The Drops and the Haste

El autobús está lleno. Sentadas en la parte de atrás, junto al calor del motor, hay dos primas de diecimuchos hablando de sus cosas: La Ro y el Jaime son unos pesados, siempre igual; odio eterno a los exámenes; pronto se van a la playa, después del curso, en el coche del Carlos. Bueno, el coche del padre del Carlos. Qué bien, ya tiene edad para conducir. El año que viene se apuntan ellas a la autoescuela.

La morena, delgada y bronceada como una sombra a mediodía en agosto, mira sonriente el pantallón de su móvil. La rubia, más delgada y más bronceada, mete la cabeza entre su prima y el teléfono.

“Tía, qué tonta la Cris”.

“Es muy tonta. Tela”.

El chófer prefiere la velocidad a la suavidad y sube y baja el Puente de los Bomberos como si estuviera compitiendo en un circuito de motocross. Va a disfrutar lo que viene ahora: el asfalto lunar de Eduardo Dato. Los amortiguadores van a pasar una prueba de fuego. Las chicas también.

“Tía”, dice la del teléfono.

“Qué”.

“Las gotas”.

“Mierda, las gotas”.

Deja el móvil en el regazo y echa la cabeza hacia atrás. La otra rebusca en el bolso de tela metalizada hasta dar con un frasquito de plástico acabado en punta.

Primer bache y sorpresa general.

“Más cuidado”, se escucha decir a alguien sin mucho entusiasmo.

“Abre”, dice la chica rubia.

“Los tengo abiertos”, dice la paciente con los ojos marrones fijados en el cuentagotas de Damocles.

La gota cae sobre la ceja derecha.

“Tía”.

“Tía, no te muevas”, dice muy seria la enfermera. Su pulso tiembla como si acabara de descubrir un velocirraptor acechando. La siguiente gota cae en el ojo. Y la otra, y la otra, y un chorro entero al pasar por el segundo bache.

“Tía”, dice la morena con la voz tensa y la cara lavada.

“Tía, no te muevas”, repite la otra, muy segura de sí misma en su camino hacia el ojo izquierdo. Posiciona el bote sobre su objetivo pero no hace nada.

“¿Lo echas?”

“Espera”. No lo quiere admitir. Sabe que antes pudo haberlo hecho mejor y ahora se quiere redimir con una gota perfecta. Lo hará lo mejor posible, sin importar el traqueteo, la gente que mira de reojo y el tercer bache.

“¡Venga!”

“Que te esperes”.

La esfera de cristal líquido engorda en la punta de plástico hasta que la gravedad la atrapa. Todo vibra mientras cae. El tiempo se ralentiza. El iris de madera noble se agranda. La gota cae en el ojo y el mundo vuelve a girar.

“Ya está”, dice orgullosa.

“¿Las dos gotas?”

“Era un goterón, vale por dos”.

“Vale”.

Ambas se reacomodan en sus asientos en silencio y vuelven a centrar su atención en el teléfono. Un minuto después. el autobús llega a Nervión. La morena, con media cara plañida, le dice a su prima.

“Tía, no me ayudes luego con el rimmel”.

“Tía”.