La nave del misterio

El barman se marcha al almacén y un señor mayor se alegra. Es su momento. Lleva mucho esperando. Con la sonrisa traviesa que no le ha abandonado desde que era un chiquillo de rodillas peladas avanza de puntillas y se cuela tras la barra. Está colorado, tal vez por los nervios, tal vez porque ya debería haber parado de tomar cervezas hacía ya un rato largo. Se acerca a su objetivo pero se detiene para mirar bien a su alrededor. Estupendo, no hay moros en la costa.

Llega hasta los regulables de la luz y, tapándose la boca para censurar carcajadas, empieza a jugar con los botones.

La iluminación de las lámparas sobre la barra y las mesas empieza a subir y a bajar de intensidad. De un ambiente romántico e íntimo se pasa a un sol de mayo y cae en una tarde nublada que toca fondo en una estrella mortecina. Rueda a la izquierda, rueda a la derecha y la graduación oscila con la velocidad que da la felicidad.

Pues el señor, con sus botones y sus extraños impulsos, es feliz.

De espaldas a la barra, sin haber visto al Emisario de Loki, unos chavales observan curiosos la bombilla que pende inquieta sobre sus cabezas.

“¿Qué es esto? ¿Stranger Things?”, dice el de la barba.

“Espero que sí”, dice la muchacha que le rodea el brazo con sus manos.

“No, en serio, es muy de película, está a punto de pasar algo”.

“Cállate, anda”, pide el chico de la camiseta de Goku.

“Será una subida de tensión”, sugiere la de las gafas.

“Espero que no”, dice la custodia del brazo que ama. “Stranger Things mola más”.

“Puede ser morse”, dice el dueño del brazo y la barba. “Alguien trata de ponerse en contacto con nosotros”, añade y bebe un poco de fanta.

“Dice S.T.A.Y.”, afirma la del brazo.

“Más bien dice A.S.W.Y.C.J.A.L.O.J.E.P.P.K.B.L.A.B.LA.B.L.A.” dice la de las gafas.

“Aún así sigue pareciendo un grito de auxilio”.

“No bromeéis con esas cosas”, pide de nuevo el Saiyan asustado. “Hombre ya”.

“He oído que aquí murió alguien”, dice ella con una siniestra seguridad.

Cuando el barman regresa al salón, una corriente de aire le acompaña y las lámparas locas comienzan a balancearse.

“Hostia”, dice el Saiyan. “Os lo he dicho”.

“Uy”, dice la del brazo.

El de las barbas y la de las gafas no dicen nada. Se limitan a observar el fenómeno paranormal con actitud más crítica que científica; un poltergeist interesante pero en absoluto lo que a ellos les habría gustado vivir como primera vez presenciando un mensaje del más allá. Una decepción. Un capítulo mediocre de la nave del misterio; un 6 sobre 10 en la escala de los sucesos relevantes.

No escuchan al barman llegar a la barra y decir:

“Oiga, señor, ¿qué hace?”

“Es que es muy gracioso”, dice el espectro a rebosar de contento.

“Váyase de aquí, por favor”.

El exorcismo funciona. Rojo, ahora de vergüenza, el señor abandona el puesto y vuelve junto a su cerveza.

Es entonces cuando entra el tipo de la coleta de tirabuzones dorados. Junto a la puerta está el cuadro de los fusibles. Por alguna razón o broma que solamente él entiende, apaga la corriente y se ríe.

“Tío, mira que puedes ser tonto”, le dice el barman.

En la mesa, Goku mira la bombilla apagada con recelo.

“Os lo advertí”.

“Uy”, dice la del brazo.

El de la barba y la de las gafas deciden subirle la nota hasta el 7,5.