La fuga tal vez

Tocaba revisión en el hospital, con el consecuente rato en la sala de espera de rehabilitación. La chica bregaba con el wi-fi de traumatología cuando apareció en escena una pareja de policías acompañando a un muchacho esposado. El reo no tenía pinta de mala persona, aunque llevaba la cabeza afeitada y una barba talibán, y G.R.R. Martin nos ha enseñado que cuando uno hace eso es porque no quiere que le reconozcan. En fin, pensó ella, algo habrá hecho.

Lo miraba fijamente, a ver si le sonaba la identidad que trataba de enmascarar, pero otra cosa desvió su atención. Ante ella se hallaba un ser de edad incierta, ni joven ni viejo, ni alto ni bajo, el Ciudadano Medio del que todo el mundo habla siempre en las tertulias políticas, con un papel en la mano y la mirada perdida de víctima de bombardeo. Estaba plantado frente al mostrador, llevando los ojos sin parar de su folio al letrero sobre el buzón que decía “deposite aquí su cita”. Se movía tan lento que hipnotizaba. Papel, letrero; letrero, papel. Y así. Un verdadero drama social.

Al final el perezoso humano habló:

“Perdone, señorita”, le dijo a la prejubilada de información. “¿Sabe dónde tengo que entregar esto?”

La mujer le quitó el papel con cara de poker y le echó un vistazo tan rápido que el tipo debió marearse.

“Tiene que echarlo al buzón”, dijo señalando las ranuras en la pared y devolviéndole el documento.

“¿A este buzón?”, preguntó él.

“A ese”, contestó ella.

Él lo señaló sin decir nada.

Ella asintió mirándole a los ojos.

Armándose de valor, se colocó delante. Miró otra vez al papel. Otra vez al buzón. Otra vez al letrero. Otra vez al folio.

Parecía que iba a mandar su primera carta de amor o a tirar un sobre con antrax.

La confusión estaba ya desesperada.

Lentamente metió el borde del folio en la ranura. Abrió los dedos.

Mientras el trozo de papel caía dentro, hizo un amago de recuperarlo, pero ya era demasiado tarde.

Suspiró.

Como llevando una terrible carga sobre sus hombros, se sentó al lado de la chica. Le dio tanta lástima que pensó en darle unas palmaditas en la espalda y decirle que todo saldría bien, que estaba orgullosa, pero la llamaron por megafonía.

Cuando se levantó, buscó a Michael Scofield sin resultados. ¿Se habría escapado?

De camino a la consulta se lo imaginó huyendo del hospital con unas gafas de sol y llevando la bata de algún médico despistado. Quizás la pistola de uno de los dos policías, hábilmente noqueados y maniatados en el armario del bedel.

La chica decidió no contarle nada a nadie. Ella no era una chivata.