del cura, con su voz monótona, sus quejas y sus reproches extraños fuera de lugar, y se habían ido a jugar al fondo de la iglesia, detrás del coro, donde podrían estar a sus cosas sin temor a más represalias morales.

El primer juego consistió simplemente en agarrarse del brazo los unos a los otros y moverse sin sentido hasta que alguien acabase en el suelo y recibiera alguna patada, con suavidad calculada, entre risas y siseos. Cuando se cansaron empezaron a saltar a la pata coja, pisando únicamente las baldosas negras de la solería centenaria estilo dominó, hasta que se aburrieron y decidieron dibujar formas al azar usando las blancas. El entretenimiento pronto evolucionó y se convirtió en una versión free style de la rayuela.

“Un, dos, tres, un, dos, tres, y esta cuatro, y esta cinco y ahora la vuelta”, explicaba en voz alta la más vanguardista.

De pronto uno pisó una gran losa lisa y blanca y un súbito pavor le cristalizó la vida. Apartó el pie como un rayo pero olvidó poner el otro y cayó al suelo.

No tenía tiempo para quejarse; rodó sobre sí mismo hasta que se apartó de aquella zona de mármol blanco y dijo:

“Yuyu, yuyu”.

“¿Qué pasa?”, preguntó una.

“Una tumba”.

Bastaron esas dos palabras para que todos dejasen lo que estaban haciendo y se apelotonaran alrededor del descubrimiento.

“Cómo que una tumba”, dijo alguien.

“Es verdad, es una tumba”, corroboraron por atrás.

“Y eso de ahí es otra”.

“Y eso es otra”.

“Y otra, y otra”.

Qué hormigueo recorre el pecho cuando uno se sabe protagonista de lo insólito y lleva años preparándose para eso. Ellos, niños y niñas que no llegaban a los 8 años, leían y escuchaban historias desde que tenían consciencia sobre fantasmas, muertos y cementerios, porque pocas cosas hay tan fascinantes para la niñez como la Muerte. Ahora estaban de pie sobre una necrópolis y les invadía una dulce mezcla de alegría, diversión y terror que hizo que alguno aplaudiera de pura emoción.

Qué maravilloso escenario para jugar.

Y eso siguieron haciendo entre las tumbas, sin apartar la vista del suelo para no pisarlas y perturbar el descanso de los muertos. Una funambulista colocaba un pie tras otro entre dos lápidas, brazos en cruz y respiración sostenida; un valiente probaba a saltar por encima con los pies juntos entre vítores; tres jugaban al coger con mucho cuidado de no tropezar con la eternidad anónima y el resto se empujaban los unos a los otros hacia las losas: “¡Cuidado, cuidado! ¡Cuidado, que te caes sobre el muerto! ¡Que te caes sobre el muerto!”

Sólo uno de ellos permanecía sereno, en cuclillas frente a las tumbas, con una curiosidad científica con aromas de romanticismo. Ahí había gente enterrada hacía mucho. La erosión de los pies de miles y miles de personas a lo largo de los siglos había arrancado sus nombres de sus lápidas. Algunas conservaban pequeñas siluetas donde antes había habido un texto, una fecha, unas palabras de recuerdo para una dama noble, para un obispo, una hermana, un cretino y un recién nacido, pero la mayoría no eran ya más que losetas grandes, borradas de la memoria, vacías de cualquier sentimiento a excepción de la alegría irreverente de los que estaban vivos ahora y que, a su manera inocente y despreocupada, eran los únicos que se fijaban en ellos, que les rendían verdaderas muestras de respeto.

Entonces el niño agachado perdió el equilibro y estampó su cara contra el mármol sagrado.

No se inmutó. Dolía, mucho, pero de sus labios no salió queja ni llanto; mayor que el dolor, mayor que el terror místico por haber profanado el descanso de los muertos, mayor que haber puesto la boca sobre un suelo por siglos pisado y consagrado a la Segadora, mayor que todo fue la vergüenza de haberse caído estando casi sentado.

Se incorporó despacio, sin hacer ruido. No quería llamar la atención de los otros y que viesen el hilito de sangre que le caía por la nariz.

Ya de pie dio unos pasos hacia atrás, rodeó al grupo y se marchó haciendo un mutis por el foro, aguantando una lágrima que exigía ver el exterior; buscó a su madre.

Como era de esperar, la mujer se llevó las manos a la cabeza cuando lo vio y exigió saber qué había pasado. Le contó la verdad: los demás niños eran muy malos y le habían pegado, a él, un angelito, que no les había hecho nada de nada.

Bienaventurados los que pasaron toda la tarde castigados en su cuarto sin entender por qué (quizás malditos por jugar entre tumbas), porque ellos recibirán una visita de su abuela con una copa de helado de chocolate por piedad.