Walk the Dinosaur

La noche profunda del 13 de febrero de 2016 no se diferenciaba mucho de otras madrugadas en la carretera con sentido a Godshill, al sur de la Isla de Wight. Por allí los días pasaban uno tras otro con el ritmo monótono de la línea discontinua que se arrastraba por el asfalto, esperando a que pasase un coche para lanzarse a los bajos.

La radio le daba un poco de chispa al viaje llenando el vehículo de dudosos y arcaicos éxitos de los 90, con sus guitarras enfadadas y unos estribillos sin pies ni cabeza que no se molestaban en disimularlo. El amigo conductor, al que vamos a llamar Michael, arrojaba los versos de Big Bang Baby entre los dientes; no se atrevía a cantar en voz alta para no asustar a Maggie con sus cuerdas vocales inútiles. Lo que Michael no sabía era que la muchacha le superaba en fuerza berreante y por eso se mantenía alejada lo más posible de cualquier emisión sonora; no quería espantarle con los horrores cósmicos de su garganta.

Sin embargo, Maggie quería hablar con él. O que él le hablase a ella. Le había gustado cada conversación que habían tenido durante la cena y sentía la necesidad de alargar la noche aún más. Analizó todo lo que les rodeaba en busca de algo que iniciase una nueva charla: el brillo digital de la radio, la luz amarillenta de las farolas, el ambientador con forma de lagarto que colgaba del espejo retrovisor…

Bajó el volumen.

“Te voy a hacer una pregunta y tienes que responderme con sinceridad”, dijo ella con firmeza.

“Eh, vale”, dijo Michael. De pronto estaba asustado.

“¿Cuál es tu dinosaurio favorito?”

“Oh, eh, a ver, eh”. Nervioso, Michael se concentró en el final de la calle, buscando allí la respuesta que le hiciera quedar bien.

Era complicado. Había muchos. Cientos de imágenes de dinosaurios se agolparon en su cabeza en una estampida de formas y colores: dinos de galleta, con plumas, multicolor, con dientes afilados y aspecto risueño, con cuernos imposibles y colas dadá, pequeños como él en aquel momento y grandes como sus inseguridades.

Tomaron una curva.

“¿Y bien?”, insistió Maggie sonriente. Había fijado sus ojos azules en él; acababa de descubrir que le gustaba ponerle nervioso.

De repente Michael pisó el freno hasta el fondo y los dos salieron disparados hacia delante. Los cinturones de seguridad les agarraron con violencia y los tiraron de nuevo en sus asientos cuando el coche terminó de detenerse, después de arrastrarse unos metros por la carretera en seco. Pronto les llegó el olor a taller de la goma quemada.

“Me gusta ese”, logró decir Michael mirando al frente.

Un triceratops de siete metros entre pico y cola ocupaba toda la calle.

A su alrededor había coches parados con las puertas abiertas… Sus ocupantes, las pocas almas despiertas que quedaban en Godshill a aquellas horas, se habían bajado y estaban haciéndose fotos con el animal.

“Resulta que ese es mi favorito”, dijo Maggie al cabo de un rato largo. Rompió un silencio tan cómodo que eliminaba por completo el vértigo del frenazo. Entonces se le iluminó la cara. “Oh, yo quiero una foto también con él, por favor”, dijo bajándose del coche.

El viaje en el tiempo duró lo que tardó en llegar la policía una vez alertada por vecinos. estos aseguraban estar presenciando una fiesta alrededor de un monstruo en la entrada del pueblo y exigían que las autoridades pusieran orden para poder seguir durmiendo.

Aquel episodio de Los Picapiedra había sido posible gracias a la desinteresada labor de un grupo grande de amigos de la cerveza que, aprovechando el éxtasis de la nocturnidad, habían robado una figura de fibra de vidrio a escala real del Jurassic Garden de Godshill a ritmo de Walk the Dinosaur y lo habían dejado donde mejor les había parecido.

Al menos eso fue lo que leyó Michael en Twitter a la mañana siguiente mientras le preparaba el desayuno a Maggie.