La última vez que jugó a los dardos

Todos estaban muy animados después de la tercera cerveza y no tenían ganas de seguir apretados en esos bancos tan incómodos. Como ocurría en la mayoría de pubs que pretenden ser irlandeses, las mesas estaban ensartadas en la pared, separadas unas de otras por cristaleras de colores rematadas en plomo que obligaban a los grupos amplios a dividirse. Pero preferían mil veces  meterse ocho en el espacio de cuatro que fraccionar la comunidad en tramas paralelas; antes la incomodidad que arriesgarse a que un sector creara una nueva broma interna sin que los otros estuvieran presentes. Por supuesto, la opción de marcharse a otro bar más espacioso estaba descartada por su limitación de pensamiento y por la oferta de Grolsch de la semana.

A alguien se le ocurrió que podían levantarse y jugar a los dardos, a otro le pareció buena idea y a otras un antes y después en la vida. Lo que fuese con tal de que los pulmones volvieran a tener espacio para hincharse sin tocar al de al lado.

El muchacho protagonista de esta historia no era una persona competitiva y fue el único que refunfuñó a la hora de caminar hasta la diana digital. Él quería seguir disfrutando de su cerveza fría, aunque fuera apiñado como una bala en un cargador. En realidad lo que ocurría es que era tan malo jugando a cualquier cosa que consideraba esto tiempo perdido. ¿Para qué molestarse? Pero ya daba lo mismo, todos iban y él no pensaba quedarse atrás. From lost to the river.

La camarera alargó su brazo tatuado y les entregó un vaso con varios dardos de punta de plástico que no tardaron en comenzar sus vuelos hasta el panel agujereado.

En los dardos, como en todos los juegos y deportes, existe una serie de técnicas infalibles que todo el mundo clama conocer gracias a un misticismo y que, en realidad, acaban de inventarse sobre la marcha. Por ejemplo, cuando una pandilla juega al billar, todos quieren parecer expertos curtidos en algún bar de carretera perdido de Minnesota; en el caso del ping pong, un monje budista en la cima de una montaña les enseñó cómo tenían que coger comosellame eso de madera con lo que se juega; cuando se trata de dardos, todos tenemos un tío en Irlanda (con una puntería que le convertía en sospechoso del asesinato de Kennedy) que nos enseñó sus trucos de vividor.

Aquel grupo de amigos no era una excepción. Unas aconsejaban a otros sobre cómo tenían que poner los pies para echar la pared abajo de un dardazo, otro trataba de recordar lo que hacía con la mano Colin Farrel en Daredevil y el resto ensayaba su movimiento de brazo como si estuvieran a punto de competir por la mano de Penélope. El muchacho protagonista de esta historia, por su parte, pensaba que podía suplir su falta de gracia con pura fuerza bruta y llegó a doblar la punta de un dardo tanto que quedó inutilizado de por vida.

La tarde avanzaba, las cervezas se terminaban, y con ellas, las ganas de seguir jugando. Pronto se marcharían y se olvidarían del rato que habían pasado arrojando sus teorías contra una diana.

Al final sólo quedaba un dardo por lanzar, el del protagonista de este relato, que ya había perdido cualquier posible interés desde que se colocó en última posición hacía ya más de una hora. A decir verdad, tampoco le importaba mucho; tenía el suficiente volumen de alcohol en sangre como para restarle dramatismo a su incompetencia. Lo que importaba de verdad era echar unas risas, que la gente se lo pasase bien y volviera a casa con el corazón lleno. Aunque hubiese ayudado bastante sacar más de 12 puntos por partida.

Le dio la espalda a la diana, apuró la botella y dijo:

“Eh, mirad esto”, y tiró el dardo hacia atrás por encima de su hombro.

De pronto las risas pararon y las bocas se abrieron.

“Qué. Qué pasa”, dijo. Luego añadió: “No. Venga ya. No me lo creo”.

Tardó un rato en asimilar lo que había pasado cuando se dio la vuelta.

Casi.

Su dardo estaba clavado en la periferia del minúsculo centro rojo, a una uña de distancia de convertirlo en una leyenda viva.

Había fallado, pero se sentía ganador. Sus amigos lo sabían y le admiraron por ello durante unos minutos. Cuando pasó la sorpresa hubo gritos y euforia, al menos en la cabeza del protagonista de esta hazaña. Quizás se marcharon de allí sin hacer ruido, tal vez las palmadas en la espalda que recibiera no fuesen tan fuertes como recordaría a partir de entonces, pero había tocado el cielo con los dedos y eso nadie se lo quitaría jamás. Ni la resaca que vino después, ni las lagunas en la memoria colectiva, ni ese pequeño, nimio, irrisorio “casi” que a tantos les gusta escribir en mayúsculas subrayado con rotulador. Por un momento había sido un dios entre bacterias y, una vez que se ha estado tan arriba, lo demás es cuesta abajo.

Aquella fue la última vez en su vida que jugó a los dardos.