Rhydypandy

La muchacha lo tenía todo listo: el móvil apagado, las cortinas un poco echadas (no del todo, de lo contrario no era divertido) y su chico esperándola en la cama. Faltaba ese bailecito tierno que a ella le gustaba hacer como paso previo a desnudarse y lanzarse sobre su víctima. Aquella mañana se sentía Jamie Lee Curtis y dejaba que la luz bien repartida del cielo nublado echara un vistazo en la habitación y la acompañara mientras se contoneaba despacio al ritmo de una melodía que sonaba sólo en su cabeza. El único sonido que se escuchaba era la respiración de ambos. Nerviosa la de él, pausada y segura la de ella. Por fin se llevó una mano a la espalda y con un roce rápido abrió el cierre del sujetador sin dejar de mirarle.
Fue entonces, según le comentó después a la policía (ahorrándose todos estos detalles íntimos), cuando escuchó el estruendo proveniente de la cocina.
Había sonado como si un tornado se hubiera desencadenado en el interior de la casa. Ruido de platos cayendo de sus estanterías, sillas volando y cristales por los suelos.
“¿Tus compañeros de piso?”, preguntó él.
“Vivo sola”, respondió ella con la vista clavada en la puerta del dormitorio, esperando que de pronto apareciera un ladrón o, como ya había pasado en anteriores ocasiones, su querido padre.
Tras unos momentos de silencio absoluto el tornado regresó, esta vez en el salón. Ella ahogó un grito cuando sintió un objeto grande caer violentamente sobre la moqueta. Se le paró el corazón: solamente podía ser su televisor nuevo haciéndose añicos.
Poco después dos ovejas pasaron por delante de la habitación brincando como locas hasta llegar a la puerta del jardín, por donde escaparon y se internaron en la arboleda próxima.

Resultó ser un día ajetreado aquel en Rhydypandy. El pueblo había amanecido lleno de ovejas dementes que corrían de un lado para otro embistiendo coches, farolas y cualquier cosa que las soliviantaran, incluido al tranquilo cartero que descubrió que aún podía correr como cuando era joven. Muchas habían encontrado la forma de allanar varias viviendas y destrozarlo todo a su paso en lo que no dejaba de ser una invasión psicótica como nunca se había visto en aquella zona de Gales. No balaban (hecho aterrador) pero cuando lo hacían de sus rumiantes mandíbulas salía una cacofonía violenta (hecho aún más aterrador si cabía), como si los demonios las hubiesen poseído y las usaran como medio de destrucción, según relataría después una lugareña bien segura de que, por fin, el mundo terminaba.
Se logró atrapar a la mayoría, pero costó tiempo y esfuerzo dar con las que se habían escondido en los bosques cercanos. ¿Qué pretendían? Tal vez permanecer ocultas hasta poder abalanzarse sobre algún viajero incauto. Por suerte nunca se supo.
Lo que si se supo, declaró la policía a los medios esa misma tarde, fue que unos narcotraficantes a la fuga habían abandonado esa noche, en una carretera secundaria cercana al pueblo, un gran alijo de marihuana. La habían arrojado a la cuneta y había quedado amontonada junto a la puerta rota un cercado de madera, donde varias docenas de ovejas esperaban con ilusión que su señor pastor les trajera para desayunar unos buenos fardos de hierba bien fresca.