Un dios humilde

La corriente bajaba suave e imperceptible. Si no hubiese sido por las pocas hojas que se desplazaban sobre ella se habría dicho que eran aguas estancadas y no una viva rivera que en realidad discurría ajena a todo. La quietud era máxima; a lo lejos se intuía el rumor de alguna pequeña cascada, pero allí lo más que se escuchaba de vez en cuando era el salto de un pez y las chicharras en el pasto seco, más allá de la línea de árboles cargados que dominaban las orillas creando una caverna abierta, fresca, sombría pero ensartada por los miles de rayos de sol que se colaban entre las hojas.

En el centro de aquel cosmos había un diminuto zapatero inmóvil sobre el río. Su peso irrelevante y sus patas acolchadas no causaban más que unos pliegues sobre la tensión superficial del agua, no muy diferentes de las marcas de unos codos sobre una cama o un planeta sobre la gravedad de su plano solar.

Estaba ahí sin hacer nada, con sus cosas de insecto simple, limitándose a ser un dios humilde, caminante sobre las aguas, mejor que todas las criaturas del mundo pero sin molestar a nadie, pensando probablemente en comida.

Cerca de él, de forma pausada, como todo allí, comenzó a brotar un bulto. Muy despacio, surgió pelo negro, luego una frente, unos ojos que se abrieron nada más sentir el aire, una nariz que aguantaba la respiración, una boca fruncida y la curiosidad cruel de un niño de seis años.

Cuando hubo asomado los hombros, sacó el brazo derecho y lo levantó. Poco a poco. En silencio. Con cuidado.

En el brillo malicioso de sus ojos se leía lo que se disponía a hacer. Al niño le molestaba que hubiese una criatura mejor que él, con tanto poder y gloria sin el más mínimo esfuerzo. Al mismo tiempo le repugnaba. Era un bicho, era una cosa con patas que estaba allí y él era algo más grande que también estaba y no quería compartir espacio ni divinidad con nadie. No consentiría tal afrenta, y menos a esa cosita que seguía a lo suyo.

Lanzó la palma abierta contra el insecto.

Otra mano de la misma edad le agarró la muñeca y le detuvo con el chasquido de la piel contra la piel. La energía del parón soltó de su brazo una fina lluvia de gotas que cayeron alrededor del animal como meteoritos, perturbando su meditación. Indignado, se largó a otra parte.

El niño miró enfadado al ser que se había atrevido a contrariarle.

“Suéltame”, le dijo a su hermano pequeño.

El otro le miró muy serio, solemne, justiciero, sin hacer amago de liberarlo.

“No se mata”, dijo al fin.

El dios usurpador no contestó. Dio un tirón y se zafó de la llave marcial.

“Se lo voy a decir a mamá”, protestó.

“Pues díselo”, respondió el pequeño con la seguridad de quien ha hecho lo correcto.

Su hermano mayor se giró y se zambulló con mucho teatro y ruido en la rivera y se alejó nadando, pateando muy fuerte la superficie del agua.

Él se quedó allí hasta que la calma volvió. Quería asegurarse de que el idiota no trataba de intentarlo otra vez.

De pronto se fijó en que el zapatero estaba frente a él, quieto sobre el agua, más chulo que nadie. El niño se sintió observado. ¿Le estaba dando las gracias? Si de repente le hubiese hablado, no se habría extrañado. Pero no habló. Al cabo de unos segundos se giró y se fue, deslizándose entre los lunares de sol que había por la rivera, pensando probablemente en comida.