Su Barbeza

El presidente de los Estados Unidos de América Benjamin Harrison tenía un collie, Dash, y dos zarigüeyas llamadas Señor Reciprocidad y Señor Protección. La atención popular, sin embargo, recaía en el lomo de la mascota de sus nietos: un enorme macho cabrío que respondía al nombre de Viejo Barbas.
El país aún no era la potencia mundial que en pocos años acabaría despuntando pero Su Barbeza, como era conocido, podía en aquel momento ser con facilidad la cabra más poderosa de Occidente. Pasaba los días pastando de aquí para allá en los jardines de la casa blanca, siempre cuidando de los pequeños Ben, Mary y Marthena, quienes atesoraban al animal y lo convertían en el centro de sus juegos. Su abuelo, un hombre de semblante tan afable que podría ser la imagen de una empresa de repostería, no quería perderse estos buenos ratos y a medio día solía marcharse del despacho oval (durante su presidencia hubo superávit en las arcas nacionales y todos estaban contentos y poco presionados) y se sentaba a contemplar cómo los niños enganchaban a su cabra el pequeño carro de tiro que había hecho construir para ellos. Eran buenos conductores, según dicen, y lograban que el Viejo Barbas alcanzara velocidades encomiables para un rumiante de su especie; todo sin heridos.
A los trabajadores de la Casa Blanca les gustaba eso. El ambiente no podía ser más llano y daban gracias por ello: aunque la mayoría de inquilinos hasta la fecha habían tenido animales de toda clase y tamaño campando por pasillos y jardines, siempre existía la posibilidad de que se repitiera la experiencia del presidente Andrew Johnson, quien esparcía harina por el suelo por las noches para alimentar a la familia de ratones blancos con los que compartía habitación, o peor aún, que un día encontrasen un caimán en la bañera como el que el Marqués de La Fayette le había regalado a Quincy Adams hacía un puñado de años.
Un día el patio trasero resultó aburrido y los niños quisieron buscar nuevas experiencias. A cuál de ellos se le ocurrió probar el rodaje del chivo-carro sobre el parqué de la residencia es un dato que se ha perdido en las nieblas manipuladas de la Historia, gracias al clásico encubrimiento entre primos y a que realmente a nadie fuera de la familia le importó, pero por aquella acción sabían los infantes que iban a pagar el plato todos a una y la responsabilidad se disolvió como ocurre con las malas decisiones en grupo.
Con calma y nobleza, el Viejo Barbas tiró del carro sobre madera y alfombras con inmunidad diplomática y llevó a los pasajeros de un lado a otro sin que nadie les molestase. Cuando uno sale impune de un acto de desobediencia el espíritu se ve alentado y busca cotas más altas de rebeldía que satisfacer, por lo que poco a poco fueron achuchando a la cabra para que dejase de dar paseos y empezase a correr como ellos sabían que podía. Sin embargo, en el cerebro del animal comenzaba a crecer un sentimiento de descontento hacia sus dueños; él, bicho de buena familia y porte elegante, comenzaba a estar harto de recibir semejante trato. Ya tenía una edad y, pese a que los quería mucho, no estar en su jardín masticando hierba de forma regia y anodina provocó un principio de ansiedad en Su Barbeza que desbordó su hasta ahora intachable paciencia.
Fuck this”, pensó.

El abuelo esperaba a las afueras de la Casa Blanca, como cada día, la llegada de su diligencia oficial que le llevaría por todo Washington para cumplir con sus quehaceres de presidente. Rozaba los sesenta años, cultivaba una barba blanca tan prominente como su barriga y se apoyaba sobre un bastón descargado de adornos, como él, un pasivo veterano de la Guerra de Secesión que nunca se había puesto metas y que había llegado hasta donde estaba gracias a su apellido.
Su serenidad cayó al suelo cuando escuchó cómo las puertas de su casa se abrían de golpe y vio, al girarse, al Viejo Barbas huyendo a la carrera con sus nietos agarrados a duras penas al carro renqueante.
La cabra dejaba una nube polvo mientras Benjamin Harrison, presidente y hombre tranquilo, corría tras ella a lo largo de Pennsylvania Avenue soltando improperios, sujetando su sombrero de copa y agitando su bastón como si blandiera una espada.