La prueba de Erimanto

Este senderista creía que leer en el campo multiplicaría por mil la experiencia ofrecida por su libro de bolsillo. Era lo que había sacado en conclusión después de ver tantas fotos, dibujos y películas con un protagonista sentado a la sombra de un álamo o un sauce;  debía de haber un secreto en aquel acto, una magia que aumentase la concentración y le aislase del mundo, potenciando las vibraciones que las letras de las páginas emitían apuntando al centro de su cerebro, más o menos, y que le catapultarían al mundo que le sería descrito.

No había álamos ni sauces en la zona por la que paseaba. La única opción era arrimarse a uno de los pocos alcornoques que tenía alrededor, pero no lo parecía mala idea: estaban todos recubiertos de corcho y seguramente eso convertía sus troncos en los más cómodos a la hora de repanchigarse. El problema era que el suelo, duro e implacable como un profesor de matemáticas, no se prestaba a servir de asiento cómo para su ritual, aunque no le quedó más remedio que resignarse.

Dejó la mochila al pie del árbol que más se parecía a lo que tenía en mente y se sentó con la espalda apoyada en él. De entrada se clavó una protuberancia y empezó a dar saltitos con el culo hacia un lado hasta que encontró una zona llana donde reclinarse, pero ahora le pinchaba una piedra irregular que estaba semienterrada bajo su nalga derecha. Trató de sacarla con la mano sin éxito; se levantó y probó a darle suaves patadas con la punta del pie hasta que rompió la tierra a su alrededor. Una patada más fuerte la perdió lejos, entre el pasto.

El cráter resultó ser un punto a favor. Encajaba perfectamente con la forma de su trasero y lo tomó como una señal de éxito. Sacó su termo con té y la novela de Tom Clancy que llevaba todo un año tratando de empezar. Había llegado el momento y, si lo que pensaba era cierto, gracias a la magia de la naturaleza y los tópicos románticos la terminaría antes de darse cuenta, a tiempo para montarse en el coche y volver a casa.

La mosca se posó en su nariz cuando llevaba tres frases. De nada servía espantarla, ignoraba con habilidad cada manotazo y regresaba para posarse en la cara del senderista, eligiendo siempre un punto de aterrizaje nuevo pero igualmente molesto: párpados, mejillas, barbilla…

Se levantó de un salto y blandió su intriga militar a modo de amenaza, pero la mosca no se dio por aludida y se posó en su boca. El asco que sintió fue proporcional a la violencia de su contraataque: se golpeó el labio con el tomo y maldijo a su madre (que había hecho lo que había podido), a la de la mosca (que lo había hecho muy bien) y a la Clancy (que no pintaba nada en todo este asunto).

Fue entonces cuando escuchó el bufido. El senderista se detuvo, paralizado. ¿Qué era lo que había oído? ¿Lo habría imaginado? Ahora no se escuchaba nada más allá del pájaro de rigor, la brisa y algo que rozaba y se movía entre las jaras que había detrás de la encina. Inyectó la vista en los grandes arbustos, quieto y sudoroso como un muñeco de cera.

Un pequeño gruñido, otro roce de jaras y un senderista tan asustado que no notaba la mosca que se paseaba por su frente.

Entonces hizo lo propio:

“¿Hola?”

Le respondió un morro negro, húmedo, cubierto de grueso pelo rojizo y adornado con unos grandes colmillos que asomó entre las ramas.

El senderista no gritó: estaba demasiado aterrorizado para eso. En su lugar apretó la mandíbula, sorbió con fuerza el aire a través de los dientes y, abriendo mucho los ojos, lo expulsó de golpe. Todo eso al mismo tiempo que le lanzaba Tom Clancy al animal.

Corrió. Huyó. Escapó. Se evaporó de allí a una velocidad que nunca había creído poder alcanzar y que ahora lograba gracias a la magia romántica del campo, dejando atrás termo, mochila y tocho. Mientras, el jabalí le imitaba fugándose con la misma rapidez en dirección contraria, rebudiando de miedo como habría hecho cualquier criatura inocente a punto de ser golpeada de manera tan gratuita por un libro con una portada tan horrible como aquella.